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Nada nuevo bajo el sol

por Javier López-Escobar
19 de abril de 2026
JAVIER LOPEZ ESCOBAR
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PEDRAZA. TORRES PARA MOROS, CAMPANARIOS PARA CRISTIANOS

Tengo la sensación -seguro que a usted también le pasa- de que la desinformación se ha puesto de moda y de que cada vez más sesudos expertos alertan sobre sus peligros y reclaman medidas contra las redes que la difunden. Parece un riesgo moderno, propio de nuestros días; como si el bulo hubiese nacido con el wifi y la mentira organizada fuese un vicio exclusivo de las sociedades hiperconectadas, terrenos fértiles para el cultivo del dato infundado.

Pero no es así. No hay nada nuevo.

«Ab Urbe Condita» (Desde la fundación de la ciudad), la gran historia de Roma escrita por Tito Livio entre los años 27 y 9 antes de Cristo, ya muestra con claridad hasta qué punto el rumor, el miedo y la manipulación eran instrumentos políticos de primer orden. La vieja ARPANET, creada en 1969 por el Departamento de Defensa de EE. UU., se transformó en una red abierta al público hace apenas treinta años. Veinte siglos y medio nos separan del texto del célebre historiador romano, pero el mecanismo es idéntico.

¿Por qué le cuento esto? Pues resulta que Tito Livio relata insistentemente cómo una patraña sin fundamento basta para encender una ciudad, sembrar el pánico, desordenar la vida pública y empujar a la gente a actuar contra su propio interés. Primero circula la noticia dudosa. Luego prende el miedo. Después llega la parálisis, el tumulto y la suspensión de la razón.

Ya el Eclesiastés, escrito casi mil años antes de nuestra era, puso en boca del rey Salomón aquello de «nihil novum sub sole» (nada nuevo bajo el sol). Va para tres mil años y continuamos tropezando con la misma piedra. Aún no hemos caído en la cuenta de que seguimos sin resolver el problema. Somos víctimas de idénticas estrategias, persistimos en elevar a los altares a falsos profetas y perseguimos las mismas quimeras que cualquier romano, fenicio o vasallo del rey David. No maduramos, no espabilamos…

Tampoco es nueva la apropiación del relato. Sabemos que Cicerón, por ejemplo, no se limitó a derrotar a Catilina: se ocupó además de fijar la versión de los hechos que convenía a su causa, eliminando cualquier documento que la contradijera. No solo venció, escribió la victoria. La posteridad leyó y creyó obedientemente el único relato disponible. Menos mal que hoy esto ya no pasa… ¡Ja!

Hoy, como en la antigüedad, el miedo colectivo sigue siendo el medio idóneo para asentar una narrativa. El pavor funciona bien como justificante de medidas extraordinarias, es la excusa perfecta para imponer sacrificios, el mejor combustible para exigir obediencia y el detonante óptimo para la designación de autócratas a cuyos brazos protectores arrojarnos. Siempre por nuestro bien. Faltaría más.

No es fácil enfrentarse a los ciento cuarenta y dos tomos que componen «Ab Urbe Condita»; por eso conviene leer con interés a Néstor Marqués, joven e ilustre segoviano que, en «Fake News de la antigua Roma», recuerda algo que muchos prefieren pasar por alto: que la propaganda política no empezó ayer ni necesita fibra óptica para funcionar. Le basta con conocer bien la naturaleza humana. Néstor analiza en los primeros libros del texto cómo actúa la propaganda de Estado y señala cómo la desinformación ya operaba entonces igual que ahora, cuando decimos que algo se ha hecho viral.

Su estudio de las sospechas transmitidas y fijadas por los gobiernos en Roma muestra que la eficacia política de una noticia ya dependía de su impacto emocional (posverdad), no de su verificación fáctica. Una noticia no triunfa por ser cierta, sino por llegar a tiempo, tocar la fibra adecuada y ofrecer al público un culpable reconocible.

Hete aquí que ni el Eclesiastés, ni Tito Livio, ni Marqués han conseguido que caigamos del guindo y empecemos a prestar más atención a los burdos mensajes que emanan de los altavoces del poder para tratar de situarnos en el lugar propicio. Pero no por ello hay que renunciar a que algún día aprendamos la lección.

Nada nuevo bajo el sol. Avisados estamos.

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