Poco a poco, sin hacer ruido, se está marchando la última generación de españoles duros. Son aquéllos que mezclaron sus juegos infantiles con el miedo de una guerra, con historias de hermanos en el frente y el parte de las diez de la noche. Crecieron en años que no eran de crisis, eran simplemente de hambre. Malamente aprendieron a leer porque no eran tiempos de escuela. Y pasaban hambre y seguían jugando a las tabas y al peón.
Luego aprendieron a segar de sol a sol, aprendieron a picar achicorias en los largos inviernos, a zurcir pantalones, a resinar los pinos y a hacer muebles. Nunca oyeron hablar de vacaciones. Nadie les oyó quejarse mientras ponían en pie un país que se había hundido en la miseria. Y hacían bailes de pueblo, y se echaban novia y se iban de luna de miel dos días a Valladolid. Y tenían los hijos que Dios les daba, aunque para ello tuvieran que hacer más horas extra y trabajar los domingos. Y para que algunos pudieran estudiar tuvieron que hacer más sacrificios. Y se juntaron en cofradías, hicieron procesiones, bailaron jotas, disfrutaron de todas las fiestas como nadie para estar juntos y para sentir al lado el hombro del otro. Recibieron una España rota y miserable y nos dieron un país de verdad.
Y se sentían incómodos cuando les preguntábamos por la guerra. Y en su mirada leíamos que las heridas aún no estaban cerradas. Y esa fue la mejor lección que nos dieron, que por encima de todo hay que ponerse de acuerdo, hay que hablar y entenderse… y discutir y … romper y volver a empezar. Porque el otro camino que ellos tuvieron que vivir es el más duro y de ninguna manera debe repetirse. Toda una lección para estos tiempos.
Nos queda un hombre menos pero tenemos una historia más, para sentirnos orgullosos.