La historia no suele juzgar siempre con equidad a quienes cometen fechorías sin cuento, a quienes causan un daño inmenso a la sociedad en general, o a quien, en definitiva, originan con sus perversos actos un sufrimiento indecible que en ocasiones queda relegado exclusivamente al ámbito de quien los padece sin que trascienda al resto de una sociedad que no es consciente del daño causado, quedando éste exclusivamente como patrimonio de las víctimas, que no suelen encontrar una vía para llevar a cabo una denuncia que los ayude a soportar su dolor con mayor dignidad en medio de tanto sufrimiento.
En los sucesos acaecidos durante el brutal apagón soportado por los desdichado ciudadanos de este sufrido país, nunca explicado ni aclarado por quienes lo originaron, que fueron los mismos que debieran haber rendido cuentas a los ciudadanos, los trastornos de todo tipo que se originaron, no se limitaron a los propios de un país a oscuras, que afectaron a millones de personas, de múltiples formas, tanto en las grandes ciudades, como en pequeñas ciudades y pueblos.
Y afectó, tanto a gente joven, como a ancianos indefensos, como a enfermos y ciudadanos desvalidos e impedidos que sufrieron lo indecible durante las largas horas que duró el desastroso acontecimiento, a los que ni se les pidió perdón, ni se tuvo la delicadeza de indemnizarles, ni mucho menos de explicarles lo que sucedió, sus causas, su origen, que ya estuvo claro al día siguiente, pero que no han querido admitir de manera alguna, en una demostración perversa de una arrogancia y una vileza sin límites que no les ha permitido admitir sus incalificables errores y sus terribles consecuencias, como las que paso a relatar a continuación, y que sufrí en carne propia, en un familiar muy querido por mí, mi esposa, que tristemente ya no se encuentra entre nosotros.
Las situaciones vividas por enfermos que estando en su domicilio, dependían de la energía eléctrica para mantener en funcionamiento los aparatos de supervivencia a los que estaban conectados, fueron espantosas. Es el caso de mucha gente, que viviendo en pueblos alejados de las ciudades, agotaron las pocas ambulancias de las que disponían para poder llegar a los hospitales de la capital de provincia y ser atendidos. Lo mismo ocurrió en las ciudades, intentando llegar por sus propios medios, ya que las ambulancias también se agotaron.
Mi terrible experiencia con mi esposa, que conectada al oxígeno, dependía las veinticuatro horas de una mochila que era necesario recargar con suma frecuencia, nos llevó a buscar desesperadamente un centro de salud donde tuviesen generadores de corriente eléctrica, y al no disponer de ellos, y hablo de una ciudad grande cerca de la capital, fuimos al hospital en una desesperada búsqueda de un enchufe al que conectar el aparato suministrador de oxígeno.
Llegamos al hospital, y allí nos encontramos con multitud de gente que, en nuestra misma situación, logramos algunos conectar el aparato y en otros conseguir una bombona de oxígeno para conectar directamente al enfermo. Una carrera frenética que casi llegó a agotar las existencias. Por desgracia, mucha gente no lo consiguió, sobre todo los que provenían de pueblos distantes.
Murieron por no conseguir un simple enchufe con energía eléctrica, o una bombona con oxígeno, de los cuales, solamente se han reconocido oficialmente dos o tres, cuando fueron, por desgracia, bastante más. Una perversidad más de los culpables de este horror que siguen agazapados tras de su ignominia, y que todos sabemos quiénes son.
Malditos quienes causaron tanto sufrimiento, tanto dolor, y que siguen callados sin reconocer su culpa. Mi querida esposa falleció después. Mi pena y mi enorme tristeza por tan sensible pérdida, me ha llevado ahora a denunciar estos hechos, que quedarán, como tantos otros, vilmente ocultos bajo el miserable manto con los que se cubren quienes ejercen el poder, sumidos en las diabólicas sombras que tejen para permanecer al margen de las responsabilidades que como servidores públicos les corresponden. Malditos.
