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El herrero de Baler

por Eduardo Juárez
29 de noviembre de 2020
Los supervivientes del destacamento de Baler fotografiados el 2 de septiembre de 1899.

Los supervivientes del destacamento de Baler fotografiados el 2 de septiembre de 1899.

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Hace algunos meses acudió a un servidor en busca de consejo Ricardo Fernández, mente y pluma inquieta de este Real Sitio. Siempre comprometido con la recuperación de la memoria del pasado, con el recuerdo de aquellos que, habiendo pasado por la historia, han desaparecido de ella, el bueno de Ricardo intentaba dar con los vecinos de este Paraíso destinados a sufrir el horror de la guerra en Cuba y Filipinas durante el desmoronamiento del entonces caduco y ajado imperio español. Conocedor como soy del tesón innato de mi amigo, no me sorprendió que construyera un listado de veteranos y caídos en las guerras de ultramar tras visitar el Archivo Histórico Municipal del Real Sitio, el Histórico Provincial de Segovia y el General Militar del Alcázar, como parte de un escrito que espero acabe por publicar en los Estudios Segovianos que desde hace setenta y un año edita la Real Academia de Arte e Historia de San Quirce. El caso fue que Ricardo recuperó, entre la memoria de aquellos veteranos anónimos defensores de la identidad española, el recuerdo de Marcelino Rodríguez Martín, abuelo que fuera de mi buen amigo y mejor vecino, Juan José Rodríguez. Fue ver el nombre de su abuelo en las redes sociales y correr hasta mi casa para entregarme los recuerdos de su señor abuelo por ver si este humilde Cronista podía profundizar aún más en aquella memoria perdida de una vida de aventura, pasión y, sobre todo, supervivencia.

Y vaya si lo hice.

La primera sorpresa que me dio Don Marcelino a través de su nieto fue la meticulosidad con que preservó cada uno de los papeles asociados a su vida, empezando por el envoltorio de aquel legajo. Resultaba que, para proteger sus papeles, había construido un sobre con un viejo pergamino manuscrito sacado de vayan a saber ustedes dónde. Escrito en letra gótica redonda de finales del medievo, no le pude quitar el ojo de encima por muchas explicaciones que Juan José tratara de darme. Una rápida consulta con mis colegas, el paleógrafo José Miguel López Villalba y el calígrafo Diego Navarro Bonilla, hizo que llegáramos a la conclusión de que Don Marcelino se había agenciado una página procedente de un salterio manuscrito a mediados del siglo XVI para proteger los pocos papeles que resumían las andanzas vitales de un joven segoviano nacido el 27 de abril de 1875 en la noble villa de Rascafría.

Como tantos otros, Marcelino, su señor padre, Don Félix Rodríguez Tejedor, y su santa madre, Doña Paula Martín Bustarviejo, acabaron por seguir el camino del puerto del Reventón y fincar en este Real Sitio, cumpliendo con una tradición secular continuada desde los albores de la plenitud medieval, cuando los pastores segovianos vigilaban el uso de cañadas y pastos cervunales. Ya vecino del Real Sitio y alcanzados los diecinueve años, Marcelino hubo de cumplir con el reclutamiento obligatorio para todos los jóvenes españoles, formando quinta en 1894. Y, a pesar de haber salido como excedente de cupo de aquel remplazo, como en la casa del pobre las alegrías son efímeras y escasa era la juventud para destinar a aquel ejército crepuscular, Marcelino fue reclamado por el Regimiento de Infantería de Asturias nº 31, comandado por el entonces coronel Mario Muslera Planes, siendo destinado al Batallón Expedicionario de Cazadores de Filipinas en 1896 sin haber llegado a incorporarse al primer regimiento que lo había reclutado.

Integrado en la 2ª Compañía del Batallón Expedicionario de Cazadores, embarcó en el vapor Covadonga que esperaba, amarrado en el puerto de Barcelona, para reforzar la defensa colonial con una generación más de trabajadores perdida en la política errática de un gobierno terminal condenado al fracaso. Habiendo zarpado el 13 de octubre de 1896, arribaron a Cavite el 14 de noviembre, quedando desde ese momento asociado al servicio de campaña, esto es, a la extinción del fuego que había prendido unos meses antes con el alzamiento tagalo liderado por José Rizal, Marcelo del Pilar, Mariano Ponce y, obviamente, Emilio Aguinaldo. La torpe respuesta del general Polavieja, aplicando la vieja conocida represión española contra los tagalos del Katipunan, incendió lo que podría haber sido una transición más o menos tranquila, como había ocurrido en otras colonias, transformada en incendio social de imposible solución. Detenido y ejecutado José Rizal a finales de 1896, Marcelino pudo comprobar de primera mano el avispero en el que se había metido. Tratando de defender la integridad comercial de Manila, el 21 de noviembre fueron concentradas las tropas en su defensa, incluida la 2ª Compañía de Marcelino, dentro del 7º Batallón.

Luchando contra las guerrillas tagalas, Marcelino y sus compañeros acabaron por recorrer todo el centro de Luzón durante los dos años siguientes, incluido el acuartelamiento de Baler, a decir de las anotaciones existentes en su hoja de servicios. Preso en aquella vorágine indescriptible e inhumana de violencia, he de entender que Marcelino tuvo tiempo de aprender el oficio de herrero y forjador al servicio del ejército, profesión que habría de mantener durante el resto de su ajetreada y sorpresiva existencia. A pesar de aparecer la anotación de Baler en su expediente y licencia definitiva, nada podemos colegir de los datos presentes en la descripción de sus servicios, puesto que la toma tagala de Bucalán, donde se hallaba la oficina y archivo del batallón, sumió en el desconocimiento las andanzas de Marcelino y sus compañeros de pesadilla por el vergel filipino. Eso sí, la concesión de la Cruz Pensionada con dos pesetas y media por la acción del río Zapote el 9 de marzo de 1897, según la real orden del 2 de junio de ese año, implica la presencia del abuelo de Juan José en la contención de las guerrillas tagalas. Justo allí, junto al puente del río Zapote, estadounidenses y filipinos habrían de librar en 1899 una de las más decisivas batallas de la guerra que sumió a Aguinaldo y los suyos en una miserable servidumbre que alimentaría la nostalgia de España durante casi medio siglo. El 8 de marzo de 1898, Marcelino subía a bordo del vapor Jola de Luzón, en Manila, con destino a la península, dejando a sesenta de sus compañeros de fatigas, aquellos que quedaron destinados en la posición de Baler, para afrontar el dislate de sitio al que les sometió la presión indígena, el abandono institucional y la insensatez común a tantos españoles enfermos de honra y faltos de raciocinio.

Marcelino Rodríguez Martín desembarcó en Barcelona el 9 de abril de ese simbólico año, preñado de esperanza entre los humildes trabajadores. Estos, destinados a soportar las ruinas de una España perdida y origen de la memoria de un desastre, vieron cómo la pérdida del poso colonial, a modo de acicate, persiguió el afán reformador de unos, los más jóvenes, y la nostalgia por lo desaparecido en las élites oligárquicas enquistadas dentro del poder político español; esas mismas que se empeñarían en soportar años más tarde, con el mismo modelo, un protectorado africano impuesto por las grandes potencias europeas y sostenido con la sangre de varias generaciones echadas a perder por una tragedia demasiadas veces repetida en la historia reciente de nuestra nación.

Y, como era de esperar, semejando un vodevil mediocre, esa España seca de todo acabó por no cumplir siquiera con aquellos veteranos del horror, prevaricando sin el más mínimo decoro su obligación de costear los gastos inherentes al compromiso de los humildes. A pesar de seguir unido al ejército hasta el año 1921, Marcelino fue incapaz de cobrar los emolumentos asociados a su aventura filipina. Ni los devengados por la condecoración, ni los ordinarios relativos a la impedimenta. Ni siquiera después de publicar en la prensa la reivindicación junto con sus compañeros José Gaitán, José Miquelet y Benito Seoane, logró recuperar lo que era suyo, sancionando, una vez más, la indecente actitud institucional hacia el sencillo compromiso de aquellos que ven en España una obligación sin oportunidad alguna de remisión, pues, perdido el honor en campos de batalla imaginarios, a ver quién prestaba atención a un sencillo herrero de Baler.

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