Todos nacemos del pasado. El presente se evapora tan pronto. Así que los seres humanos enseguida llenamos la cabeza de futuro. En el entretanto unos masacran mariposas con alfileres y otros, porque vieron una un día, se sorprenden. Unos fundan periódicos y otros los refundan.
Así navega El Adelantado. Ciento veinticinco años después está a punto de nacer de nuevo. Porque de los ciento veinticinco años anteriores queda, amén de archivos e historiadores, el recuerdo. Porque en el hoy nos afanamos tanto en la tarea que no da tiempo a gozar de la perspectiva. Porque las preocupaciones se cifran en que mañana, al año que viene, dentro de otros ciento veinticinco años salga El Adelantado y disfrute de un presente luminoso.
Desde que vimos caer a Dutton Peabody entre el desastre de su Shinbone Star a manos de Liyberty Valance y sus secuaces, la prensa siempre nos cayó bien. Más que vender o epatar pensábamos que, de ser periodistas, buscaríamos la verdad. Puede que un periódico hoy sea una empresa en busca de la verdad. De seguro es una empresa. Con tantos palillos y circunstancias. Ahí los hemos dejado en su lucha, más por la supervivencia cuanto más por la verdad. Y nos fuimos a otra cosa.
Otros casi cien años después, volvemos a considerar el mundo del periódico diario. Porque nos dio por la escritura, por la fotografía. Porque, perdida toda esperanza, alguien de El Adelantado pensó que las manufacturas fabricadas podrían tener algún interés o alguna conveniencia. Entonces la ilusión olvidada, de escritor, de fotógrafo, se tradujo en agradecimiento.
Aquel viejo periódico, el que llegaba a nuestro pueblo en el coche de línea, también es nuestro periódico, El Adelantado de Segovia, al que rendimos fidelidad.
Hoy, que ya puede ser después de hoy, se reúnen parte de lo más granado de Segovia a hablar de futuro, a proponerse un futuro mejor, para formular y llegar a un acuerdo para que la vida no se detenga en el pasado, ni siquiera en el presente. Resulta que la celebración del aniversario de El Adelantado es una invitación a que Segovia no se muera mirándose al espejo.
Para alguien que mentalmente no ha sobrepasado la condición de monaguillo el espectáculo rebasa su curiosidad. Allá se quedan los que entienden. Ojalá cuajen sus buenos propósitos. El monaguillo, apagados los ecos de la ceremonia por la distancia, vuelve al silencio donde reposar sus cachivaches, dos palabras, una estampa. Debería apostar por el futuro, como todos los que estaban allí, El Adelantado en proyecto inclusive, repartir enhorabuenas y felicitaciones, pero solo le sale: gracias.
