Ante la guerra iniciada por el Estado de Israel y el de Estados Unidos de la América anglosajona y las múltiples interpretaciones de la llamada “guerra justa” que han aparecido en los Medios surge la pregunta ¿hoy, pueden existir guerras justas? La reflexión de Francisco de Vitoria, de donde parte en gran medida el derecho internacional, sobre este tema puede ayudar a entenderlo.
La enseñanza oficial católica siempre ha dicho que no existen guerras ofensivas justas. La legítima defensa se plantea siempre sobre las guerras defensivas, es decir, si los estados tienen derecho a defenderse de un injusto agresor.
La reflexión antropológica distingue la legítima defensa individual (defensa de una persona que es atacada por otra) y la defensa entre instituciones y estados. Un autor, entre otros, como Erik Fromm ayuda a entenderlo: él afirma que el hombre pertenece a la misma historia del animal, pero posee algo específicamente suyo. El hombre es un primate que ha iniciado su propio desarrollo en un punto de la evolución en el que la determinación del instinto ha alcanzado un mínimo y el desarrollo del cerebro un máximo.
Fromm diseña dos formas de agresión con distinta valoración moral: la agresión defensiva (éticamente buena), común al animal. Es un impulso filogenéticamente programado cuyo objeto no es la destrucción sino la de salvar la propia vida. Y la agresión destructiva (la de Caín) en la que el hombre conscientemente pretende destruir a su hermano.
Con la distinción entre agresión defensiva y ofensiva y con la afirmación de que la agresión no hay que buscarla solamente en los instintos sino también en la voluntad, aparece que la guerra tiene que ver con el comportamiento típicamente humano y con la libertad y la responsabilidad.
Según esto, la legítima defensa individual podría ser licita en cuanto es espontánea e instintiva como la del animal. Pero no sucede lo mismo con la Agresión (la guerra) de un Estado contra otro, ya que no es instintiva sino programada y organizada racionalmente.
¿Cómo valorar las guerras actuales y las condiciones para que sean justas? La guerra jamás se da como violencia pura. En ella existe la barbarie, el vandalismo y otros fenómenos que caracterizan el estado de anarquía social y la carencia de autoridad. La guerra organizada se intenta justificar por razones “morales” entre las que figura la “legítima defensa”. El que se justifiquen con razones morales. no quiere decir que realmente lo sean, aunque se presenten a los combatientes para darles fuerza, ánimo y coraje.
Sin embargo, la guerra, en una perspectiva humana y cristiana, jamás puede ser querida por sí misma, ya que atenta en contra de la vida, en contra de las cosas creadas y en contra de Dios mismo: destruye la unidad, el equilibrio del ser humano y las relaciones entre los hombres. La guerra es un mal.
Se ha de distinguir entre los principios que se derivan de una guerra en general y aquellos que se refieren a la eventual guerra atómica entre las grandes superpotencias. La eventualidad de una guerra atómica y los deberes de los cristianos ante esta eventualidad han sido puestos de manifiesto, especialmente después de la segunda guerra mundial, por grandes pensadores católicos. He aquí las razones de Pio XII en 1944:
“Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra”, Todos los principios generales sobre la doctrina de la guerra son aplicables “a fortiori” a la guerra atómica. Deberán aplicarse con mayor rigor ya que los efectos son más graves: no existe proporcionalidad entre los males que causa y los beneficios a conseguir.
La agresión ante la guerra atómica debe ser grave. Pero antes hay que acudir a otros medios pacíficos de solución. El uso de las armas atómicas debe estar limitado a lo necesario para desarmar al agresor injusto y hacerle renunciar a la violencia. La guerra atómica es siempre un crimen puro y simple. Una guerra atómica que tenga por objeto simplemente atacar al adversario no tiene precio.
Todo hombre honesto tiene el deber de desobedecer cualquiera que sean las consecuencias, aún a precio de su propia vida. Aún en el caso de que un Estado decida responder a una agresión injusta con el exterminio de un pueblo, la desobediencia será un deber. Nunca la legítima defensa justifica una guerra total.
