Segovia, cabeza de una extensa y poderosa Comunidad de Villa y Tierra, jugaba en los albores del siglo XVI un papel importante como foco industrial en el centro peninsular, y que aportó hombres y recursos a la rebelión comunera, por lo que fue severamente castigada tras la derrota de Villalar en 1521. Cientos de hombres de Segovia fueron castigados particularmente, y también sus concejos, con multas que sumaron millones de maravedíes.
A principios de 1518, dice Colmenares que Castilla “estaba inquieta” por la forma de actuar de los “arrendadores de rentas reales” y el aumento de la presión fiscal, en consecuencia, las ciudades de Segovia, Toledo y Ávila piden al rey que “fuese servido que se continuasen los encabezamientos asentados y jurados por los señores Reyes Católicos”. Había un clima de crispación en nuestra ciudad por la causa de la recaudación excesiva de impuestos, al propio tiempo que el rey Carlos insistía en cobrarlos.
Otra de las causas del levantamiento fue la reivindicación de Segovia de la restitución del señorío de los Moya, dado que desde el mes de junio de 1480 la Tierra de Segovia tenía segregados en favor de los marqueses de Moya el sexmo de Valdemoro y parte del sexmo de Casarrubios. El testamento de la reina Isabel que reconocía aquellos atropellos cometidos con Segovia tampoco logró la ansiada unificación. El tiempo que esperaban los segovianos para recuperar sus posesiones perdidas llegó con la guerra de las Comunidades, por el ahínco que puso la ciudad de Segovia en reconstruir su Tierra y defender su industria.
Segovia atravesaba por problemas económicos, así los mercaderes segovianos se quejaban del trato que recibían en el reglamento del Consulado de Burgos, al mismo tiempo que la legislación de 1500 a 1511, que homogeneizaba la producción de tejidos del reino, ordenaba el proceso productivo hacia los núcleos urbanos y generaba una recesión económica por falta de lana. En este ambiente de enfrentamiento de los comerciantes segovianos con los burgaleses y la crispación de los fabricantes de paños, Segovia se une al levantamiento y asume el programa comunero que recogerá sus intereses. Así, la Ley Perpetua dirá: “Que los mercaderes y hacedores de paños y otros obrajes de estos reinos, puedan tomar para gastar y labrar en ellos la mitad de cualquier lana que hubieran comprado los naturales y extranjeros para enviar fuera de los reinos”.
Complementan la revolución, la citada reivindicación de Segovia sobre la recuperación de las tierras de las que fue separada por las decisiones de los monarcas, señalando la Ley Perpetua que “cuando contra derecho y tenor y forma de las leyes de los reinos, se han dado y hecho mercedes… que sus Majestades revoquen y den por revocados las tales mercedes”.
A todo ello se uniría la irritación creada tras la llegada a España de Carlos I: un rey extranjero, demasiado joven e inexperto, nada respetuoso con las tradiciones y usos políticos castellanos, al mismo tiempo que aquel rey necesitaba de grandes cantidades de dinero para financiar su elección imperial, y que iba además acompañado por una cohorte ajena al país y en la que no faltaban personajes ávidos de riqueza y poder. Existía el temor fundado de que los recursos de Castilla quedaran subordinados a la financiación del imperio.
En efecto, los principales núcleos urbanos del valle del Duero y de Castilla la Nueva fueron los protagonistas del levantamiento y sumaban 13 de las 18 ciudades que tenían el privilegio de enviar procuradores a las Cortes de la Corona de Castilla. Una institución que estaba predispuesta a ser formada por los procuradores de las ciudades. El epicentro del conflicto estuvo en el valle del Duero, la zona más poblada y densamente urbanizada de toda la Corona de Castilla, y el principal núcleo de actividad política castellana (donde radicaban la mitad de las 18 ciudades que participaban en las Cortes). Una revuelta urbana protagonizada y dirigida por la mayor parte de las ciudades que asistían a Cortes, por lo que la Junta Comunera se autodenomina “Cortes y Junta General del Reino”.
Las reivindicaciones de los comuneros, debidas en buena parte a los clérigos y profesores universitarios, estaban dirigidas a la potenciación de las Cortes para contrarrestar la tendencia del poder real al absolutismo. Los comuneros abogan por la primacía del reino y el deseo de limitar el gasto de la Corona. Segovia defendía las manufacturas de la lana frente a la exportación de esa lana en bruto hacia los Países Bajos, Inglaterra y Francia, apoyada de la gran nobleza. Conocemos por el fabriquero de la Catedral de Segovia que las alteraciones comenzaron el día de Pascua del Espíritu Santo, día 20 de mayo de 1520, en una reunión para elegir los cuadrilleros que cobraban los impuestos, los procuradores del común, según Joseph Pérez y según Colmenares. En una Asamblea sin autoridades se critica al corregidor y un corchete que lanza una velada acusación es arrastrado hasta la Cruz del Mercado y colgado. Poco después aquella muchedumbre hacía lo mismo con un compañero suyo. Al día siguiente, uno de los procuradores en las Cortes de la Coruña, Rodrigo Tordesillas, acusado por el común de “enemigo de los pobres”, correría también la misma suerte. Segovia se rebela, al mismo tiempo que la burguesía segoviana que había conseguido participar en el gobierno de la ciudad, participa en la reunión del Regimiento donde se debía mandatar a los procuradores en las Cortes de la Coruña con una serie de reivindicaciones, y que no fueron respetadas por ninguno de esos procuradores.
En el grupo que participa con entusiasmo en las reuniones de la Junta, en Ávila, están presentes tres segovianos y consiguen que el texto de la Ley Perpetua recoja los intereses de los fabricantes de paños. Mientras los menestrales, alentados por la burguesía, serán los artífices de las movilizaciones. Al mismo tiempo los soldados del Consejo mandados por Juan Bravo son los que pelearán fuera de Segovia.
En los primeros días de noviembre de 1520, Segovia manda escuadras que derriben las fortalezas de Odón y Chinchón. El apoyo del campo resulta fundamental tanto por el número de hombres que podía aportar, como por el dinero para sufragar los gastos. La Iglesia apoyó la revolución, como demuestra el beneplácito del Cabildo a los tres representantes de Segovia en Ávila, al propio tiempo que constan las donaciones de cálices y cruces a la Comunidad.
Esta primera revolución moderna terminó abruptamente. El fracaso comunero tuvo evidentemente consecuencias políticas y económicas, como el reforzamiento de las oligarquías urbanas -los regidores-, que culminarían con la apropiación de oficios, transmitidos de padres a hijos, a costa de reducir al silencio al común. Se pusieron a la venta abundantes oficios municipales durante los siglos XVI y XVII, por una Monarquía necesitada de dinero.
La derrota de los comuneros facilitó el crecimiento del absolutismo del rey y obligó a Castilla a contribuir con soldados y dinero a la política imperial, unas aportaciones que terminaron en las manos de los banqueros alemanes, italianos y flamencos.
En definitiva, la derrota comunera contribuyó a frustrar la constitución de una clase burguesa en Castilla y estimuló a sus integrantes a abandonar los negocios y entrar en la nobleza.
La derrota comunera en Villalar determina un número total de condenados de 7.715 personas particulares en 77 lugares, la mayor parte en Tierra de Segovia y del señorío de Chinchón. Destacan las personas dedicadas a actividades industriales y de servicios, al transporte, al comercio, al mundo financiero y a las profesiones liberales. Las primeras condenas se hacen nada más terminar la rebelión, consistentes en la confiscación de bienes y las multas en metálico. La cantidad de maravedíes en multas que correspondió al Consejo de la Ciudad de Segovia y Sexmos de la Tierra fue de 3.708.441 de maravedíes: Concejo de la ciudad de Segovia 1.875.050, los sexmos (la Tierra) a la cifra de 1.610.840 maravedíes. Unas lecciones de la historia que no deben ser olvidadas el día 23 de abril, dado que constituyen el contenido de unas reivindicaciones históricas que no han sido saldadas todavía.
