No sabes cómo te agradezco, Teo, que hayas salido airoso de lo tuyo. A poco que me aguante la salud para cumplir con una de las dos tareas que me quedan, morirme, (la otra, a ver si puedo, es llegar con cierta entereza y sin molestar) me convertís en especialista de obituarios. Dónde va a dar, la ensoñación lacrimosa de hablar con un difunto a la parla coloquial con un amigo vivito y coleando, como tú. Disfrutemos de que, como dice Mari Carmen, estamos en lo mejor de lo peor y recemos porque nuestros médicos gocen de salud.
Cuando eras empresario de éxito apenas te conocía. Bueno, de relativo éxito que sé que me vas a regañar por esto. Al jubilarte no te has dado por vencido. Tu inquietud y las circunstancias te llevan a consumar apetencias pospuestas. Si cojo, agarro y escribo para ti es por la admiración y agradecimiento que me produces, cariño a la pata la llana.
Siempre has sido mecenas de mis iniciativas, fueran fotos, libro o interpretaciones. Rescatándolas del flujo de lo cotidiano que engulle tantos aconteceres. De esa misma manera yo he reparado en ti. Y se me han quedado grabadas, para ejemplo, tu sonrisa, algunas veces frente a la adversidad, y tu humildad.
Déjame recordar aquellas lágrimas que, fruto de tu sensibilidad, me regalaste mientras interpretaba una pieza a la guitarra. Para eso mis intentos de alcanzar el arte: para emocionar, para emocionarme, hasta las lágrimas. O para servir de pretexto.
Pues luego te dio por fundar una onegé. Título que supongo que rechazarás y que es más auténtica porque nace de tu libre albedrío: pones el local, los muebles, la calefacción y no cobras un duro ni a nadie ni de nadie. Tu “ÁGORA” no podría tener mejor título. Allí, contigo, por ti, he tenido la suerte de encontrar personas que no renuncian a la ilusión de vivir, de departir con personas. Con vosotros me he vuelto a sentir artista útil y como a mí me gusta: sin otro interés que el de pasarlo bien juntos.
Ahora me dicen que has tenido un episodio hospitalario, que estás aparentemente bien. Me tardo en buscarte y darte un abrazo, en ponerte un correo y besarte con palabras. Mira que tengo la confianza de que me crees al cien por cien, de que, aunque tarde, te va a resultar igual de sabroso.
Vive Teo. Lo celebramos. Nos gustaría que nos enseñaras tu manual de uso, por si vuelves al hospital, por si un día… Nos gusta más hablar contigo, mucho más que evocarte mirando al cielo. Incluso verte por la calle, antes de que nos eches al ver y te explote la sonrisa. Y no necesitamos más suceso para quererte. Ni pensar en panegíricos post mortem porque nos vamos a hartar de decírtelo personalmente. ¡Vive, Teo!
P.D.: Bah. Qué poco dura la alegría en la casa del pobre. Teo ha muerto. ¿Ves cómo la literatura es mentira? De sobra sabía yo que la cosa iba mal. Pero hombre. Con lo de los avances de la medicina, un poco prórroga… Y tan poca. Nada.
De lo malo llegué a tiempo de que él leyera mi artículo, de que lo viera publicado, de que me volviera a llamar exagerado y de darnos unos cuantos abrazos, los últimos, todavía de programar tomar algo un día juntos, porque solo nos dedicábamos a filosofar en nuestros encuentros.
Marco su nombre en la lista de correos electrónicos, uno más donde evacuo mis ocurrencias, doy al eliminar, como si echara el cierre a la caja donde su cuerpo ha encontrado el último acomodo. Lo dejo ir al crematorio de mis nostalgias. La poca ceremonia que a él le habría gustado a modo de entierro. Adiós Teo.
Que Teo y Amelia, su mujer, se hayan ido, como Sindi y Tere y unos cuantos más dejan una sensación de desnudez, de desamparo. Irreversible. Llorar será muy bueno, pero no nos devuelve a la casilla de salida. Nosotros ya solo podemos ser los siguientes.
Ahora Teo, Amelia, Felipe, Ele, Valentina, Sixto, Tere, Sindi vivirán en nuestro cielo, mezcla de recuerdo y esperanza, inmarcesibles mientras nosotros estemos vivos, luchando nosotros contra el olvido definitivo. Amén.
