El ritual fue el de las grandes ocasiones: mi amigo tiró de ibéricos, quesos, cerveza helada y otras delicatessen para un aperitivo a la altura de la noche.
Superado ese síndrome del impostor que nos persiguió varias generaciones, fuimos testigos de la gesta de Iniesta. Nos emborrachamos de euforia y orgullo patrio y voceamos la victoria al más puro estilo British en Magaluf, con chapuzón nocturno en la piscina comunitaria. Paris bien vale un baño nocturno.
Suele pasar cuando no tienes currículum ni galones en esto de celebrar cualquier logro conseguido por España en el escenario Internacional, que no sabes bien cómo comportarte, pues llegas a la cita con el gesto contrito ya de casa y no manejas los códigos. Dudas entre si salir a abrazar a los vecinos a los que ni hablabas, pelillos a la mar, ir al centro de Madrid a emborracharte con la muchachada, sin camiseta, o recrearte en ese gol postrero, en la cama, mientras coges el primer sueño.
No sería exagerado decir que nuestra experiencia previa en podios de renombre se limitaba a las gestas de Nadal e Indurain. Algo más atrás, ya nos tendríamos que ir a ese La la la de Massiel, con su vestidito corto y su garbo, en el canto a la horterada Eurovisiva.
Se atribuye a Arrigo Sachi aquello de que “el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes”. Acertada sentencia. Para ser poco importante, un Mundial de fútbol se da mucha maña en secuestrar la atención de todo un país durante un mes frenético.
Es una ventana al mundo, toma el pulso emocional a todo un país. Se nos pone un poco cara como de patriotas de hojalata, de entrenadores de bolsillo, de barra de bar. A veces el impacto puede suponer una pequeña tragedia para un país, como el caso de Italia, que al no clasificarse para jugar este mundial trumpiano, llora por esa grieta emocional colectiva que tardará en cicatrizar.
También se da el caso de países cuyos dirigentes intentar recuperar algo de crédito internacional con el trofeo de sus chicos. Inolvidable esa estampa de Mario Kempes levantando la Copa del Mundo en el estadio Monumental del River Plate, el confeti cayendo sobre el césped, locura colectiva. Todo ello bajo la atenta e ignominiosa mirada, del dictador sanguinario Videla.
De las propiedades ansiolíticas de un exitoso mundial, da fe Suráfrica 2010, cuando sacudidos por la mayor crisis financiera desde la transición, el gol de Iniesta en Johannesburgo fue el Lorazepam que nos devolvió, por unas semanas, el sueño perdido.
Crisis, what crisis, era el sentir de cada españolito, que sublimaba sus instintos básicos en cada remate de nuestros chicos.
Un mundial de fútbol es un anestésico que sirve para barrer nuestras vergüenzas domésticas debajo de la alfombra moral. Ni los anti futboleros más militantes se libran del ruido de la conversación. Los desayunos en las empresas están colonizados por el rendimiento de uno u otro jugador de España. Los cafés están aderezados con las jugadas de la noche anterior.
Si hay un pegamento que une a izquierdas y derechas, al patrón y al obrero, al de la tortilla con cebolla y al de la tradicional, es el futbol. El soccer reúne a la España que cantaba Serrat, esa de: “hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha…”
Aún hoy, al pasear por Madrid, aún se pueden ver, desteñidas, raídas y pidiendo el cambio, algunas de las banderas españolas tamaño XL que muchos españoles se animaron a colgar de sus balcones a medida que avanzaba España hacia la final. Volverán las oscuras golondrinas, pensaban algunos.
Lo hacían sin ningún recato ni pudor. Sin miedo a ser tildado de nacionalista o facha. Sin temor a la mirada crítica ni o al juicio moral de sus vecinos. Era por la roja, por la selección, la de todos y no existe mejor coartada que esa. Quizás era una mieditis identitaria que nos sacudimos aquel año.
No sé si este año tocará baño desmadrado y eufórico en la piscina.
Pase lo que pase, nosotros volveremos a las cosas más importantes, que, al cabo, no lo son tanto.
Como si este mundial no nos hubiera devuelto a la infancia y hubiera cambiado un poco nuestras vidas.
Como si un mundial no fuera una unidad de tiempo.
Hace ya unos cuantos mundiales que no nos tomamos algo.
