Corren salvajes por la pradera, como lo hacía yo. Se tumban jadeantes y te miran satisfechos. Te ofrecen la espalda, la barriga, el pecho, para que les hagas cosquillas. Componen siempre una figura tras de la que se afanan los retratistas para fijar la belleza, en un intento de hacerla inmarcesible.
De un tiempo a esta parte han bajado de la montaña a las cuadras, han pasado de los corrales a los hogares, se refugian en los edificios, abandonan las calles que antes corrían peligro con tiradores de cantos y fútbol improvisado.
Sí. Me encantan los perros, los caballos y los niños… de los demás. Si me miran con cara de darme un beso me confunden. Porque no quiero desairarlos. Porque mi amor, supongo, se traduce en contemplación, a veces con un poco de distancia.
A uno de ellos solo le falta abrirme la puerta, cuando llamo al timbre. Nada más entrar acerca su cara, corre a enseñarme su muñeco y se retira a su aposento, desde el que me mira a la espera de las caricias que yo no alcanzo a prodigarle.

Guarda una fidelidad a sus seres queridos que a mí me parece rayana con lo incomprensible. Todavía más incomprensible que nos ame tanto a los amigos de sus seres queridos, sin filtro ni más consideraciones.
Nunca molesta, nunca se altera. Excepcionalmente una vez levantó la voz a un impertinente para prevenirlo de abusar contra nosotros.
Yo creo que se gasta flequillo largo para esconder la bondad que le define y que se refleja tan expresivamente en su mirada.
Últimamente ha cogido kilos, ha perdido movilidad, se fatiga al sol, le cuesta subir. En el especialista le detectaron cáncer. Resopla al respirar.
Ha muerto. Yo, que tan pocas muestras de cariño le profesaba, siento tristeza por su pérdida. Me extraño de mis sentimientos. Casi no sé distinguir si sufro esto poquito por él o por sus dueños, ayunos para siempre de las charletas que mantenían con él.
Ah, se me olvidaba. Se llamaba Django. Abandonado, recogido, agradecido. Una gran persona, digo, un señor perro.
