Miguel de Unamuno sostenía que «cada uno de nosotros es, en realidad, tres: el que uno cree que es, el que los demás creen que es y el que es de veras». Para él, la identidad no era un bloque, sino un roce constante entre piezas que rara vez encajan. Pocas figuras públicas en España muestran hoy esa fricción con tanta nitidez como Pedro Sánchez.
Me propongo aplicar el prisma unamuniano a este líder político para ordenar percepciones, relatos y hechos procurando no caer demasiado en el maniqueísmo. Veamos, pues, esos tres yoes.
1.– El que él cree que es. El primer yo es siempre el más nítido, pues es el que uno mismo redacta. Y Sánchez lo ha redactado con esmero en su manual de resistencia y en cada ocasión en la que ha tenido un micrófono delante. Se ha descrito como un «político feminista» –«el feminismo nos da lecciones, a mí el primero»–, pero también como un «resistente» capaz de volver siempre que lo dan por amortizado. En sus intervenciones insiste en que es un dirigente «serio», «dialogante» y «que cumple», y se sitúa sin titubeos en la tradición socialdemócrata del europeísmo clásico. Su literatura personal y su discurso público dibujan a un líder firme, coherente y redentor, casi predestinado. Ese es, según sus propias palabras, el Sánchez épico que él cree ser.
2.– El que los demás creen que es. Este es el yo más complejo, pues depende de la mirada ajena. ¿Quiénes son «los demás»? Todos los que no son él: usted, yo, sus votantes, sus detractores, sus aliados y sus enemigos. Como nadie confiesa lo que piensa realmente salvo que esté borracho, loco o tenga menos de siete años, lo que obtenemos no es un retrato, sino un caleidoscopio.
Para muchos Sánchez concentra todos los males de la democracia; para otros tantos encarna su última esperanza; y el nutrido resto, que es el que suele tener razón en estas cosas, intuye que algo no cuadra. Sus socios lo describen con adjetivos de hagiográfico sesgo norcoreano. Sus adversarios han convertido su figura en un arquetipo del mal que, a estas alturas, ya solo convence a los ya convencidos. La ciencia política y la demoscopia coinciden en que polariza como pocos. Y entre esos extremos, Sánchez flota, cómodo, porque sabe –y esto sí es un dato– que un enemigo encendido moviliza tanto como un seguidor convencido.
3.– El que es de veras. Entramos en el terreno más delicado. Unamuno advertía que el «yo verdadero» no es un secreto psicológico, sino un patrón que se revela en los actos. Y los actos de Sánchez, tras más de una década, permiten inferencias prudentes: una voluntad de poder inusual, una resistencia sostenida bajo presión, un pragmatismo táctico que prioriza la supervivencia política y un uso eficaz del relato como herramienta política. Es un personaje que combina ambición, cálculo y una lectura muy elástica y oportunista del contexto. Nada de esto define su esencia, pero sí un modo reconocible de ejercer la política.
Sin enmendar la plana a Unamuno –Dios me libre–, asoma un cuarto personaje: el que sus decisiones dejarán en la historia. Ese, de momento, tampoco lo conoce él, por mucho que le preocupe. Si hubiera que apostar, quizá no pase de una nota a pie de página, muy lejos del oropel con el que imagina su lugar en las enciclopedias.
