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“LA FÁBULA CUÁNTICA”

por Santiago Sanz Sanz
19 de mayo de 2026
SANTIAGO SANZ
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Estamos en un país de fábula y no tanto por el contexto alegórico de irrealidad, que también; es más por la posibilidad de extraer moralejas en cada uno de los asuntos que acontecen a diario. Es como si con cada titular encarnásemos una fábula de las que, antes, se extraía un alto contenido didáctico y que solían ser protagonizadas por animales a los que se les atribuían las cualidades y los defectos más humanos. Cuentos con los que se conseguía un efecto moralizante y descriptivo de los patrones de comportamiento individual o colectivo, útiles a la hora de transmitir valores o evidenciar nuestras carencias y también nuestros vicios. Fábulas clásicas, como las de Esopo, o más modernas, como las de Samaniego, que, dando protagonismo a la fauna, estereotipaban todo tipo de comportamiento individual y colectivo, aunque, a la hora de la crítica social, fuesen un poco más socorridas especies como los roedores y los felinos.

Con estos últimos como protagonistas, se recreaban los escenarios perfectos para definir muchas de las conductas grupales en aquellos contextos en los que “el gato” solía ejercer su natural e implacable régimen de terror sobre unos roedores que, desde la clandestinidad, no dejaban de convocar asambleas para teorizar acerca de todas aquellas estrategias que les pudiesen liberar del yugo felino.

En la mayoría de los casos, la moraleja consistía en que dichas estrategias, independientemente de lo genial o no de la idea, requerían unidad y, cómo no, “valentía”. Algo de lo que el roedor carecía individualmente y más cuando el tirano de turno ya había desarrollado las herramientas necesarias para mantener al colectivo dividido, sumiso y en muchas ocasiones y por diferentes motivos, también cómplice.

En “Rebelión en la granja”, por ejemplo, Orwell perfila con enorme precisión y rabiosa actualidad los modelos políticos más romantizados y populistas y la evolución de estos dentro de una sociedad zoomorfa y variopinta, con los diferentes roles establecidos. En el proceso revolucionario y transformador, se observará cómo, poco a poco, “las normas” irán mutando en función de la conveniencia y los intereses nepotistas de “un poder” que se va encaminando de forma irremediable y sistemática hacia la “tiranía”.

Si alguien busca extraer alguna moraleja de esa historia, entre otras conclusiones, seguramente observaría que, ante la falta de contrapesos que puedan controlar un poder ilimitado, la corrupción campará a sus anchas por unas instituciones previamente colonizadas y no lo hará como “un medio”, sino como “un fin en sí mismo”. Del mismo modo, deduciría que un sistema pervertido “subyugará la verdad y la voluntad de la ciudadanía” y más cuando ésta esté dividida por eternos debates estériles. Ya saben: el tipo de debate que, fuera del contexto alegórico, iría dirigido a generar distracciones o provocar “la falta de credibilidad” en todo aquel contrapeso establecido para el control del poder, como sería la propia ley.

Imaginen, por ejemplo, “gestiones desafortunadas y negligentes” o, peor aún, un hecho que, desde el sentido común, con todas las garantías pertinentes y la ley en la mano, pudiera revestir caracteres de delito o falta. Pues pueden estar seguros de que, sobre ese mismo hecho y de la mano del martillo pilón de los medios posicionados, se conseguirá que surjan dos relatos completamente opuestos que terminarán gozando socialmente de igual verosimilitud. Una especie de “superposición cuántica” como la del gato. No el de Jéssica y Ábalos, el de Schrödinger, para ser exactos. Una paradoja que consistiría en imaginar un “gato encerrado” en una caja junto a un dispositivo letal con capacidad de activarse por sí mismo. Lógicamente, esto, más que una fábula, se trata de un ejercicio mental consistente en pensar que, mientras no se verifique “la verdad” y se contemple lo que ha sucedido, no se podría saber el estado del susodicho felino. Esto significa que el gato podría estar a la vez tan muerto como vivo.

Evidentemente, siempre existirá el fanático adorador que prefiera el alegato a medida antes que la verdad, pero un Estado de Derecho no puede eludir las certezas que se pongan sobre la mesa a través del único elemento verificador que no es otro que una justicia todavía independiente junto al trabajo minucioso de la Guardia Civil y de la Policía. Solo ellos pueden esclarecer con todas las garantías “esa incertidumbre cuántica” y definir, con las responsabilidades respectivas, los roles que en todo esto anden jugando la zorra, el cerdo, el borrico y demás fauna protagonista. Solo la Justicia y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se atreverían a ponerle “un cascabel al gato” y a determinar a tiempo si “son galgos o podencos” quienes nos llevan a la ruina.

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