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No hay nadie más peligroso que el que ha leído un libro

por David San Juan
6 de mayo de 2026
DAVID SAN JUAN
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Pequeña confusión tercermundista

¿Quién no quiere ser leyenda?

Deseos primarios; salud, dinero y amor

Vivimos con tantas prisas y tenemos tanto que hacer que no nos da la vida para profundizar en muchas cuestiones que merecerían más nuestra atención de llevar otro ritmo. Es lo que toca. Pero esta realidad de urgencias tiene una consecuencia terrible: estamos perdiendo la capacidad de formación del pensamiento crítico, algo que siempre ha sido fruto de la reflexión y la experiencia.

Ahora, en medio de la sobreabundancia de información y con el poco tiempo libre que nos queda y que necesitamos para nosotros mismos (¿?), lo mejor es ser práctico y hacerse una idea rápida de los temas que vagamente nos preocupan consultado la Wikipedia, algún artículo digital cuyo titular nos llame la atención o, casi mejor, dando fe a lo primero que se le ocurra a ChatGPT y a la recua de estos nuevos enseñantes de usar y tirar. Así no hay que leer tanto, eso que se gana. Y lo que debería de ser un recurso útil, no más que introductorio para ahondar en materias complejas, abiertas a distintas interpretaciones, puede fácilmente convertirse en el definitivo oráculo que determine nuestras opiniones y veredictos. ¿Para qué ir más allá?

Antiguamente, como decíamos más arriba (algunos irreductibles, los pobres, lo siguen intentando hoy), el juicio propio se edificaba a base de lecturas y reflexiones contrastadas con la experiencia y decantadas por el tiempo. Cada uno según su formación y capacidad, pero todos, o casi, guiados por la prudencia. Y en esto no juega el nivel de estudios o la condición social, que la sabiduría no entiende de clases. ¿Acaso era don Quijote más sabio que Sancho?

Pero estamos de enhorabuena: como formación complementaria a la que, ubérrima, internet nos regala, hoy también disponemos del socorrido recurso de las redes sociales que, además de moldear la mente (moldear, RAE: vaciar, fundir, ahormar), nos permiten liberarnos de los complejos, participando de la crispación que se nos propone a modo de sanadora terapia contra el aburrimiento. Sin mala intención por parte de los que suben contenido a las mismas, claro está… Pero no quiero seguir por aquí, que el tema este de confundir y polarizar a la sociedad ya es cansino. Sin ir más lejos, ver a todo un presidente del Gobierno grabando videos en TikTok dice mucho de lo que no quiero decir.

A mi entender, la práctica de formar el propio juicio dando por buenos datos insuficientes o sesgados, y opiniones ajenas que tan fácilmente hacemos nuestras, tiene dos derivadas indeseables. Una es el riesgo de meter la pata hablando de lo que no sabemos. ¿No les ha pasado nunca que, después de perorar con suficiencia acerca de un tema sobre el que tus interlocutores guardan un significativo silencio, cuando te das cuenta de que ellos saben más que tú, no sabes dónde meterte? A mí me ha pasado, y más de una vez. Lo entiendo como un aprendizaje. Por eso observo con indulgencia cómo también algunos de mis semejantes, cuando la ocasión les es propicia, sostienen con admirable soltura lo aprendido el día anterior con el ardor que caracteriza al nuevo converso.
La otra derivada es menos inocua. Hay quien necesita desesperadamente un párrafo, una cita, un argumento ad hoc para defender sus postulados, una prueba «irrefutable» de que estaban en lo cierto, da igual el tema que sea. Y buscan debajo de las piedras en lo físico y en lo digital para conseguirla. Y claro, siempre algo se encuentra que puede servir para reforzar sus pre-juicios. No importa la fiabilidad de la fuente, no importa que pueda haber otras doscientas referencias más sólidas y contrarias a la que a les conviene, no importa el contraste entre ellas. Sostenella y no enmendalla. Han encontrado una que les da la razón y con eso les vale. Y a los demás también ha de valernos.

El lector subyugado. René Magritte, 1928.
El lector subyugado. René Magritte, 1928.

No hay nadie más peligroso que el que ha leído un libro. Desconozco quién es el autor de esta afortunadísima sentencia. La escuché hace muchísimos años y desde entonces he comprobado su exactitud en numerosas ocasiones. Y, sobre todo, me ha servido de freno y bocado para no salir corrido lanzándome a una batalla dialéctica fuera de mis posibilidades. Háganla suya si lo desean; a mí, me ha valido de mucho.

¿Peligro? Pues sí, porque leer un libro —o una página web, o un artículo de opinión— (uno sólo) supone renunciar a las razones que todos los otros pueden aportar. Leer un libro (uno sólo, digo) es una pobreza que puede conducirnos a la cerrazón de la mente, a la absolutización de dogmas bajo los que esconder nuestras propias limitaciones y a la imposición de nuestra corta visión del mundo a los demás. Tener un solo manual, un solo catecismo, nos evita la molestia de pensar por nuestra cuenta y nos hace sentirnos empoderados cuando, en el fondo, no somos nadie. Comodidad y pertenencia al grupo, no hay nada más deseable para muchos.

Y ya puestos, si gregarismo es lo que buscamos, entreguémonos por completo al consumo irreflexivo de juicios de valor previamente masticados y servidos a voces para envolver su dudosa verosimilitud. Sumerjámonos alegremente en el maniqueísmo que ofrecen las tertulias mañaneras de la televisión y disfrutemos con los roznidos de unos invitados a los que no se les olvida pasar por caja después de pontificar sobre el único libro que les han dicho que lean. Les propongo sintonizarlas como un ejercicio de resiliencia —está de moda, el vocablo—. Pero no más de quince minutos, no sea que la verborrea ignorante e interesada nos arrastre más allá de donde quisiéramos llegar y acabemos reducidos a inanes corifeos que, con su comportamiento, den la razón al título de este artículo.

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