Cuando, llegadas las ferias y fiestas de Segovia, dedicadas a los santos patrones Juan y Pedro, y el primer edil, en voz de la joven periodista segoviana Macarena Bartolomé, nos invita a salir a la calle a disfrutar a tope las fiestas, presididas por la comparsa de gigantones y cabezudos, siempre acompañados por la tradicional música de la saga de los Silverios, entre sustos y carreras de peques y algún amistoso escobazo de los simpáticos, aunque de rostros y gestos amenazantes, de esta pandilla de otros convecinos de la ciudad, bueno será que los conozcamos y recibamos con la siempre benévola condición de “ciudad amiga de la infancia”, localidad turística y patrimonio de la Humanidad.
No son migrantes ni nuevos vecinos, sino segovianos de rancio abolengo, aquí censados desde el siglo XVI, pues son de las comparsas más antiguas del país, aunque los personajes actuales ya sean nacidos a finales del XIX o principios del XX.
Lo primero que choca al visitante es que nuestros más grandes festivos vecinos sean autoridad civil y no reyes, como es lo usual, y que tengan nombres propios Frutos, el alcalde, en honor del santo patrón de la diócesis, y Fuencisla, la alcaldesa, recordando a nuestra santísima patrona Virgen de la Fuencisla. Las cinco gigantillas son una pareja de africanos, otra de romanos y un inca.
Aunque la talla media de los españoles ha aumentado notoriamente estos señalados vecinos destacan midiendo cuatro metros y medio y pesan unos 80 kilos, lo que obliga a que, cuando salen por nuestras calles y plazas, lleven una ayuda de tres porteadores cada uno, que, como la comparsa es de siete figuras, sean 30 los ayudantes durante las fiestas, cambiándose como porteadores a cada canción o baile.
Durante los días festivos se reúnen en el zaguán del Ayuntamiento, para si algún paisano o visitante desea saludarlos y conocerlos más detenidamente, no en su esporádico paseo urbano entre aclamaciones, sonrisas y carreras o sustos de los más jovencitos.
Aunque su coste del antaño de la creación de Frutos y Fuencisla no nos es dado conocer, por ser gastos varios sucesivos, sí sabemos que por su reciente restauración, la empresa catalana AVALI Patrimoni Viu, de Reus, ha cobrado 13.479, 16 euros, por lo que aquí no podemos exclamar como hacía Felipe V en el Real Sitio, contemplando la monumental fuente de Baños de Diana: “Un minuto me has complacido, pero un millón me has costado”, pues nos divierten cada fiesta por bastante menos coste. Esta empresa, casi única de restauración de estos personajes, obtuvo en 2024 el “Premio Nacional de Artesanía”.
En 1608, reinando Felipe III, el escultor Felipe Aragón, autor de la imagen de San Frutos de la puerta de la Catedral, vistió a la comparsa de antaño, que eran una pareja gitana, una pareja de negros, pareja de españoles, y otra de turcos, y el enano y la enana. Cuidaba a estos segovianos, de madera, mimbre o cartón piedra, el titiritero y restaurador Juan Antonio Sanz, que los restauró en 1994.
Estos singulares segovianos no sólo llevan siglos dando alegría a las fiestas de aquí, que han viajado a otros lugares en fiestas, como Sepúlveda en la provincia, o Charleville (Francia) o a Bruselas.
Desde hace dos años, forma parte de la comparsa el redivivo Mariano San Romualdo Egido, patriarca de la saga musical de los Romualdos, realizado por el artesano del grupo Tirotateiro, D. Martín López.
Su domicilio habitual es un noble caserón cargado de cultura, arte e Historia: la Alhóndiga, o alfóndiga según los árabes que dicen al -fondaq a un almacén, mesón o casa pública. Mandáronlo construir los Reyes Católicos para guardar y redistribuir el grano según cosechas y necesidades. Posee una bonita fachada gótico isabelina.
Mantenían el grano, en tres pisos, por categorías:
La Gloria, el trigo de mejor calidad.
Purgatorio: clase intermedia,
Infierno: el de menos calidad o más descuidado, en el sótano.
Hoy, además de domicilio habitual de estos buenos mozos segovianos, es sala de frecuentes exposiciones y, sobre todo, desde 1925 Archivo Municipal.
El documento más antiguo es un privilegio rodado de Alfonso VIII, de 1166, donando el castillo de Olmos (Toledo) a Segovia como premio a la valiosa colaboración de los caballeros segovianos. El más valioso es el acta de proclamación de Isabel La Católica el 13 de diciembre de 1474. También guarda las actas de sesiones del Concejo y las del Catastro del Marqués de la Ensenada.
