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Espectros y apariciones en el cine en blanco y negro

por Sergio Casado
18 de junio de 2023
Ciudadano Kane.

Ciudadano Kane.

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Voy despacio, con cuidado. Mis manos tiemblan pero he averiguado lo que quiero escribir. Estaba muy escondido este artículo, pero al final lo atrapo con mi pequeña red, rota por algunas partes. Lo mejor es que tengo un buen punto de partida, el de una escena de cine en blanco y negro. La película es “En el curso del tiempo”, dirigida por Wim Wenders: “En la cabina de proyección. Interior. Noche. (…) Propietaria (off): No me obligaran a pasar, a pasar películas… Propietaria: … de las que la gente sale endurecida y embrutecida por la estupidez. Películas que destruyen cualquier alegría de vivir y anulan cualquier sentimiento hacia el mundo y hacia ellos mismos…”.

Recuerdo, como en un caleidoscopio de afectos, ese cine en blanco y negro de mi infancia, cuando no había en casa televisor en color y todo era en blanco y negro. Luego descubrí que efectivamente existía un cine en blanco y negro, que se había filmado así.

No estoy seguro de acertar en la película que vi siendo un niño, la que encabeza ese caleidoscopio, el de la alegría de vivir. Seguramente fue “Un día en las carreras”, película en la que Groucho Marx y Harpo Marx están especialmente desbocados. Qué alegría de vivir, qué alegría de cine. Era ver la película y salir del cine con el asombro de que los Marx existían.

Cerca está el Tarzán de Johnny Weissmuller, en las sobremesas de Televisión Española. ¿Quién recuerda ahora al nadador Weissmuller y a su compañera Maureen O´Sullivan?

Cerca la galopada de “La diligencia” y Custer rodeado en “Murieron con las botas puestas”.

Un pase nocturno de “Caravana de mujeres” en aquella Televisión Española.

Cuando yo ya no esté, me encontrarán con Errol Flynn en “Gentleman Jim”. La película la tengo ahí cerca. Muy cerca. Un buen amigo desaparecido me la regaló por sorpresa y no supe que decir, salvo gracias.

El fantasma y la senora Muir.
El fantasma y la senora Muir.

Mi historia del cine es el cine que he visto. Por eso escribo esto y no otra cosa. Son películas que recomiendo. Quizá no son fáciles de ver, pero es posible encontrarlas, en plataformas, en filmotecas, y como no, a través de los amigos cinéfilos. Entre cinéfilos hay que ayudarse. Hay que luchar contra la desaparición de ese cine en nuestra memoria. ¿Debemos empeñarnos en recuperar ese cine, el pasado? ¿O sólo hay que ver nuevas películas? Sin duda estamos ante paisajes queridos, así que opto por recuperar el viejo cine en blanco y negro.

Aquel cine que veíamos. Risa o sonrisa, asombro, indignación o temor, misterio. Todo en aquellas películas. Quiero teneros cerca, espectros o apariciones. Con cualquier detalle que me recuerde ese cine.

Por eso vuelvo a detenerme. Sigo despacio, solo, recuperándome de otra mañana de abatimiento y desánimo. En la tarde me voy rehaciendo como mejor puedo, busco cine, escribo para mis lectores. Y con mis papeles de cine en el bolsillo salgo del parque y vuelvo a aquella fachada del cine desaparecido y de nuevo me detengo en el chaflán, palpando aquellos ladrillos de arcilla. Camino de nuevo por la rampa para discapacitados y decididamente me cuelo en el Cine Imaginación. Como en la película “En el curso del tiempo”, vamos a arreglar proyectores rotos; subimos a la cabina de proyección con el propósito de aquella propietaria de la ficción, no embrutecernos con las películas estúpidas y recuperar la alegría de vivir.

Rápidamente convoco a mis amigos cinéfilos y cineastas, que en este escrito quedan detenidos en el tiempo, poderosos, haciéndome a mí más fuerte, liberándome de mis ataduras, de mis carencias.
Todos estamos en esa misión que nos encomendó el cineasta Alex de la Iglesia: la defensa del cine.

Carlos Gracia acude rápidamente al Cine Imaginación y me dice que su película favorita en blanco y negro es “Historias de Filadelfia”, y añade que su escena favorita en blanco y negro sería imposible de imaginar en color: Cary Grant subiendo las escaleras con el vaso de leche en “Sospecha”, de Alfred Hitchcock.

¡Maldición! Ni he visto “Historias de Filadelfia” ni “Sospecha”. Tengo que apuntarlas en la lista de deberes. Blanco y negro por ver. Carlos lo toma con humor y me avisa: “Nadie dijo que ser cinéfilo fuese un trabajo fácil. Está plagado de vicios inconfesables, traiciones bochornosas, lagunas imperdonables y amores eternos”.

Persona.
Persona.

Me olvido por un momento de mis lagunas imperdonables y viene a mi recuerdo “El fantasma y la señora Muir”, cumbre del cine romántico en blanco y negro y una de mis películas favoritas, tanto en color como en blanco y negro. Amor eterno. Busquen esta película encantadora y sencilla sobre una mujer que ansía ser independiente y que con sus recursos económicos limitados decide alquilar un caserón de mala fama, cuyo buen precio se debe a la presunta presencia de un fantasma. La decidida y valiente señora Muir es Gene Tierney y el fantasma es Rex Harrison. Ojalá pudiese ver esta película por primera vez en mi vida. Afortunadamente puedo volver a verla por segunda ocasión, tercera, cuarta y hasta el infinito. No te olvido, fantasma, y tus buenas ganas de asustar.

Divago. Me vuelvo a Carlos Gracia. Es un buen amigo y se ha aparecido, también como un fantasma, en su escrito para el Cine Imaginación, mi cine miniatura que mis amigos agigantan.

Agigantan el recuerdo. Vivas Plá recuerda “Sed de mal”, “Los cuatrocientos golpes”, “Cuentos de Tokio”. Pepe recuerda “Suspense”, de Jack Clayton. No sé elegir entre ellas y mientras, mi amigo Gregorio agita el caleidoscopio de afectos: “La carreta fantasma” (Víctor Sjostrom, 1921) y la también muda “El maquinista de la General”, con el buen humor de Buster Keaton. Y añade una tercera, ya con sonido: “Los siete samurais”. ¿Cómo olvidar a Kurosawa?

Ya soy un adulto y descubro nuestro cine, el divertido “Atraco a las tres” de Forqué. ¡Y llegan a las cuatro! “Surcos” de Nieves Conde. ¡Nuestro cine! ¡Nuestro cine! Nos esperan “Bienvenido Mr. Marshall” y “Plácido” de Berlanga.

Y de repente, las películas escondidas, que pueden volver a la vida, como la que a continuación recomiendo absolutamente. Es “El mundo sigue”, de Fernando Fernán Gómez. Filmada en 1963 es estrenada fugazmente en 1965. Prácticamente nadie la vio. Es olvidada, arrinconada por la censura. Tengo la suerte de verla en su restauración de 2015. ¡Y me gustaría volver a verla ya!

Fernando Fernán Gómez acepta trabajos que de otro modo no haría, en los años sesenta, todo para poder armar la producción de “El mundo sigue”. Cincuenta años después, esta película fantasmal se hace corpórea, gracias al trabajo de Juan Esterlich Jr. y Adolfo Blanco. Fernando Fernán Gómez desapareció, pero queda su película, extraordinaria.

Placido.
Placido.

Fernando Fernán Gómez: “Aceptaría todas las ofertas que me hicieran, bien o mal pagadas, con personajes feos o bonitos, aunque algunos días tuviera que hacer jornada doble, y además, con mis ahorros, como en otras ocasiones, produciría “El mundo sigue”, cuyo guión había escrito el año anterior y que ya había sido rechazado por los productores”.

Fernando se arruina, pero es ayudado por sus actores a salir del agujero. Grandes actores.

Es este también el cine. Es otra historia de las películas. Tantas historias del cine en blanco y negro, del cine del pasado.

Gracias a Elena me reencuentro con “Carta de una desconocida”, de Max Ophuls. Es el blanco y negro romántico, como el de “Breve encuentro”. Están entre mis favoritas, como antes dije con “El fantasma y la señora Muir”. “Carta de una desconocida” nos presenta a Joan Fontaine buscando una ilusión, la ilusión que tiene desde niña. Esa ilusión es esquiva. Parece atraparse durante un instante, pero luego vuela. Como un pájaro de la felicidad. Busca esta magnífica película, lector.

Se apilan en el horizonte y no tengo tiempo: “La strada”, de Fellini, “El hombre elefante”, de Lynch, la mejor película de Buñuel, “Los olvidados”, las películas contemporáneas que me recuerda Rubén Sánchez, como “La lista de Schindler”, “Pi” o “Clerks”, entre otras. Jorge Andrés: “Avaricia”, de Eric Von Stroheim. “Amanecer”, de Murnau. Y no me olvido… yo elijo “Hombres intrépidos” de Ford. Un tesoro de película.

Y el cinéfilo que pasa de la juventud a la vida adulta, se encuentra también con otro camino, el del esfuerzo. El cinéfilo puede acostumbrarse a ser un cinéfilo pasivo, pero hay otros caminos: “Persona” (Ingmar Bergman, 1966).

La actriz Vogler está silenciosa, ausente, pero sólo hasta cierto punto. No es ninguna inocente en la postura que ha tomado. Su enfermera, Alma, le habla y le habla. A ratos parlotea. Busca la comunicación desesperadamente, voluntariosa, amable, sencilla. Pero esa comunicación también se corrompe con el silencio de Vogler. Alma llegará hasta la frontera que propone la violencia. ¿Quién es Alma? ¿Quién es Vogler? ¿Son ambas la misma persona intentando comunicarse consigo misma?

Es un camino secreto el que nos propone Bergman. Es un sendero secreto en blanco y negro. Merece la pena buscarlo y saber de su existencia. Luego el cinéfilo lo elige o no.

A veces recuerdo al cinéfilo cerebral, Luis Betrán. Ya desapareció. ¿Quién le recordará? Yo le recuerdo, le hago presente en estas líneas. Él recuerda las palabras de Ingmar Bergman: “Lo que más importa en la vida es ser capaz de entablar contacto con otro ser humano”. Luego, Betrán añade: “(…) se analiza el propio artificio del cine, a través de un proyector, desde los carbones que proporcionan la iluminación hasta las frágiles perforaciones llegando la cinta a romperse en pedazos ante la desesperación del director”.

Entablar contacto con otro ser humano. Quizá yo también lo intento con lo que escribo, intentando llegar al lector. ¡Guerra a la incomunicación cinéfila!

No sólo el director se desespera si no comunica su lenguaje personal. El espectador se frustra, se ve obligado a aprender un “nuevo idioma”. Y el blanco y negro es otro idioma, otro modo de representar la realidad. Bergman es otro modo de representar la realidad.

Espectros y apariciones en el cine en blanco y negro. Fantasmas.

Se me acaba el espacio, el tiempo. Me gustaría ver todas las películas, volver a ver muchas veces las que más me gustan, mis favoritas. ¿Cuáles elegir?

Elegir “Ciudadano Kane”, el prodigioso joven Orson Welles, ver al mismo Welles fantasmagórico por Viena en “El tercer hombre”, ver “Los mejores años de nuestra vida” o “Vacaciones en Roma” de William Wyler. Ese cine de Wyler lo ves y al momento te gustaría volver a verlo.

Paul Newman poderoso en “El buscavidas”, Robert Taylor y Vivien Leigh en “El puente de Waterloo”.

La compañía teatral de “Ser o no ser” de Lubitsch; “La evasión” de Jacques Becker, con esos martillazos que suenan y resuenan. Nos golpean. Queremos escapar de esa prisión con nuestros héroes, escapar de aquel agujero. No importa que la película en blanco y negro lo sea. Todavía nos atrapa más, nos lleva a la magia.

Tengo que salir obligado de la cabina del Cine Imaginación. Cuando yo no esté me encontrarán ahí. ¡Allí no hay tiempo real! Ahí detrás (de nuevo quiero ver todas las películas) quedan los pioneros del cine mudo, queda “El hombre que mató a Liberty Valance”, de ese John Ford en blanco y negro.

Luchemos con el cine frente al absurdo, con esos actores y director teatral del “Hamlet” de “En lo más crudo del crudo invierno”, nuestro Kenneth Branagh en blanco y negro. Somos nosotros, nuestra memoria. Lo bueno, lo bueno realmente es que esas películas existen, que podemos abrazarnos a ellas, buscar esa comunicación desesperada que Alma anhela en “Persona”.

“El cinéfilo vive en la ignorancia” digo yo. “Nadie dijo que ser cinéfilo fuese un trabajo fácil”, me dice Carlos Gracia.

El Cine Imaginación fue hoy en blanco y negro. Salgo a la calle, al color que a menudo es más terrible que ese blanco y negro cinematográfico. ¡A pelear con la realidad en color, cinéfilos!

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