Muero cada día. Nazco a la mañana siguiente. Estoy mayor para tanta agitación. Después de 40 años de duro trabajo, mis huesos se resienten, las articulaciones de mi esqueleto chirrían. Tengo osteoporosis, llevo bastón. No tengo fuerza, se me caen las cosas de las manos y tropiezo constantemente. Pero no me quejo, he tenido una buena vida. He viajado por todo el mundo. Mi trabajo me apasiona. He conocido mucha gente que me ha valorado y con sus aplausos calurosos me han dado alas. Y me consta que he hecho feliz a muchos niños, y mayores también. ¿Qué más se puede pedir?
Hoy, el cielo se torna gris. Llueve. Sí, llueve mucho. Tengo frío. Mi nuevo traje de botones rojos y ojales verdes está empapado. Mis plumas han perdido libertad, no puedo volar. Con el agua pegada a mi pequeño cuerpo, frágil y fuerte, ágil y torpe, ligero y poderoso, los hilos se enredan.
Tengo resaca. De la buena. Emocional y titiritera. Eso es, tengo resaca emocional y titiritera de la buena.

Un extraño síndrome de abstinencia me recorre los hilos. Echo de menos a mis compañeros de trapo y papel. De madera y plástico. Necesito unas manos tibias que me levanten con destreza y me hagan volar bajo el cielo azul segoviano. En patios históricos. Al lado de capiteles románicos y fachadas esgrafiadas. Quiero sentir de nuevo el aliento de los niños, sus risas, su ilusión. Añoro esas caras de sorpresa muda que asoman tímidas cuando mi manipulador juega conmigo y me hace volver a la vida después de dejarme encerrada en una maleta vieja, muerta de miedo, durante las frías noches de mayo. Extraño el sol de la mañana que con dulzura despierta mis tensas fibras oxidadas. Daría mi vida entera de marioneta por ese momento en el que una coreografía perfecta de almas necesitadas de fantasía se agolpa a mi alrededor. Y me envuelven con sus abrazos imaginarios en un círculo mágico donde no cabe un alfiler.
He conocido a Mr. Bartí, a Jôjô, un títire de solo seis centímetros de altura, a tres marionetas muy divertidas del inigualable Javier Aranda, a Santiago Moreno, el hombre orquesta. A los gamberros Crazy Mozarts de Mundo Costrini. He montado en un platillo volador y he atravesado el desierto con Bakélite. Me he subido al alambre con la anciana y su pianista. He cruzado la mar procelosa con el agua al cuello y me he convertido en sirena de cola forrada de bolsas de basura negras. He recorrido la ciudad a gran velocidad con un elefante. Y he bailado con la música de las abuelas sicilianas de Rocking Chair.
He sido testigo y hecho partícipes de emociones a miles de almas ávidas de ilusión con un sonoro puñetazo como los títeres de cachiporra. Todos, hemos hecho pandilla: títeres de guante, de dedo, de varillas, de hilos o de sombras, una familia de muñecos que cobran vida con ágiles movimientos de mano. Nacemos y morimos de forma similar. Y eso, une. ¡Vaya que une!

He compartido momentos de complicidad y risas con voluntarios de camisetas rojas, una bandada de pájaros altruistas, que al finalizar la jornada se reunían con los actores y sus títeres, con los miembros de la organización, con La Troupe de la Merced cantando: ”Titiriteros, os recibimos con alegría, ole qué arte, llenáis Segovia de fantasía”…
Y he sido muy feliz al ver que en estos tiempos convulsos y tecnológicos, el teatro es aún un reducto de ilusiones, un búnker luminoso, un espacio de diversión seguro y variopinto. Y como diría la gran Estefanía De Paz Asín en su homenaje a la funámbula Remigia Echarren: “querido vello púbico, sin más depilaciones, el espectáculo está a punto de comenzar”.
Gracias, Julio Michel, gracias, Marián Palma. Gracias, Titirimundi. Me rindo a vuestros pies. Hasta pronto.
En Segovia, homenaje al 40 aniversario de Titirimundi, 19 de mayo de 2026.