El tercer mundo, pese a sus carencias económicas, sociales y políticas, presenta alicientes culturales que en nada envidian al primer mundo (ni al segundo). Un lugar como Egipto es ejemplo paradigmático, y de allí he regresado hace unos días tras una semana espectacular en la que sus templos, pirámides y arenas me han aportado unos beneficios personales y humanos infinitamente más grandes que los que yo, como turista del otro mundo, he aportado económicamente en contraprestación. Poder grabar a mi hija, a ella sola y sin nadie más por la zona, danzando a sus anchas ante el imponente templo de Abu Simbel, o haber podido recorrerme el interior de la Gran Pirámide a mi antojo sin agobio alguno de gentes y tomando notas de mi interés, o haber recorrido el nuevo Museo bajo la atinada guía de un egiptólogo jubilado,… son placeres culturales de muy difícil olvido y de incalculable precio.
Un lugar tan espectacular como turístico ha de tener también sus carencias humanas: madrugar absurdamente para aprovechar cinco visitas mal vistas en vez de tres provechosas, soportar los olores de extraños guisotes antes de llegar en tu lenta fila al lugar de tu croissant con café, excusar los pisotones de muchedumbres presurosas que nunca miran al suelo, olvidarse del ansiado aperitivo con su tapita a la hora del almuerzo, acostarse con la sensación de dormir en una burbuja,… son gajes del oficio turístico que, por comprensibles y asumidos en la firma del contrato con la agencia, no enfadan a quien procede de un Estado del bienestar. No obstante, otras carencias ya sí rozan lo incomprensible: resistir el acoso de pobrecitos en edad escolar insistiéndote en que les des un euro por cualquier baratija, olvidarse del paseo por los alrededores del hotel dadas la inseguridad y suciedad reinantes, sentir al amanecer unos trastornos estomacales de rapidísima evacuación,… son inconvenientes de la miseria y la pobreza que sobrepasan lo comprensible en esta Tierra tan aparentemente avanzada hoy día. Pero -como todo pastel tiene su guinda- tuvo que ocurrir lo que, por aberrante e inconcebible, no cabe ya en ninguna cabeza, pues nadie es capaz de asimilar el caos. Y no me refiero al famoso caos del tráfico en El Cairo (que, curiosamente, no permite ver un solo accidente pese a la pasmosa ausencia de semáforos, señales, cascos, cinturones, pasos de peatones, balizas,…).
El caos ocurrió en el aeropuerto. Tras cinco horas de vuelo, en pleno mediodía, tuvimos que sufrir una hora entera de cola serpenteante para lo del pasaporte. Nuestra recogida de maletas tenía el número equivocado, por lo que al cuarto de hora captamos que podría tratarse de la cinta transportadora de al lado, lo que nos hizo perder otra media hora viendo cómo nadie absolutamente cogía una sola maleta pese a que todas pasaron ante nuestros ojos cinco veces cada una. Ante tal situación, alguien tuvo la osadía de pedir ayuda a un oficial allí sentado, pero le dijeron que eso ocurría todos los días. De pronto, y ya al límite de nuestro asombro, alguien avisó que nuestras maletas estaban todas tiradas por el suelo a unos cincuenta metros. Allá que llegamos corriendo y, tras recogerlas saltando trabajosamente por encima de la cinta, que correspondía a otro vuelo, pasamos de nuevo junto al mismo agente y le solicitamos información para recoger hojas de reclamación y denunciar lo sucedido, pero nos dijo – nuevamente sin inmutarse- que a lo mejor tenían allí al final papeles de esos. Y así, tras dos horas en tierra, nos fuimos repartiendo impotentes ese aciago 25 de abril a las tres de la tarde.
Se me olvidó decir arriba que el aeropuerto no era el de El Cairo, a la ida, sino el de Madrid, a la vuelta. Perdóneseme esa pequeña confusión tercermundista.