Hay acontecimientos culturales que una ciudad acoge durante unos días y otros que terminan formando parte de su identidad. Titirimundi pertenece claramente a esta segunda categoría. Desde hace cuarenta años, cada primavera transforma Segovia en un enorme escenario abierto donde los patios esconden pequeños universos escénicos, las plazas se llenan de espectadores y las calles dejan espacio a marionetas, músicas y criaturas imposibles.
Lo que comenzó en 1985 como una apuesta singular impulsada por Julio Michel se ha convertido con el tiempo en uno de los grandes referentes internacionales del teatro de títeres, objetos y lenguajes visuales. Pero, más allá de las cifras, de las compañías internacionales o del prestigio artístico, Titirimundi ha construido algo más difícil de conseguir: una relación emocional con la ciudad y con varias generaciones de segovianos y de espectadores.
“Alcanzar cuarenta años significa alegría, celebración y agradecimiento”, explica Marián Palma, directora del festival desde 2017 y vinculada al proyecto desde hace media vida.
“Miramos atrás con emoción y también con mucho respeto por todo lo vivido. Han sido años intensos y también muy complejos en algunos momentos, pero siempre hemos hecho todo lo posible por sacar adelante el festival manteniendo intacta esa complicidad tan especial con la ciudad y con el público”.

Hablar con Palma es recorrer una memoria personal entrelazada con la historia del festival. Cuando recuerda estas cuatro décadas aparecen nombres, viajes, discusiones, celebraciones y escenas cotidianas imposibles de separar del propio crecimiento de Titirimundi. “Cuando pienso en estos años aparece Julio Michel, conversaciones interminables, risas, enfados, viajes, comidas compartidas, sustos, aprendizaje y muchísima emoción”, cuenta. “Titirimundi forma parte de mi vida personal y profesional. Mis recuerdos familiares están completamente mezclados con los recuerdos laborales. Es todo uno”.
“El espíritu original sigue intacto. Titirimundi siempre ha entendido la ciudad como escenario. La calle, los patios y los espacios interiores forman parte del ADN del Festival y esto no va a cambiar», asegura su directora
Aunque hay una imagen que para Marián Palma resume mejor que ninguna otra el comienzo real del festival: la llegada de las compañías.
“La llegada de los artistas sigue siendo algo muy especial para mí”, explica. “Existe una sensación muy concreta de excitación cuando comienzan a aparecer las primeras furgonetas, cuando los equipos llegan a Segovia y el festival empieza realmente a respirar”. Entre todos esos rituales hay uno especialmente simbólico: la instalación del Carrusel d’Andrea junto al Acueducto.
“Cuando llega el carrusel y nos miramos entre el equipo diciendo ‘ya están aquí’, sentimos que Titirimundi ha comenzado de verdad”, señala.
Después llega el otro extremo emocional del festival: el cierre. El desmontaje. El silencio. “Al terminar queda una sensación extraña de vacío cuando todos se marchan después de unos días tan intensos de convivencia y creación compartida”.
Porque Titirimundi no se vive únicamente como una programación cultural. Durante unos días funciona como una pequeña comunidad efímera donde artistas, técnicos, espectadores y vecinos conviven alrededor de la experiencia teatral.
UN LEGADO DE JULIO MICHEL
La figura de Julio Michel sigue muy presente en el festival. Su legado aparece tanto en la filosofía artística como en la manera de entender la relación entre el teatro y la ciudad.
“Julio está presente en muchísimas de las decisiones que tomamos”, asegura Palma. “Lo cuidamos con muchísimo mimo porque entendemos que Titirimundi es un patrimonio cultural y emocional de Segovia”.
Cuando se le pregunta qué pensaría hoy el fundador al ver en qué se ha convertido aquel proyecto nacido hace cuatro décadas, Palma cree que sentiría una mezcla de orgullo y preocupación.
“Por un lado estaría feliz de comprobar que el regalo que hizo a la ciudad sigue vivo y sigue siendo recibido con tanto cariño. Pero también compartiría una inquietud que ya tenía en vida: el enorme crecimiento del público”. La frase que repetía con frecuencia continúa resonando entre quienes organizan el festival: “Vamos a morir de éxito”.
Y es que el crecimiento de Titirimundi ha generado un fenómeno complejo. Cada año miles de personas intentan acceder a funciones con aforos muy limitados, especialmente en patios y espacios históricos donde la cercanía con el espectáculo forma parte esencial de la experiencia.
“Muchas veces hay más personas queriendo acceder a los espectáculos que posibilidades reales de aforo”, reconoce Palma. “Eso genera frustración y obliga a replantear continuamente espacios y formatos sin perder la esencia del festival”.
LA CALLE COMO ENSENCIA
Si algo distingue a Titirimundi desde sus orígenes es su manera de entender el espacio urbano. El festival nunca se limitó a ocupar sólo teatros convencionales. Desde el principio apostó por sacar el arte a la calle y convertir la ciudad en parte activa de la experiencia escénica.
“El espíritu original sigue completamente intacto”, afirma la directora. “Titirimundi siempre ha entendido la ciudad como escenario. La calle, los patios y los espacios interiores forman parte del ADN del festival y eso no va a cambiar”.
La idea de “irrupción de lo extraordinario en lo cotidiano” continúa siendo uno de los conceptos más repetidos al hablar del festival. Durante unos días, Segovia cambia de ritmo y de mirada.
“De repente doblas una esquina y aparece un espectáculo, una música o una marioneta gigantesca. Ves una fila de espectadores esperando entrar en un patio o una plaza convertida en escenario. La ciudad adquiere otra dimensión”.
Segovia, además, ofrece unas condiciones muy particulares para esa convivencia entre patrimonio y creación contemporánea. “Tiene una escala humana y una forma de vivir el espacio público que permiten algo muy especial: que el festival dialogue de manera natural con la ciudad”.
LA EVOLUCIÓN DE LOS TÍTERES
Uno de los grandes cambios de estas cuatro décadas ha sido la transformación del propio lenguaje del teatro de títeres y objetos.
Cuando comenzó Titirimundi, gran parte del público asociaba las marionetas exclusivamente al entretenimiento infantil. El festival ha contribuido decisivamente a desmontar esa idea y a mostrar la enorme capacidad expresiva del teatro visual contemporáneo.
“Hoy existe una mirada mucho más amplia”, explica Palma. “El teatro de objetos, sombras o formas animadas puede ser profundamente poético, contemporáneo e incluso político”.
Además, el lenguaje escénico se ha enriquecido mezclándose con otras disciplinas. “El teatro de títeres dialoga continuamente con la danza, el circo, las artes visuales, la tecnología o el teatro físico. Hay una transmisión muy rica entre tradición y contemporaneidad”.
Esa evolución también ha transformado al espectador. “El público de Titirimundi ha visto muchísimo teatro en estos cuarenta años y eso lo convierte en un público muy exigente. Pero también muy curioso y abierto”.
De hecho, pocas manifestaciones culturales pueden presumir de haber acompañado a varias generaciones de espectadores como lo ha hecho Titirimundi. “Hay personas que vinieron de niños con sus padres y que ahora regresan con sus hijos o con sus nietos”, explica Palma. “Eso crea un vínculo emocional muy especial”.
El festival se ha convertido en una tradición para miles de personas. Algunos organizan incluso sus vacaciones para coincidir con las fechas de Titirimundi. “Se ha creado una auténtica comunidad afectiva alrededor del festival”, resume.
La directora destaca además la evolución de la manera de mirar del público segoviano. “Hoy el espectador está mucho más abierto a lenguajes híbridos y experimentales. Ha aprendido a dejarse sorprender y a confiar en la programación”.
Esa sensibilidad es reconocida también por las compañías internacionales que visitan Segovia cada año. “Muchas nos dicen que aquí encuentran algo muy difícil de ver en otros lugares: un público que escucha de verdad, que observa y se implica emocionalmente con lo que ocurre en escena”.
LOS DESAFÍOS DEL FUTURO
Mantener durante cuarenta años un festival internacional de estas características no ha sido sencillo. Palma reconoce que los momentos más difíciles estuvieron relacionados con la financiación y la continuidad del proyecto. “La perseverancia y el compromiso de muchísimas personas han sido fundamentales”, afirma.
Uno de los pasos más importantes llegó en 2023 con la constitución de la Fundación Titirimundi-Julio Michel Villacorta, una estructura pensada para garantizar la estabilidad futura del festival. Ahora los retos pasan por asegurar la sostenibilidad económica, cuidar a los equipos y seguir manteniendo una programación de calidad sin perder accesibilidad. “También queremos fortalecer los proyectos educativos y continuar ampliando las redes internacionales”.
Pese a las dificultades, Palma sigue encontrando motivos para emocionarse cada primavera. “La llegada de las compañías, la transformación de la ciudad, escuchar las conversaciones a la salida de los espectáculos… sigue emocionándome comprobar que el arte todavía puede generar encuentro, sorpresa y memoria compartida”. Y si algo desea conservar intacto dentro de veinte años es eso.
“La emoción compartida. Esa capacidad del teatro para reunir a personas muy distintas alrededor del asombro”.

Dos estrenos internacionales, 40 compañías y más de 200 funciones
Titirimundi celebra su 40 aniversario con una programación diseñada para mirar al pasado sin caer en la nostalgia. La edición de este año reunirá en Segovia a 40 compañías procedentes de nueve países —Chile, Argentina, España, Portugal, Francia, Dinamarca, Suiza, Alemania e Italia— en una propuesta que combina compañías históricas del festival con nuevas voces del teatro visual y de objetos.
“Queríamos que esta edición fuese una celebración de todo lo vivido, pero también una mirada hacia el futuro”, explica Marián Palma, directora del festival. “Esa convivencia entre tradición y riesgo es precisamente lo que define Titirimundi”.
De las 40 compañías participantes, 30 actuarán en Segovia repartidas en 25 escenarios distintos: ocho espacios interiores, ocho patios y nueve escenarios de calle. Además, otras diez compañías formarán parte de la gira del festival fuera de la ciudad.
La programación incluye 58 funciones en interior, 68 en patios y 56 espectáculos de calle, además de 22 funciones escolares y otras 22 representaciones de Titiricole.
La selección artística de este aniversario ha buscado reflejar la evolución del teatro de títeres y objetos a lo largo de estas cuatro décadas. “Hemos querido reunir compañías capaces de emocionar y conectar con públicos muy distintos”, señala Palma. “El festival debe seguir siendo plural y ofrecer propuestas tradicionales y espectáculos experimentales “.
DOS ESTRENOS
La programación incorpora dos estrenos representativos de esa apuesta por nuevos lenguajes escénicos. ‘El Oráculo’, de La Chana Teatro, íntimo y experiencial dirigida a público mayor de 14 años. El espectáculo podrá verse en La Alhóndiga entre el 14 y el 17 de mayo. Y ‘Loop’, de la compañía danesa Sofie Krog Theater, una historia de ciencia ficción que explora la experimentación visual y escénica. Las funciones tendrán lugar los días 14, 15 y 16 de mayo a las 22.00 horas en La Cárcel_Segovia Centro de Creación, para mayores de 12 años.
“Ambas propuestas amplían los límites del teatro de objetos y títeres y dialogan con públicos muy diferentes”, destaca la directora.
EL REGRESO DE LOS CLÁSICOS
Junto a las nuevas propuestas, Titirimundi volverá a contar con sus elementos más reconocibles, como El Carrusel d’Andrea “que tiene alma”, afirma Palma. “No es simplemente una atracción; es una pieza artística en movimiento”. Le Manege d’Andrea, creado en Toulouse en 1999 y vinculado al universo creativo de la compañía francesa La Machine, se ha convertido con el tiempo en uno de los grandes símbolos emocionales del festival.
La programación mantendrá el espacio dedicado a formatos pequeños e íntimos — para pocos espectadores donde la relación entre artista y público se vuelve muy cercana— una de las señas históricas de identidad de Titirimundi.
Más allá de las funciones, el 40 aniversario incluirá talleres, exposiciones y actividades pedagógicas. Entre las propuestas destaca el taller profesional de teatro de objetos impartido por Katty Deville y Marta Cortel del 10 al 17 de mayo. También habrá tres talleres de construcción de títeres para público infantil y familiar. El Torreón de Lozoya acogerá la exposición De la caverna al cine: un viaje a través de los títeres, mientras que el Bar Santana mostrará Mr. Barti a través del tiempo: 40 hilos, 40 años. La programación paralela se completa con la presentación del libro Trabajos Cachiporrísticos y la proyección ‘Cinco hilos’.

