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La Panadería de Arroyo de Cuéllar: endulzar y dar vida a un pueblo

por Chantal Nuñez Tejero
31 de octubre de 2022
Mari Carmen Muñoz a punto de meter sus magdalenas de aceite en el horno del obrador.

Mari Carmen Muñoz a punto de meter sus magdalenas de aceite en el horno del obrador.

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Solo acercarse a la puerta de la Panadería de Arroyo ya envuelve con el olor a magdalenas recién hechas. Dentro está Mari Carmen, conocida en todo el pueblo y descendiente de una familia de panaderos, más bien de panaderas, ejemplo todas ellas de la valentía y constancia de la mujer rural. Las jubilaciones de sus hermanas la obligaron a adaptarse a cambios, y de hacer pan pasó a hacer bollería y seguir innovando para continuar ganándose la vida y aportando su granito de arena en la localidad. Mari Carmen derrocha buen humor detrás del mostrador y junto al horno, y endulza a toda la vecindad en muchos kilómetros a la redonda. Sobre cómo es su día a día habla en estas líneas, que de tener olor, olerían a pajaritas y rosquillas de palo aún calientes.

— ¿Cuántos años llevas con el negocio?
—Llevo toda la vida, ¡yo nací aquí! Siempre digo que mi madre estaba haciendo pan, levantó uno y aparecí yo. Mis padres eran panaderos, luego mis hermanas y ahora solo quedo yo al frente del negocio.

— ¿En algún momento pensaste que no te querías dedicar a este sector?
—Yo siempre he tenido claro que me iba a dedicar a ello porque me gusta muchísimo. No me gustaba tener que madrugar, trabajar todos los días… pero hacer pan me gusta mucho, el trato con la gente, que te cuenten sus historias… poner una cara alegre, que tristezas ya tiene cada uno en su casa. Me gusta y lo sabía. Hubo una época en que quise ampliar y todo, pero no me siguieron los de casa y llegamos hasta aquí.

Cuando se jubilaron mis hermanas dejamos de hacer pan y ahora solo nos dedicamos a dulces y repostería. El pan nos lo traen de Garcillán, de la Panadería la Mata Escobar, así que ahora solo hacemos repostería, dos empleadas de aquí de Arroyo y yo.

— Es un trabajo sacrificado.
—Es muy duro, aunque lo llevamos bien. Ahora que no hacemos pan, es menos, pero antes nos levantábamos a las 3 de la mañana. Ahora desde las 7 ya empezamos, pero yo trabajo todos los días del año. Si se pudiese librar, o plantearlo de otra manera, pues sería menos, pero es sacrificado aunque guste.

— Ya no fabricas como tal el pan, pero hay otros muchos productos que sí elaboras. ¿Cuáles?
—Hago los dulces que se han hecho toda la vida, los productos de bollería que se hacían antes. Hace muchos años venían las mujeres con sus niños en Semana Santa a hacerse sus dulces, y mi madre las cobraba algo por hornear aquí. Por ejemplo, las rosquillas de palo que antes solo se hacían en Semana Santa y ahora se hacen todos los días. También hacemos tortas de leche, que quizá llevemos 50 años haciéndolas todos los viernes, y antes solo se hacían por San Antonio. Tortas de chicharrón, rosquillas de yema, cocadas, y magdalenas de aceite de oliva, que no llevan leche. Estas tienen mucho éxito para todos los que no toleran la lactosa; eran las que mi abuela llamaba “de las buenas”, y se hacían para eventos o fechas más importantes, porque no llevaban leche y con los mismos ingredientes te salen muchas menos, claro. Dejamos de hacer las que llevan leche, que las hace todo el mundo, para hacer estas de aceite. Se venden muy bien y además son solo un poco más caras por el propio aceite, pero intentamos mantener el precio.

— Supongo que, como todos, acusas la subida de precios.
—Muchísimo; está todo al doble. Ahora mismo compro el azúcar al doble de precio, y los aceites al triple. Hemos subido los precios un poco, pero da “cosa”, respeto por la gente, intentamos aguantar a ver lo que da de sí, pero es muy difícil.

— ¿De qué pueblos tienes clientela y has tenido?
—Antes repartíamos el pan por pueblos como Samboal, Gomezserracín, Campo; hemos tenido despacho en Cuéllar, en Sanchonuño, y ahora solo queda el de Sanchonuño y el de aquí. Estamos las tres repartidas para que si yo estoy aquí, una de mis dos empleadas pueda librar.

— Comentabas que en alguna ocasión, gente que venía a las casas rurales de la zona y entraba en la panadería te preguntaba si aquí se podía vivir de esto. ¿Qué les dirías a todos los que se cuestionan el trabajo en el entorno rural?
—Que claro que se puede, que hay que trabajar mucho y da para vivir. Trabajando mucho,eso sí; moviéndote, y el beneficio no es exagerado pero se vive, claro.

— Cada mañana anuncias los productos de bollería que estás haciendo en Facebook, para deleite de muchos. ¿Qué ha supuesto empezar a usar las redes sociales para el negocio?
—Para mí ha sido un verdadero hallazgo. Antes hacías cosas que la gente no sabía que hacía. Ahora vienen vecinos de Remondo, por ejemplo, y me cuentan que es que han visto en las redes que hago pajaritas y que hace mucho que no las comían. Viene gente de cualquier sitio porque lo ve, incluso me llaman de Madrid a ver si se lo envío. Hay una mujer de Santander a la que le mando turcos por mensajería. De Segovia también, y de muchos otros sitios simplemente porque lo han visto en las redes sociales. La semana pasada me grabé llenando moldes de las magdalenas y hemos pasado las mil visualizaciones.

— Además de tus productos, siempre buscas innovar.
—Sí, por Navidad traigo algo; el año pasado unos angelitos para el árbol, y este unas mermeladas artesanas que vienen de Gijón. Traigo cosas que no se pueden encontrar en el Mercadona, por ejemplo, como nuestros dulces.

— Entonces, tu cliente valora lo artesano por encima de lo industrial, el pan de supermercado por ejemplo.
—Sí, lo valoran. Entiendo que si anda mal la economía y te dan tres barras por un euro y aquí una, se vayan allí; ya sabes que el pan es peor. Pero la gente valora mucho lo artesano. De hecho, cuando mis hermanas se jubilaron y dejamos de hacer pan, tuvimos dos reacciones; en Sanchonuño a la gente no le sentó bien que dejáramos de hacer pan nuestro. Aquí en Arroyo la gente se volcó en apoyarme porque yo sola continuaba con el negocio de otra manera y no se cerraba, porque si no solo quedaba otra tienda. La gente ha valorado mucho el servicio que das en un pueblo, porque en el futuro no se tendrá.

— A una década de tu jubilación, ¿cómo miras el futuro del negocio?
—Me quedan diez años y no sé cuando yo lo deje quién se quedará con esto. O cambia mucho la cosa, o no lo hará nadie. Es duro, algún sobrino mío lo ha dejado para poder conciliar.

— A todos los que ensalzan la figura de la mujer rural, qué les dirías.
—Que hay momentos en que lo tiene complicado. Nosotras hemos sido siempre todo mujeres y hemos tirado para adelante con mucho trabajo. Mi padre se hizo daño en la espalda y apenas podía trabajar, lo hacía de otra manera, pendiente de que nos fuera más fácil a nosotras, pero mi madre tiraba del carro, mis hermanas vendían pan con 10 años, y casi la que más fácil lo he tenido soy yo, la pequeña. Pero esta empresa siempre ha sido de mujeres, y lo tenían complicado. Ahora mucho menos, pero antes, era imposible abrir una cuenta solas. Ahora mismo las mujeres siguen siendo muy luchadoras: cuando quieren algo, luchan luchan y luchan hasta conseguirlo , y más aquí en el medio rural. Aquí estamos acostumbrados a sufrir, y tenemos el pensamiento de que hay que hacerlo porque nadie lo va a hacer por ti.

— Aún así, no cambiarías el medio rural, Arroyo de Cuéllar, por nada, ¿verdad?
—No; me gusta muchísimo vivir en el pueblo. Otra cosa es que luego quieras ir al teatro, al cine, vas a la ciudad, pero luego tu vuelves a tu pueblo y aquí tienes una calidad de vida que no tiene la gente en las ciudades, y de verdad que no saben lo que se pierden.

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