En los últimos días de mayo, nuestra querida y muy segoviana Real Academia de Historia y Arte clausuró su ciclo de los «Martes de San Quirce» con la conferencia titulada Un caballero y la verdadera felicidad: una aproximación tomista a don Quijote. Una propuesta de lo más original —además de asequible, muy bien redactada y mejor declamada—, que hizo las delicias de quien esto escribe con sus argumentos limpios y sus palabras precisas. Su autor: Michael McGrath, académico correspondiente de San Quirce y profesor de Estudios Hispánicos en la Universidad de Georgia Southern, Estados Unidos.
Su tesis, a mi manera la explico, es que don Alonso manifiesta y ejercita las virtudes teologales y cardinales durante su periplo aventurero y que todas ellas, finalmente, cobran sentido en su lecho de muerte. McGrath ve en ello una invitación cervantina a la reflexión espiritual, escondida entre otras muchas relativas a la naturaleza humana que ofrece la novela. Refresquemos la memoria. Tres son las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Cuatro las cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Ya no recuerdo todos los ejemplos con los que el profesor enlazaba tales virtudes con los episodios que le salen al paso al hidalgo (¡ojalá la Academia se anime pronto a poner a disposición del público las grabaciones de los actos que organiza!; sería un valor añadido a su ya encomiable labor), pero podemos fácilmente intuir tal relación si consideramos la personalidad de nuestro héroe. Pensemos en la fe con que acomete sus empresas, de la que no le apartan la realidad de unos gigantes que son molinos ni la de unos ejércitos devenidos en ovejas; en el deseo empecinado en practicar la caridad con cuantos menesterosos creían ver sus ojos; en el afán de justicia para desfacer entuertos liberando a cordadas de galeotes y desagraviando a doncellas desterradas; y en la prudencia (léase sensatez, discernimiento) que tantas veces demuestra aconsejando al rústico Sancho.
Esta sugestiva interpretación me ha recordado una frase bien conocida de Voltaire (citada no hace mucho en estas mismas páginas, por cierto): «Yo, como don Quijote, me invento pasiones sólo para ejercitarme». La idea es mucho más que una ocurrencia. Inventar, ejercitarse… dos verbos que, a mi parecer, encierran una profundidad que puede escapársenos en una primera lectura.

Ejercitarse, ¿en qué, para qué? ¿En asumir el riego de vivir una vida distinta y entregada, desapegándonos de lo mundano, y ser capaces de ver yelmos donde otros sólo ven bacías? ¿Ejercitarse para no perder la esperanza —otra virtud— de convertirnos en caballeros andantes? ¿Para intentar ser verdaderamente felices, como deja caer el profesor en el título de la conferencia con toda intención? Y ese inventarse, ese abrazar de manera consciente pasiones, acaso fantasías, ¿es locura, es necesidad? ¿Es un necio desentenderse de la realidad o es un impulso plenamente humano? Las «fantasías» de la hermandad, la justicia, el amor sin medida, ¿no son pasiones dignas de ser ejercitadas en estos tiempos? Y en los de Cervantes y en los de Voltaire… Tiempos, unos y otros, en los que el pragmatismo y la persecución del propio interés pretenden privar a los hombres de su capacidad para inventar nuevas pasiones, para soñar con ideales más elevados.
Esta dialéctica entre el utilitarismo y la utopía no es nueva, claro. El mito universal de Quijote y Sancho sigue esta senda, que concluye en el capítulo LXXIV de la segunda parte con la muerte del caballero. En él, no sé si interpretando correctamente a McGrath o poniendo de más de mi cosecha, Cervantes nos propone una solución conciliadora, una síntesis entre dos extremos que, como los temperamentos de los dos protagonistas, van acercándose sin perder su naturaleza hasta llegar a fundirse en un solo concepto. Cuando al pobre soñador ya sólo le queda rendirse ante la inminencia de la muerte, cuando el «sanchismo» finalmente se impone a la quimera, el héroe de todas las ensoñaciones que pudieron transformar el mundo recupera la cordura y su locura muta en un quijotismo consciente que da sentido a su vida. Porque don Alonso, volviendo a ser Quijano, no deja de ser Quijote ante el momento supremo. Reniega, sí, del pernicioso influjo de los libros de caballerías, pero no del bien que ha procurado hacer en sus correrías. Alonso, el Bueno, muere en paz inventando, ejercitando, proponiendo un nuevo quijotismo mitad locura, mitad cordura, que da un sentido nuevo a una obra maestra irrepetible si la releemos como un camino hacia la verdadera felicidad.
Teresa de Cepeda y Ahumada, reconocida lectora de libros de caballerías, también mudó de nombre cuando dejó casa y hacienda, adoptando el de Teresa de Jesús. Y dejó escritos algunos de los más quijotescos versos que hoy nos siguen interpelando: «Aventuremos la vida, pues no hay quien mejor la guarde que el que la da por perdida».
Don Alonso, el Bueno, el Loco, la aventuró esforzándose en derribar gigantes, alzando la mirada y la lanza en desigual batalla. Ejercitarse en el amor, apostar ciegamente por la fe, la justicia y la caridad, aún a sabiendas del riesgo de caer a tierra, nos eleva y nos convierte en quijotes. Y si fracasamos, siempre podremos presumir de haber ralentizado, aunque sólo haya sido un tanto así, la marcha de los molinos de viento enredados entre sus aspas.
