Hoy, 28 de junio, la Iglesia Católica celebra la festividad de San Ireneo (Esmirna, Asia Menor, c. 125 – Lyon, c. 202), obispo de Lugdunum –ciudad que muchos recordamos gracias a La vuelta a la Galia de Astérix–. Su obra más conocida, Contra las herejías, combatió con firmeza el gnosticismo que florecía en el siglo II. Comparte onomástica con San Argimiro de Córdoba, San Pablo I –el primer Papa que sucedió a su hermano–, Santa Vicenteta Gerosa, San Juan Southworth y San Herminiano.
Es el XIII Domingo del tiempo ordinario y la segunda lectura nos presenta a una mujer de Sunam, que acogió en su casa al profeta Eliseo (un extranjero), ofreciéndole habitación y mesa, reconociendo su valor sin pedir nada a cambio.
La fecha trae también el Día Mundial del Árbol y, especialmente, el Día Internacional del Orgullo LGTBIQ+, en conmemoración de los disturbios de Stonewall de 1969. Coincide, además, con las Ferias y Fiestas de San Juan y San Pedro, de modo que muchos lectores lo vivirán simplemente como la víspera de San Pedro o con la atención puesta –y con razón– en la Marcha Cicloturista Pedro Delgado.
Yo siempre he celebrado este día, y un poco más este año: a partir de hoy se abre ante mí un extenso catálogo de derechos, bonificaciones y programas destinados a mejorar la calidad de vida, aligerar la economía doméstica y propiciar un envejecimiento activo. Por fin podré disfrutar de descuentos en el Alcázar de Segovia o en el programa «Cine Sénior». ¿Qué más se puede pedir?
Es un día especial, aún más por el privilegio de compartirlo con ustedes en este periódico, decano de la prensa segoviana desde 1901, que está a punto de cumplir 125 años siendo la tinta que late al ritmo de la provincia, donde su alma se vuelve memoria. Hoy entro en esa etapa de la vida en la que el tiempo ya no se mide tanto por lo que esperas como por lo que has visto cumplirse –o incumplirse–. Uno se vuelve un poco más exigente y puede pedir sin complejos a la política que se note más en la vida diaria que en los titulares.
Fue precisamente Ireneo quien dejó testimonio de que los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan eran los únicos recibidos como normativos en la Iglesia, y contribuyó a consolidar la tradición de que el de Mateo fue el primero en redactarse. En días como los que vivimos, sobrecargados de disputas próximas y lejanas, de noticias que erizarían la piel del más templado y que dibujan un horizonte inquietante, conviene serenarse y recordar al primer evangelista (Mateo 6:34): «No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Bástele a cada día su propio mal».
Buen consejo para el ciudadano; pésima coartada para el político que cobra por afanarse por el mañana –y por el hoy– pero que se refugia en el relato mientras la vivienda y la cesta de la compra se convierten en quimeras.
Frente al gnosticismo de su tiempo, Ireneo nos legó algo más que un catálogo de herejías: lo que hoy se ha llamado su «Teología de la Carne» defiende que no hay salvación que valga si no se encarna. Trasladado a la política, el argumento es incontestable: ningún relato redime a quien no puede pagar el alquiler, ningún discurso alimenta, ningún eslogan alquila una vivienda.
Una política ireneana exigiría verdad pública, al modo de la predicación apostólica, y rechazaría el sectarismo que divide a la sociedad entre iluminados y réprobos. Reclamaría un canon compartido de realidad donde la corrupción se llame corrupción, venga de donde venga, y donde los poderes del Estado se afanen en servir antes que en servirse.
Pase lo que pase, hoy todavía hay mucho que celebrar. Aparquemos las disputas y celebremos San Ireneo, Doctor de la Iglesia con el título de «Doctor unitatis», el Día del Orgullo, o ambos –cada cual según su devoción–, con respeto y sin mirar de reojo al que simplemente festeja la víspera de San Pedro.
¡Feliz verano!
