El poeta, novelista y ensayista zamorano, ha sido galardonado con el Premio Castilla y León de las Letras de 2025 por su “permanente compromiso ético y crítico, y su mirada humanizadora hacia lo cotidiano y lo pequeño, convirtiendo las cosas humildes y auténticas en materia literaria, lo que plasma en los más variados géneros”. En esta entrevista analiza la creación literaria y la realidad actual.
Haber logrado utilizar la palabra con precisión, con sinceridad y sin artificios le ha procurado un lugar especial en el panorama literario actual, en el que se mueve con discreción y humildad, lo que le ha valido el interés de las personas aficionadas a la lectura, en múltiples formatos, y el respeto de la profesión. Tomás Sánchez Santiago, nacido en Zamora en 1957 y residente en León, se encuentra muy lejos del cliché de escritor distante, vanidoso y afectado, vive el sufrimiento que proporciona conocer la realidad actual y expone su pensamiento sin ambages. Su amplia obra, que abarca poesía, novela y ensayo, conforma una trayectoria que ha recibido reconocimientos como el Premio de la Crítica de Castilla y León de 2019 y, recientemente, con el Premio Castilla y León de las Letras de 2025. En este último caso, el jurado valoró su ‘permanente compromiso ético y crítico y su mirada humanizadora hacia lo cotidiano y lo pequeño, plasmado en los más variados géneros’.
—¿Qué le parece que sus propios colegas reconozcan su trayectoria literaria?
—Hay una serie de factores que hacen que este premio esté lleno de cariño para mí. Que se reconozca una trayectoria ya significa algo. Es una especie de advertencia de que uno ya tiene un largo camino recorrido y, por lo tanto, tiene una edad. Por lo demás, el hecho de recibir un premio no significa necesariamente que uno vaya a mejorar como escritor. Yo creo que hay que verlo en esa medida. El agradecimiento, el cariño de la tierra de uno y la opinión de colegas es lo que hace que uno crea en este premio.
—¿Por qué ha calificado este premio como un ‘alegre accidente’?
—Es que lo es. Este premio es un alegre accidente, en el sentido de que no es esencial para la escritura. Uno está acostumbrado a encontrarse a cara de perro con las palabras, en esa actitud cruda con la que observa el lenguaje que casi desfila ante él. Cuando uno está acostumbrado a eso, que caiga, de pronto, un aerolito encima, sorprende. Alegra y, al mismo tiempo, tienes la sensación de que no deja de ser un accidente que no va a resolver absolutamente nada. Es debutar cada día delante de un papel en blanco.
—Se le reconoce una trayectoria densa como poeta, ensayista, novelista y crítico literario. ¿Qué faceta es la más representativa?
—A lo mejor, quien mucho abarca poco aprieta. Uno no elige en qué lenguaje o en qué registro tiene que escribir determinada idea que tiene. Es como si el lenguaje se le impusiera. Al menos, en mi caso, no es decir ‘ahora voy a escribir una novela, un relato o un poema’. No sé explicar bien cómo se va fraguando en una especie de conciencia inicial esa intención de escribir de una determinada manera. Quizá, la escritura que yo he llegado a hacer no está hecha con deliberación y unos géneros se van entrecruzando con otros. En el fondo, la escritura no es más que un depósito donde se van precipitando voces que quedan ahí y lo que tiene que hacer el escritor es no renunciar a ninguna y colocarlas como le parece que deben estar.
—Ese miedo a la página en blanco del que se suele hablar no se lo puede permitir cuando hay que entregar un texto en un plazo determinado.
—La literatura programada, la literatura deliberada, la que parece que quiere responder a algo de forma muy clara y muy neta, la intención primordial, la intención inicial del autor, a veces no acaban saliendo bien, porque el escritor también es un desnortado. Si hablamos de creación pura, no creas que hay demasiada deliberación. A veces, crees que estás haciendo una cosa y te acaba saliendo otra. Un creador tiene que trabajar con la incertidumbre. Suelo citar a Chillida, que es un creador que me ha interesado siempre. En una ocasión ,dijo algo que se me quedó. Dijo que, realmente, el artista con lo que más trabaja es con la desorientación. Eso, dicho por Chillida, me hace que, efectivamente, es así. Por eso, fíjate, no voy a hacer una crítica, pero sí expreso mi recelo cuando hay ahora esa proliferación de talleres de escritores, donde parece que el oficio se aprende como si fuera algo mecánico. No se puede aprender en ningún taller de escritura ni en ningún sitio el instinto, la no domesticación necesaria para un creador. Lo que he llamado el pasto de la incertidumbre.
—¿Cuál es la primera obra poética de cabecera que recuerda?
—‘Cántico espiritual’, de San Juan de la Cruz. Yo era muy joven. Recuerdo aquello de ‘Adóinde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste habiéndome herido; salí tras ti clamando y eras ido’. Me sé algunas estrofas. Era se ritmo cantabile que tiene San Juan de la Cruz, como tiene Fray Luis, ¿no? El efecto por el que yo incorporé a mí mismo poemas que yo llamo ‘memorables’, en el sentido etimológico de la palabra, que te quedan en la memoria. No tiene que ver tanto con el contenido como con el ritmo y con la calidad de las palabras, con esa especie de música suave. Son poemas que se me quedaron de forma no voluntaria.
—Usted es miembro fundador del Seminario Permanente ‘Claudio Rodríguez. Al leer versos como ‘siempre la claridad viene del cielo’, que Claudio escribió con 19 años, ¿pensó que no merecía la pena seguir escribiendo?
—Cuando descubro ‘Donde la ebriedad’ no sé de dónde viene todo eso. Es algo que me sobrepasaba por todas partes, aunque nunca pensé en tirar la pluma porque no considero la poesía como una competición. Cada uno hace lo que puede. Yo no me puedo poner al lado de este ejemplo que acabas de poner, que es portentoso. De todas formas, de Claudio, el poema que más ha llenado y me ha llegado es ‘Lo que no es sueño’, de ‘Alianza y condena’, que empieza diciendo ‘Déjame que te hable en esta hora de dolor con alegres palabras. Ya se sabe que el escorpión, la sanguijuela, el piojo, curan a veces’.
—¿Controla la vanidad cuando alguien cita su obra y dice, por ejemplo, ‘A medio morder, la fruta llora y se oscurece’?
—(Sonríe). Bueno, lo que debe haber es tranquilidad, en el sentido de decir que esto ha llegado donde yo no suponía y en un momento dado. Es una botella que se tira al mar. Creo que no hay que perseguirla. Tú haces lo tuyo, lanzas la botella y te pones de espaldas. Claro, cuando luego sucede esto que me dices, hay tranquilidad, porque la botella llegó a algún puerto y me basta con eso.
—¿Cuál le parece la obra literaria más justamente valorada?
—‘La Celestina’. Es una bisagra entre una mentalidad medieval que se está acabando y otra que está emergiendo, que es la renacentista. ‘El Quijote’ está ahí porque ya se da por sentado pero ‘La Celestina’ es esa obra de alta tensión en la que están todas las pasiones humanas, una galería de caracteres que nos retrata a todos y que retrata una sociedad en descomposición y una sociedad que emerge.
—Torrente Ballester lamentó que no se le hiciera el suficiente caso a su ‘Don Juan’. ¿Le pasa algo parecido con alguna de sus obras?
—No. Yo no hago mucho caso del destino ni del itinerario de lo que escribo. Me cuesta muchísimo releerme a mí mismo. Es algo que no soporto bien. En realidad, tampoco soy un autor aclamado y no tengo obras que estén ahí de una manera especialmente ardiente. Sí me llamó la atención, que el libro de poesía titulado ‘El que desordena’, que era muy fuerte, pasó un poco inadvertido. Me pareció que iba a hacer algo más de ruido y no fue así. Pasó de puntillas. Sin embargo, cuando han pasado los años -porque ese libro era de 2006- me he encontrado con lectores que me dijeron que les había llegado. Claro, en el caso de la poesía, hay que saber que no tenemos público, sino lectores. La poesía se lee en casa. Yo no concibo que alguien vaya leyendo un libro de poemas en el Metro de Madrid.
—Pues yo mismo…
—Ya pero depende de a quién leas. La poesía exige concentración, silencio, volver atrás… Si a ti te funciona el metro… cada uno lo hace como puede. En cualquier caso, no pienso en si la gente debería o no fijarse en determinada obra. Me parecería un tremendo acto de presunción. Gonzalo Torrente Ballester, a quien conocí y traté, tenía razón con el ‘Don Juan’, que me gustó mucho. Se dio la situación de que tenía otras novelas que fueron más resultonas.
—¿Qué opina del artista que se reviste de un halo de tortura para poder crear?
—Yo creo que la realidad ya es bastante torturadora. Estoy siempre con los dos pies en el mundo, aunque esté aterrado, como puedo estar ahora viendo lo que está sucediendo en el panorama general. De todas formas, ese artista maldito, torturado, incomprendido y marginal no tiene ya demasiada vigencia. Creo que no se trata de dramatizar así ni de ir de artista.
—Muchos artistas presumen de cierta desconexión social. ¿Tiene esa tentación?
—No, no. No confío en que alguien esté ajeno a las vicisitudes de la vida a la hora de crear, lo que llamamos la creación literaria o artística en general porque van de la mano. Otra cosa es cómo resuelvas tú, con el filtro de las palabras, esa visión de la vida. Quiero decir que no hace falta hablar de manera panfletaria la sociedad, suponiendo que hay que hacer un poema sobre una reivindicación social, por ejemplo. Hay que estar atentos al lenguaje. En la creación, lo que funciona es el lenguaje, el ritmo, la disposición de las palabras y la estructura. No concibo que un creador, un poeta, por ejemplo, esté de espaldas al mundo y a la sociedad.
—¿Cómo le influye para la creación el mesianismo de algunos líderes, el desprecio por la política internacional, la anestesia social generalizada y el individualismo, en medio de la sociedad de la información y la comunicación?
—Son aspectos que se reflejan en todo lo que hacemos, no solamente en la creación. Este contexto en el que estamos viviendo, la pura realidad, se manifiesta en todo. Hasta en los textos y en la manera de pedir un café. Toda esa agresividad que hay en el ambiente, esas inversiones de valores que vemos y que han sucedido a lo largo de la historia muchas veces, no son más que reflejos de ese panorama general que hay, esa especie de autoritarismo. Bueno, ese modelo que tenemos de Trump, por ejemplo, alguien que hace las cosas porque le da la gana, es peligrosísimo.
BASTÓN
Es un bastón. El suyo. Ha venido
a parar aquí, un lugar
que aún no existía cuando él se fue.
Y eso lo hace todo
más extraño. Es como si el mundo
estuviera de pronto cosido
de otra manera: nuevos estambres,
nuevo recado de hilar
entre las cosas.
Y eso lo pone a él más lejos,
en un juego remoto de borrones perdidos.
Entonces aparece, irreal y brusco,
este bastón —el suyo—
sujeto entre dos ángulos de pared
como una novedad
pero que estaba antes que lo demás
en la vida, dejándose usar por sus manos,
capaces de empuñarlo
y luego frías
mientras iban de la duración a la quietud
como única solución blanca
y final.
Lo miro desde lejos y me salen preguntas
en los ojos: el número de pasos
que aún cabrán en sus anillos de madera seca,
las brozas impertinentes libradas
de las calles y aún pegadas
en la contera de caucho
y, también, si aún cuenta conmigo,
si me está esperando ahí como un pájaro
discreto y por ahora
sin dieta.
Paso junto a él y oigo, me parece
que lo oigo, un estertor.
¿Y qué atestigua?
¿O qué garantiza?
