A las puertas de Castel Gandolfo, ante un archipiélago de micrófonos que se arremolinaba frente a Su Santidad, el Papa dijo, entre otras cosas: «Si alguien quiere criticarme por anunciar el Evangelio, que lo haga con la verdad». Las crónicas lo interpretan como respuesta directa a los exabruptos previos de Donald Trump sobre armas nucleares, Irán y vete tú a saber qué más. A mí me da que las palabras de este pontífice, como las de cualquier otro, tienen siempre más profundidad de lo que parece y una raíz bien fundada en principios que tienden a ignorarse.
Cuando se le pone el micrófono en la boca al Papa no podemos interpretarlo igual que cuando habla una folclórica, el galán de moda de la última gala del cine o el portavoz del PSOE en el Congreso. Habría que tener muy mala baba para creer que cuando León XIV habla de la verdad equivale a cualquiera de los que hoy la reclaman a voces para el adversario, mientras se guardan muy mucho de regalársela al prójimo. Hay una distancia enorme entre aquel y el resto; haríamos mal en meterlos en el mismo saco.
Hemos perdido el norte hace tiempo. Nuestro navío avanza con toda la determinación del mundo hacia ninguna parte, con una derrota impecable y el casco escorado a babor. No navegamos para alcanzar puerto seguro, sino para embestir a cualquier bajel que se cruce en nuestro rumbo, sin importar si en el choque vamos todos a pique –crucero del hantavirus incluido–. La realidad no necesita metáforas; se las fabrica sola.
Siempre creí que la crítica justa es condición necesaria para una convivencia sana, y que para relevar en el cargo a un incompetente debería bastar con evaluar su desempeño: si no pasa el baremo acordado, puerta y a otra cosa. Nadie debería ofenderse. Ser incompetente para algo no te hace inútil para todo; si acaso, te da la oportunidad de encontrar tu verdadero camino. Claro que todo eso exige un requisito previo: que la crítica parta de hechos y no de fogonazos de trinchera. Pero en el momento en que la humanidad decidió echarse en manos de los vendedores de humo, cuando se libró de cualquier freno ético y resolvió que al enemigo ni agua, todo se vino abajo.
Ya no importa si el de enfrente es bueno o malo, solo si viste mi uniforme o no. En el primer caso se le defiende hasta la extenuación; en el segundo se le destruye a él y a los que le rodean. ¿La verdad? ¿Qué es la verdad? ¿A quién le importa?
Sí, soy un ingenuo; es mi condición y no escarmiento. Creo firmemente que León XIV tiene razón: la crítica es posible, siempre que parta de la verdad. Si encima se le añade algo de lealtad, ¡miel sobre hojuelas! ¿Qué necesidad hay de difundir bulos? –sí, créame, bulos haberlos, haylos–. ¡Con la cantidad de errores innegables y serios que ofrece un gobierno como el nuestro! Hay donde elegir. ¿No sería mucho más eficaz centrarse en lo real, recuperar la moderación, proponer alternativas sensatas y dejar de entretenerse en memes, salidas de tono, alborotos de patio de vecinos o carreras de sacos? La gente no es tonta, aunque se empeñen en tomarla por tal: entiende más de lo que algunos creen y otros desearían.
No es inteligente ni sano picar el anzuelo de cada provocación que el tuitero de guardia en el Banco Azul lanza para distraer al personal, ni empeñarse en embestir cualquier trapo que agite el Notario Mayor del Reino. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio.
Es urgente serenarse. Del mismo modo que limpiamos las alcachofas para dejar el corazón tierno listo para cocinar, hagamos el esfuerzo de concentrar la acción política en la crítica verdadera y olvidemos los zascas. La frase es del Papa, pero –tome nota– la deuda es nuestra: «si alguien quiere criticar, que lo haga con la verdad».
