Quiero ser notario, como mi padre; enfermera o maestra, como mi madre; militar o carpintero, como mi padre. Hubo un tiempo en que a cada ser humano que llegaba al mundo se le vestía de rosa o azul y, desde ese instante, la trayectoria vital parecía quedar fijada. El resto de su vida discurría entre linderos visibles. El camino hacia la meta se reconocía con claridad, casi como el único posible.
Los niños querían ser lo mismo que sus padres. A medida que crecían, aumentaba también su interés por el oficio de los mayores: preguntaban, escuchaban, atendían explicaciones. A veces los acompañaban a la notaría, al taller o a la tienda cuando no tenían clase para ver de cerca lo que hacían y alguno se quedaba dormido sobre los papeles del despacho. Observaban a la gente que entraba y salía, a quienes trabajaban con ellos, y en su interior germinaba una mezcla de admiración, curiosidad y orgullo. Cuando al cabo de los años acababan asentándose en la profesión elegida, sentían que, en el fondo, siempre habían querido ser eso.
Podían imaginar la vida como una trayectoria con hitos claros: estudiar una carrera, aprender un oficio, entrar en una empresa, casarse, formar una familia y progresar poco a poco en un mundo estable que todavía prometía caminos duraderos. La familia, la sociedad y la escuela constituían un ecosistema estructurado donde un número limitado de opciones facilitaba las decisiones y hacía reconocible el camino vital. No es que los jóvenes de antes fueran mejores; es que vivían en un mundo más ordenado. Uno era algo con relativa continuidad: trabajador de un oficio, miembro de una comunidad, heredero de una tradición. Esa continuidad, sin embargo, se conseguía a menudo a costa de presión familiar, falta de libertad real y vocaciones frustradas. El precio lo pagaron, sobre todo, muchas mujeres.
Hoy todo ha cambiado. La identidad se presenta como un proyecto indefinido y siempre revisable. Los jóvenes crecen en un mundo mucho más fluido, inestable y reversible. A cada paso dudan, miran alrededor y desconfían del futuro. De algún modo, hemos pasado de la vocación a la pura supervivencia para no disolvernos en ese mundo líquido del que habló Zygmunt Bauman.
En esta sociedad líquida, el reto es difícil para las familias, que en ocasiones ya no distinguen entre educar hijos y hacer amigos, y es enorme para la escuela, sobre la que se ha descargado toda la responsabilidad no solo formativa, sino también educativa. Las leyes que rigen la enseñanza llevan años cambiando para adaptarse a esta nueva realidad: los currículos se reescriben, las prioridades pedagógicas se reformulan y los sistemas de evaluación se retocan sin descanso, sin que nadie logre dar con la tecla –ocho leyes educativas en menos de cincuenta años no mienten–. El sistema educativo transmite así una idea inquietante: ni siquiera la escuela, con un profesorado ahogado en burocracia, sabe con certeza qué debe enseñar de forma estable.
¿Qué hacemos? Que no cunda el pánico; todavía pueden hacerse muchas cosas. Sé que carece de sentido formar a los jóvenes como si fueran a vivir en 1970. Ese mundo ya pasó. Pero tampoco me parece inteligente renunciar a ofrecerles un poco de suelo firme. En la sociedad líquida de Bauman, la escuela no debería limitarse a fabricar individuos líquidos. Debería ser, precisamente, uno de los pocos lugares donde todavía se conserve cierta solidez: lenguaje preciso, memoria histórica, disciplina intelectual, atención sostenida, responsabilidad, principios, tiempo para la reflexión y sentido de verdad.
Entiéndaseme bien: no abogo por volver a la escuela autoritaria y memorística de hace medio siglo. Hablo de enseñar a los jóvenes a vivir en la incertidumbre sin arrojarlos a la intemperie; de insertar su vida en una historia más amplia para que no crezcan como si todo empezara con ellos; y de ofrecerles herramientas sólidas para un mundo cambiante: criterio, concentración, conocimiento y una idea de verdad que no se disuelva a la primera. Porque adaptarse no basta si, en el camino, uno deja de saber quién es, qué merece la pena y por qué. Y, al mismo tiempo, porque una cierta fluidez identitaria bien anclada puede ser también una forma inteligente de moverse en un mundo que ya no ofrece trayectorias fijas.
Ahora solo falta que todo esto tome forma en una ley educativa y se publique en el BOE. No es para tanto… ¿O sí?
