La frase es estupenda, ¿verdad? Pertenece a Yogi Berra, que no, no es una ex ministra, sino un curiosísimo personaje que he descubierto hace poco: estadounidense, jugador de béisbol y aforista mordaz al que se le recuerda por esta y otras inspiradas sentencias. Uno de esos pensadores populares que dan en el clavo con sus ocurrencias. La frase me viene al pelo para lo que hoy quiero compartir y ahora verán por qué. Fin de la introducción, pongámonos serios.
No se equivoca quien sostiene que Europa y España han vivido una segunda mitad del siglo XX excepcional, una de las épocas de mayor paz y progreso de sus respectivas historias. Por supuesto, con sus heridas; no todo fue fácil: una dictadura de casi 40 años en el solar patrio, una guerra fría interminable que dividió al continente en dos, sucesivas crisis económicas que ralentizaron el desarrollo y engrosaron el desempleo, las necesarias reconversiones del modelo productivo, la lacra de ETA, el IRA y otros grupos armados en distintos países… Pero, bajando al terreno del ciudadano medio, al del españolito de a pie, todos sabíamos lo que podíamos esperar de un futuro más o menos previsible que ahí estaba aguardándonos.
Mi padre, nacido en plena Guerra Civil, entró a trabajar muy joven en un banco y allí se jubiló. No fue un caso aislado en su tiempo. El siglo XX, en su segunda mitad, ha sido relativamente estable, «vivible» en lo social, lo laboral y lo familiar. La gente sabía a qué atenerse. Mejor que yo, lo explicó hace unos días Javier López-Escobar en este mismo diario («Quiero ser notario, como mi padre», El Adelantado, 10 de mayo de 2026 —por cierto, perdón por el recurso facilón de titular con una cita epatante que, en este caso, no parece apócrifa—), reflexionando sobre la trayectoria vital de los jóvenes de entonces, cuyo camino estaba delimitado por hitos claros y previsibles. Así es: antes el futuro era ordenado, fácil de predecir. No como ahora.
¿Ahora? Ahora nuestros hijos y nietos lo van a tener crudo. No hay más que salir a la calle para caer en la cuenta. ¿Qué joven de, pongamos 28 años, puede firmar hoy una hipoteca y formar una familia con ciertas garantías de futuro? ¿Quién, a no ser que sea funcionario, tiene mínimamente asegurado el trabajo que ha de darle de comer? De acuerdo, eso de jubilarte en la empresa que te contrata por primera vez es ahora una quimera para los que empiezan. Y a lo mejor no es lo deseable: el labrarse una carrera profesional en distintos destinos es lo que hoy demanda el mercado laboral y hasta puede ser una exigencia personal para algunos. O una necesidad.

La incertidumbre nos obliga a repensar proyectos y puede provocar ansiedad, no sólo a los más jóvenes. Y hablando de miedos ante el mañana, la inteligencia artificial es un fantasma cada vez más tangible que comienza a cernerse sobre nuestras vidas. Llamada a ocupar todo el tejido productivo, la IA es una revolución de la que nadie puede prever las consecuencias, pero que de momento infunde temor entre los trabajadores por el cambio de modelo que va a traer consigo. Igual que les pasaba a los obreros manuales de finales del XVIII con las primeras máquinas industriales. Como ellos, podemos preguntarnos: la IA, ¿provocará estragos en el mundo del trabajo tal como ahora lo conocemos? ¿No será para tanto? ¿En qué sectores sí y en cuáles no? ¿Va a afectarnos a la vida cotidiana, a nuestras relaciones personales? ¿Hasta qué punto? En una reciente entrevista, Bill Gates augura que, en la próxima década, el mercado laboral será muy distinto al actual y que harían bien los gobiernos en ir diseñando un nuevo modelo fiscal gravando a los robots y a la IA ante la imposibilidad de mantener la carga impositiva que ahora soportan los trabajadores «físicos», simplemente porque habrá muchos menos. Déjenlo, no le den vueltas al asunto, que marearse no es bueno.
Y si de incertidumbre se trata, ¿qué decir de la que nos regala la nueva geopolítica mundial abanderada por unos líderes fanatizados e inflexibles? Guerras, conflictos, intereses económicos cada vez menos disimulados que nos conciernen a todos. Ya no hablamos de aquellas guerras remotas que ocupaban un minuto en mitad del telediario o algún reportaje ocasional en los suplementos dominicales. ¡Estaba todo tan lejos! Hoy, Kiev es el nombre de una plaza de nuestro barrio, Ormuz está al otro lado de la calle y unos tipos llamados Trump, Putin, Xi, Netanyahu y Jamenei se nos cuelan en el comedor a diario para amargarnos la sobremesa. Y no, no es retórica: ahí tenemos, como prueba de la presencia fáctica de nuestros nuevos vecinos, el precio del gasoil, los aranceles que pueden ahogar a industrias y agricultores, y el ineludible y precipitado rearme militar que todos pagaremos y no sabemos a dónde nos puede llevar.
No, el futuro ya no es lo que era. Vivienda, precariedad laboral, el desafío inescrutable de la IA, una geopolítica errática y enconada… todo nos arrastra a un escenario de imposible predicción, pero que no pinta bien. Y, sin embargo, el ser humano necesita proyectarse hacia adelante. A lo mejor tendríamos que liberarnos, sin caer en la inconsciencia, de tantas amenazas que agobian el espíritu y aprender de otros países, de otras culturas, donde la gente, a pesar de las duras circunstancias que condicionan sus vidas, dice que es feliz.
No llegué a conocerlo en profundidad, pero en las veces que coincidí con Jesús Torres, me maravilló su entusiasmo por la vida. Algo que, además de llevar de serie, trajo consigo de Mozambique, donde aprendió a ser uno más en medio de un pueblo desdichado en lo económico pero feliz en su forma de entender la convivencia. Todos los misioneros, por cierto, cuando vuelven a casa, traen una nueva mirada que transparentan en hechos y palabras.
Pues sí, es la verdad: las cosas ya no son ni serán como eran. Quizá nos espere un mañana de mayor zozobra y desigualdad, de dudas y desafíos. Pero estamos aquí, en este mundo. Por el momento, aprendamos de los que saben de esto más que nosotros y pongamos cada cosa en su lugar. Démonos un respiro, que ya sacaremos fuerzas para afrontar lo que tenga que venir. Convenzámonos de que la vida merece la pena. Y el futuro, también.
