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Casting Lear

Un exorcismo en el presente escénico

por Maite Hernangómez
9 de diciembre de 2025
Andrea Jiménez y Carlos Manuel Díaz, en ‘Casting Lear’. Foto: Ana Vázquez.

Andrea Jiménez y Carlos Manuel Díaz, en ‘Casting Lear’. Foto: Ana Vázquez.

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Un dispositivo inteligente, sincero y emocional, se abre para nosotros, espectadores que asistimos boquiabiertos a un acto teatral y performatico, abierto y libertador.

Andrea Jiménez lo ha inventado para ella y para nosotros, el público. Provocando esa catarsis de la que hablaban los griegos, ha pulsado el botón de los  pinganillos que conectan las orejas de los tres actuantes con sus corazones e inteligencia, y desde ellos nos ha vinculado a cada una de las personas del patio de butacas. En este acto del más puro presente, creado en el momento, Andrea nos  has puesto en el disparadero de la caja de los truenos, y la tormenta, lejos de ser ficticia, se ha desatado.

Traer al padre, traer a su padre al escenario. Eso es lo que hace Andrea Jiménez, un desafío. Cuenta ella que tuvo que hacer seis años de terapia, otro de método junguiano, una constelación familiar y alguna cosa más, para atreverse a mirar de frente la desafección de su padre, el rechazo de su progenitor, su furia, y decidirse a crear un trabajo teatral que diera cuenta de ello. Y lo consiguió, y hasta lo “monetizó”, como dice ella misma en algunos momentos en los que afloja el cable con el que nos tiene unidos, destensándolo para que podamos reírnos un poquito antes de que se prepare para el siguiente acto y nos deje temblando en nuestra butaca o llorando, o sin respiración.

Para semejante exorcismo,  prende Andrea con una de sus manos un bastón, un cayado simbólico y real: el maestro William Shakespeare. Otro padre, como ella lo llama, dentro de los padres del teatro.  Lo hace con la obra “El rey Lear”. Como si cogiera un fonendo en su mano, coloca una punta en el corazón de Cordelia -la hija pequeña de ese rey-, y la otra en el de ella, y descubre que están unidas por un mismo pálpito, el del repudio y la falta de amor del padre.

En el primer acto el rey Lear decide repartir el reino,  pero antes les pide a sus tres hijas que le digan cuánto y cómo le aman, cuando llega el turno de Cordelia, el rey le pregunta: “¿Qué tienes que decir”, y ella: “Nada”. “¿Nada?”. “Nada”. “De nada no vendrá nada” Cordelia siente que su amor es más rico que las palabras. Así es que queda desposeída y repudiada por su padre.

“Yo, igual que Cordelia, no le dije nada a mi padre, cuando después de estudiar Derecho le dije que me iba a Inglaterra para aprender el método actoral de Lecoq. Mi padre, un señor que se hizo rico con el boom inmobiliario y hasta era el dueño de un club de tenis, me dijo: “A ti que tanto te gusta el teatro, esto va a acabar en tragedia”. “A mi padre no le puedo querer como él quiere que le quiera” Negociar amor por dinero, esto es lo que hacen Lear y su padre. “¿De dónde viene esta furia de un padre sobre su hija?”, aún continúa: “Yo quiero creer que se trata de la herida del amor”.

El teatro la salva. Andrea, con la otra mano se agarra a los otros padres del teatro contemporáneo: Lecoq, Peter Brook, Grotowski. Ahí es na… “Esto es un escenario, en este escenario no hay nada. Un escenario sin nada”. Así comienza el espectáculo, con estas palabras de Andrea, estableciendo la desnudez del espacio Y continúa con las palabras de Peter Brook: “para que exista un acto teatral, solo se necesita una persona que camine en un espacio vacío, mientras otra mira. Con esos robustos bastones, camina Andrea y nos dice: “Soy directora de teatro pero hoy voy a estar en el escenario también como actriz”

Entonces conocemos al actor invitado para interpretar al Rey Lear” en esta función, Carlos Manuel Díaz. Y es que en cada representación interviene un actor distinto para hacer del rey. El texto clásico lo va a ir escuchando a través del pinganillo que lleva en su oreja, en la versión de Juan Mayorga. Se lo dicta  Pablo Gallego, el tercero de los actuantes, que además interpreta a Kent.

Atónitos nos quedamos ante la interpretación de Carlos Manuel Díaz. Las palabras del texto del Shakespeare fluyen por sus venas a pesar de la inmediatez de la acción; en un acto de total entrega y confianza se desnuda literal y metafóricamente, se deja ver las entrañas y su corazón, se conmueve, se enfada, enloquece. Es el Rey Lear en el aquí y en el ahora. Lo estamos viendo hacerse y deshacerse en el momento, y volver a reconstruirse, es el absoluto acompañante de Andrea en su travesía emocional.

Impresionante, cuando despojado del rol del rey, Andrea le entrega el e- mail que su padre le envió. Lo lee en silencio. Los espectadores tenemos el alma encogida; a través de sus espontáneos gestos, y de la forma en que el texto le golpea, imaginamos un email demoledor, de un padre repudiando a su hija, expulsándola de su corazón y de su vida. Y lloramos con el actor.

Antes del e-mail, Andrea le ha contado que “en la última Navidad su padre abrió el jamón y ella lo ayudó a colocarlo en el plato, como cuando era pequeña”. Y luego dice: “Yo no quiero acabar como Cordelia muerta por un ejército”.

Cuando El actor Carlos Manuel termina de leer el email le sale espontáneamente: “Esto no es un padre, él es el responsable de esa persona… no sé si existe el perdón de después de esto”.

El perdón, tema de este espectáculo. “¿Dónde vive “eso” en un uno cuando no puede perdonar?”, se pregunta Andrea, y Carlos Manuel responde como hombre, no como actor: “cada vez entiendo menos eso del perdón, pero  si tú te sintieras mejor por perdonar u olvidar pues lo haces”.

Después, Andrea se rebela también contra el propio  Shakespeare, y le increpa, y le grita con rabia; porque en el último encuentro del rey con su hija, el rey Lear va de víctima y narcisista: “Yo, yo, yo”. Toda la conversación entre ellos planea alrededor de su dolor, no del de Cordelia

“Esto es como la historia de España que aquí no ha pasado nada”, dice Andrea, y también dice; “Este es el perdón más tóxico de la historia de teatro, pero no es creíble”. Entonces le grita a Shakespeare: “¡Vete a hacer una terapia!”, y luego -¿Pero cómo voy a mandar a hacer terapia a alguien que ha muerto hace 500 años? Esto último nos hace reír, y menos mal. Esos respiros que nos proporciona la demiurga en este viaje teatral y performativo -que se construye delante de nuestros ojos- nos sientan muy bien. Andrea reconstruye, en sincronía, la caída, la soledad, la locura y la rendición de un rey, con el intento por comprender, quizás perdonar o no, la furia y el rechazo de su padre.

Qué tierno el final cuando Andrea le pide al actor Carlos Manuel Díaz, entregándole el libro: “Me gustaría que me leyeras la escena final como si fuera un cuento”. Y se sientan en el suelo, colocados tiernamente,  como un  padre le leería un cuento a su hija. Una imagen de ternura y reconciliación simbólica. Aún Andrea se permite soñar con un padre que, sentado en la última fila del patio de butacas, se ha atrevido a ir al teatro.

El final lo enlazamos con el principio: El teatro. “El mejor lugar del mundo, el sitio en el que todas las miradas convergen en un mismo punto. De aquí no me van a sacar. Esta es mi casa. Este es mi sitio”.

El público se ha puesto en pie, emocionado y conmovido. Los actuantes salen a saludar una y otra, una y  otra vez. Esta casa, la del teatro, da cobijo a nuestros pesares y alegrías. Esta es la casa de la redención y el conocimiento… Al final, el movimiento de Andrea y Carlos Manuel queda suspendido en el instante de lanzar simultáneamente una pelota de tenis imaginaria… Cerrando la obra con un gesto de liberación, juego y levedad.

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