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Eduardo Juárez – Pasando fatigas en el paraíso

por Redacción
14 de junio de 2020
EDUARDO JUAREZ
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Así se titula el libro que me envió Herminio Gas, mi querido amigo y editor, a los pocos días de haber conseguido remontar el camino que sale del infierno. Editado por Ángel y Teresa con el prestigioso sello Interfolio, se trata de uno de los libros más curiosos escritos por Mark Twain, donde relata una temprana aventura antes incluso de saber que dedicaría su vida al periodismo y la literatura.

En concreto, Mark Twain o, mejor dicho, Samuel Langhorne Clemens, relataba en la siempre exquisita edición de Ángel Sanz un extraño viaje emprendido entre Missouri y Virginia City, en el estado de Nevada, entre 1856 y 1865. Siguiendo a su hermano, secretario del gobernador de aquel recién creado estado de la unión, pocos años antes de que empezara la guerra civil, Samuel acabó siendo abducido por esa pasión loca que sentían los estadounidenses por el oro y la plata. Abandonada cualquier carrera futura en torno a la función pública, Samuel acabó rodeado de buscavidas, desperados e ilusos, perseguidores de la falacia de los filones ciegos, esos que te convierten de la noche a la mañana en rico y potentado propietario de acciones de una mina sin igual. Es curioso cómo aquellos nuevos americanos y, por extensión, éstos actuales, andan siempre dispuestos a arriesgarlo todo por un buen montón de dinero, sin preocuparles el modo de conseguirlo y la razón asociada a todo el proceso o su total ausencia.

Ahora bien, no crean que nosotros en el Paraíso no les fuimos a la zaga. De hecho, si uno se acerca a las páginas dedicadas al Real Sitio por Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico Estadístico e Histórico de España, descubrirá la existencia de hasta seis minas registradas de plata en el término administrado por el Ayuntamiento y la Corona. En efecto, con los nombres de Pastora, Florida, Esperanza, Perfecta, Augusta e Isabel II, Madoz especificaba que todas estas minas contaban con filones plomizos argentíferos. Todas ellas ubicadas, no me cabe la menor duda, en las faldas de cerro de la Atalaya, aún se puede encontrar al menos la entrada de una de ellas, quedando el resto reducidas a extraños túmulos de difícil explicación, cubiertos de cantueso en flor y oloroso tomillo.

Teniendo en cuenta que el diccionario de Madoz fue editado entre 1845 y 1850, es lógico pensar que aquella fiebre que arrastró por medio continente americano al que sería Mark Twain también había cruzado la mar Océana para enfermar a mis queridos vecinos antepasados. Y del mismo modo que ocurriría con la mayoría de los buscadores del Nuevo Mundo, apenas reportó negocio a sus poseedores, más enfrascados en la especulación asociada a la promesa de una enorme producción argentífera que a una realidad palpable. Sin duda, las canteras existentes en la zona, capaces de procurar piedra para la construcción de edificios y ruedas de molino, hubieron de ser mucho más productivas, por más que los análisis de las menas de plata fueran muy prometedores.

Claro que al bueno de Pascual Madoz todo esto le traía al pairo. Su intención “estadística” no era otra que censar todo lo contenido y contenible en los municipios patrios para practicar una desamortización que habría de dejar desnudos a los ayuntamientos, incapaces de afrontar un futuro incierto despojados de la mayor parte de sus excedentes inmuebles. Así, tras la aprobación de la ley de desamortización de 1855, el propio Estado rapiñó y monetizó aquellos espacios e inmuebles declarados en manos muertas o elegidos para la resurrección económica, que no fue otra cosa que la venta a las grandes fortunas patrias y a los políticos y caciques locales, engrosando sus economías y no la patria, tan necesitada de recursos para afrontar un proceso de industrialización que nunca llegó y que aún seguimos esperando. Desde la venta del monte público a la privatización generalizada de la mayor parte de los inmuebles de la corona en el Real Sitio como el aserradero primitivo, la casa de los Secretarios de Estado, la vivienda de los Gentiles Hombres de Cámara, la casa del Sumiller de Corps, los esquileos, la fragua, las casas de los embajadores, la alhóndiga, el taller de camafeos, las fábricas de vidrio y la primitiva casa de postas, el Real Sitio dejó de serlo un poco más, perdiendo la identidad pública que lo había constituido desde su creación.

Nada parecido, por supuesto, aparece en el libro de viajes de Mark Twain. No es que los estadounidenses hayan sido muy amantes de lo público, la verdad, ni respetuosos con la protección de cualquier cosa que se pudiera transformar en beneficio, como buenos hijos de Adam Smith. Sin embargo, sí han sabido defender los intereses de lo público y la identidad e integridad que lo constituye. Ahí está la defensa de su exiguo patrimonio histórico y el enorme respeto por el patrimonio natural con la creación de los Parques Nacionales.

En cualquier caso, les recomiendo la lectura del libro. Diviértanse con el viaje y no caigan en la miopía que produce ver una obra de mediados del XIX con las gafotas del siglo XXI. Algo así debió hacer Rosa Montero, escandalizada con la descripción que Twain hizo de determinadas naciones nativas en las cercanías de Utah, sometidas al desprecio de una sociedad anglosajona, protestante y puritana, que veía en aquellos pobladores primigenios un estorbo para la expansión de una nación que acabaría por arrasar con todo. Como los ingleses en la India y China. Como los portugueses en África. Como los españoles en el Nuevo Mundo. Como hicieron los romanos, griegos, persas, macedonios, asirios, chinos, mogoles, tártaros y otros muchos que olvido.

La historia, queridos lectores, que es contingente, no nos permite juzgarla. Tan solo nos da una oportunidad de aprender y asumir el pasado para vivir honestamente el presente. Así, sin más. Sin gafas de madera.

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