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¿Y si nos damos un tiempo?

por Alberto Herreros Laviña
31 de diciembre de 2025
Alberto Herreros Lavina
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Quizás no seas tú, quizás tenga más que ver conmigo, con mi falta de ilusión, con esa desidia que me ha invadido últimamente. Quizás ya no soy el mismo de hace 20 años.

Sea como fuere, por más que neguemos la evidencia, las cosas no van bien. Esto no marcha. Se ha abierto una grieta cada vez más grande entre nosotros, como las aguas del mar rojo.

Como suele ocurrir en estos casos, no hay una razón única, ni un detonante que hiciera estallar todo por los aires.

Yo sé que la gente, abonada al morbo como están, de tanto rage bait, de tanto hater, de tanto reality, se quedaría con una cierta paz mental si les dijera, que me engañaste, que te diste a vicios inconfesables, que hubo platos volando por la cocina. Así podrían tomar partido e intentar dar sentido a algo que nunca lo tiene.

Por más que uno se quiere asir a una traición, a una puñalada trapera, las relaciones son complejas, tanto como sus protagonistas y a veces sin que uno se dé cuenta, crecemos en direcciones opuestas. Lo que más ha pesado en este alejamiento mutuo, han sido los detalles. Dicen los ingleses que el diablo está en los detalles y algo de eso hay. Está en las pequeñas cosas, esas a las que cantaba Serrat, que cuando uno quiere darse cuenta se han hecho montaña.

No es mi ánimo enumerar una lista de agravios, pero como este 2025 agoniza, me gustaría decirte algunas de las cosas que han contribuido a levantar ese muro emocional entre nosotros.

De sobra sabes que, de siempre, mi día preferido del año es el 6 de enero, Los Reyes Magos, los únicos. Desde que gastaba pantalón corto y hacíamos cola los siete hermanos en la puerta del salón de mi casa, con ese cóctel de emociones y sueños agolpados en el pecho. Aún te quería.

Siempre me sorprendías, nunca fallabas. Daba igual que el presupuesto no fuera holgado, tú te las arreglabas para dibujar una sonrisa gigante con cada regalo que abría.

Años después, mantuviste la magia de la relación a través de mis hijos. Me hacías feliz a través de sus rostros iluminados al abrir sus paquetes.
No sé en qué momento fue que los Reyes Magos dejaron de llenarte Y ahí empezó nuestro desencuentro. Empezaste a coquetear con otros, de forma inocente, los niños a mi alrededor hablaban de Papá Noel, de Santa…

Eso no lo vi venir. Inundaste las fachadas de los edificios con Papa Noeles de trapo trepando patéticamente por los quicios de las ventanas, indigno de ti.

Mis amigos presumían de sus regalos con la impunidad que tú les concedías, mientras yo aguantaba con paciencia franciscana al final de las fiestas para ver los míos. Eso estuvo feo. Te lo digo sin rencor. En un ejercicio de autocontrol intenté ignorar la afrenta, pero pronto me descubrí a mí mismo sin fuerzas para armar el Belén en el salón. Ese Belén que tú aplaudías en otras casas, plagado de nieve que en Jerusalén jamás vieron. No ibas con la verdad por delante.

Quizás lo que me hizo ver que éramos dos perfectos extraños, como Clint y Meryl en Los Puentes de Madison, fue lo de los villancicos.

Tu lista de Spotify de villancicos me pareció siempre muy pobre, aunque callara y cantara por mantener viva la relación: esa burra que va hacia Belén, mientras alguien se remendaba de no se sabe qué. Que la Virgen se peinara entre las cortinas en lugar de sola en su alcoba, que los peces bebieran de forma compulsiva, cuando es su hábitat. La distancia seguía creciendo.

Pero lo que me dio fuerzas para tomar la decisión, fue cuando inoculaste entre todos nuestros conocidos el virus de un nuevo villancico, uno de origen venezolano, ese burrito sabanero, que no sabemos ni qué es.

Fue una maniobra desesperada, la de un náufrago braceando en alta mar. Para entonces ya éramos dos extraños.

He intentado recoger los pedazos de lo que un día fuimos: he mirado a los Santa colgantes como si me inspiraran calor, cantar con falso entusiasmo lo de la Virgen el peine y las cortinas, no mirar con disimulado desprecio a los niños que presumen de sus regalos de Papá Noel.

Como dije cuando fuimos a esa terapia de pareja en la que te empeñaste, quizás el problema sea yo, pero el resultado es que ya no siento el mismo cosquilleo de antaño. Se ha perdido la magia.

Por eso, sin acritud y con el más navideño de los espíritus creo que deberíamos darnos un tiempo.

¡Entretanto, te deseo Feliz Navidad y Feliz 2026!

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