El 14 de abril nos dejó la señora Paz, mi abuela y mi segunda madre.
Al escribir estas líneas no puedo evitar que se me salten las lágrimas, más que de tristeza, de emoción, pues, pese a que ya tenía 97 años y sabíamos que nos iba a dejar en cualquier momento, el dolor es el mismo.
Falleció a los 97 años, un 14 de abril, Día de la República. Ella, que pese a ser una persona muy de izquierdas, era muy monárquica; tanto que en el cajón que estaba pegado al sillón de su casa en Nava de la Asunción te podías encontrar un álbum de fotos de sus nietas o uno de la familia real que ella misma hacía con los recortes de su revista Pronto.
La señora Paz, como así se la conocía en su pueblo y en Migueláñez, su segunda casa, ha sido una mujer de armas tomar. Una luchadora a la que le tocó vivir una vida dura. La mayor de los hermanos, no pudo ni ir a la escuela porque tenía que ayudar a sus padres; ha trabajado, como ella misma decía, como una “mula” desde bien jovencita y tuvo que aprender a leer y a escribir por su cuenta.

Pese a ser una mujer que no pudo formarse, la vida la convirtió en una mujer de mundo: trabajó durante años en Barcelona e incluso tuvo que emigrar a Francia junto a su marido, mi abuelo Abdón. Era una mujer abierta de mente, una adelantada a su época en muchas cosas, una mujer empoderada.
Cuando mis padres se casaron y abrieron el bar del pueblo, ella siempre estuvo ahí para ayudarles, haciendo una de las cosas que mejor se le daban en la vida: cocinar. Además, ayudó a mis padres con mi hermana y conmigo, y todos los fines de semana, durante 19 años, se venían los dos a echar una mano en el bar y con las nietas.
Una mujer muy generosa, que ayudó a mucha gente siempre que lo necesitó, fuese o no de su familia. Ella había pasado muchas penas de niña y, siempre que alguien necesitaba algo, ahí estaba ella.
Cuando digo que la señora Paz ha sido una segunda madre para mi hermana y para mí, lo digo muy segura. Nos ha querido tanto y tan bien que, si le hubiésemos pedido la luna, Paz, con ese par de ovarios que tenía, ¡la hubiese bajado!
Su casita en Nava de la Asunción siempre ha sido la nuestra, y es que servidora ha pasado muchos fines de semana con ella, ya no solo de niña, sino también de adolescente y de jovencita. Siempre cómplice, me cubría cuando llegaba con un par de “raspaos” de más; me dejaba siempre la camita con una bolsa de agua caliente por si llegaba con frío, el pijama en el radiador y un platito con sus deliciosas croquetas por si llegaba con hambre. Al abrir la puerta, desde su cama, siempre me recibía con un “Cariño, ¿ya has llegado? ¿Hace frío? Pues venga, a dormir”.
En 2019 nos dio un susto y, a sus 90 años, dejó de vivir sola. Mis padres, Jesús y Sagrario, y mis tíos, Mari y Mariano, le devolvieron todos los cuidados que ella había dado a sus hijos y nietas, e incluso bisnietos, cuidándola con todo el cariño, como ella lo hizo con ellos. Y desde hace dos años, estos cuidados se los prestaba la Residencia de Santa María la Real de Nieva, especialmente Mari Paz, Mari Selva y Adrián, que con mucho cariño y paciencia han colaborado en que a mi abuela no le faltase de nada.
Es imposible olvidar a una persona con una personalidad tan arrolladora, tan Paz y, a veces, tan guerra.
Tus hijos e hija, nueras y yerno, tus nietas y sus parejas, tus bisnietos y bisnieta no vamos a olvidarte nunca. Y estos días, no lo vamos a negar, te vamos a llorar, pero sobre todo vamos a recordarte con una sonrisa en la boca y mil anécdotas que guardamos de ti.
Ahora ya estás con abuelo; seguro que le estás poniendo al día de todo lo que ha pasado en estos 17 años, mientras os coméis unos caracoles de los que habrá cogido abuelo y tú habrás cocinado. Te pido que le pidas perdón por esas flores que te hemos llevado, esas que a ti tanto te gustaban y a él tanto le molestaban.
Abuela Paz, nos dejas un vacío muy grande, pero nos has regalado muchísimos momentos que serán imposibles de olvidar.
Abuela, vuela alto
Tu nieta, Esther