Y siguen los juicios por corrupción. Pasan los años, las generaciones, las épocas y la conclusión es demoledora. Un rápido vistazo a la agenda política y judicial, una lectura de los periódicos y una escucha proactiva de los medios de comunicación aderezado con una pizca de pensamiento crítico confirma mi teoría. La sociedad continúa siendo muy elemental, primaria, aunque se disfraza de compleja cuando lo que es intrincado es el entramado de intereses, procedimientos y burocracias que ocultan algunas inclinaciones deshonestas y sirven de palanca a actividades espurias. Será la erótica del poder.
Leyendo la historia, desde Roma hasta nuestros días, entiendo que la esencia corrompible no ha cambiado y los lobos se siguen disfrazando de ovejas. El ser humano como aristotélico “animal político” se sigue guiando por sus cuatro instintos más básicos; el sexo, el estómago, el poder y el “Te Deum” los dos últimos como símbolos de potestad, una terrenal y otra espiritual. Y después, una vez conseguido, como decía el cardenal Mazarino en su “Breviario para políticos”: simula, disimula y no te fíes de nadie.
Un ejemplo del instinto lujurioso son las señoritas de Ábalos o tito Berni, esas que presuntamente ejercían el oficio más antiguo del mundo, aunque a decir de Jardiel Poncela, el oficio más antiguo es la caza y la recolección ya que con el estómago vacío no se puede pensar en la lujuria. Touché, don Enrique, touché. Y sobre lo de llenar el estómago, ¿qué decir? Estamos en España y aquí no hay ni una sola celebración, evento o negocio que no esté acompañado de plato, vino y mantel. Recuerdo a un constructor manchego que me decía con ironía: “¡Hay que ver cuantas cigalas tengo que comer para llevar un plato de lentejas a casa!”. Pues eso. Hace unos meses el restaurante La Chalana salió en los telediarios y no por su cocina precisamente. Mientras, en el caso Mediador, se habla de comidas cercanas a los 12.000 € regadas con Dom Pérignon. ¡Puf! ¿Cómo era aquello de la miel y la boca del asno? La gula económica también existe. Lo dejo a la sensatez del lector.
Lo último, el poder. De antiguo y con origen bíblico, se aseguraba que el poder terrenal procedía de Dios. Hoy ese poder, no nos engañemos, reside en los partidos políticos y en sus manejos chalanescos, aunque nos han hecho creer que el poder —igual que la soberanía nacional— reside en el pueblo y en esas urnas democráticas que se enconden detrás de las cortinas cuando interesa y la ocasión lo merece. ¡Viva la democracia! Si esa soberanía fuera verdad entonces en los partidos no habría miedo a las listas abiertas. Pero no, usted vóteme que yo ya mercadeo con su voto. Y en caso de corruptelas, me lavo las manos expulsando al quinqui de mi organización. La responsabilidad de los partidos debiera de ser severamente indemnizatoria y no únicamente política.
En resumen, por mucho que nos embelesen con medias verdades, hoy la política vive del apego a una idea militante que se manosea y retuerce para justificar el voto ciego e ignorante, ese que vota contra algo y no a favor de nada; la actual política necesita una papeleta exculpatoria que sirva de coartada frente a los desmanes que generan los instintos más básicos y primarios del infiltrado “homo politicus” (poco que ver con el libro de McEvoy) caracterizado por deseos humanos insaciables que acaban en la autopsia del sistema y de la idea.
Qué tiempos aquellos en que Cristina y los Stops cantaban que hay tres cosas importantes en la vida: salud, dinero y amor. Tres palabras que, por cierto, en Hispanoamérica, son un exorcismo ante los estornudos. La política también se constipa por excesos de partido así que el que honradamente tenga esas tres cosas, que siga con la canción y que le dé gracias a Dios.
