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Modernidad y control social

por Ángel Gracia Ruiz
27 de septiembre de 2024
ANGEL GRACIA
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El paso por la ciudad de Gómez de la Serna y Puig

ACCIÓN-REACCIÓN

DON QUIJOTE Y LA FELICIDAD

Dice la historia que la actual época moderna nació entre los siglos XV y XVII. Nos adentramos en la era moderna y, consecuentemente, en la modernidad. Dejamos atrás la superada edad media, enterrando en el olvido del ostracismo a la era clásica y, con mayor motivo, a todo lo anterior a ella. El ser humano deja de mirar hacia atrás y dirige su atención hacia adelante. El mundo se construye sobre nuevos valores que demonizan lo pretérito. Individualismo, racionalidad, cientificismo, ateísmo, egocentrismo, separación de conceptos… La religión se separa de la ciencia, la persona de su entorno, la causa de su efecto, la luz de la oscuridad, lo externo de lo interno. Se debe ser creyente o ateo. A la vez, curiosamente, se diluyen los sexos, se globalizan las naciones, se ahoga lo individual en un caldo amorfo y maloliente de indiferenciación. Un gusto único, una manera de vivir idéntica, una forma de pensar similar, un propósito vital teledirigido. El ser humano se convierte en el amo de todo lo manifestado, utilizándolo para su disfrute, producción y progreso. El caso es que, tras haber masacrado con esta idea su entorno, es obligado después a cumplir con políticas totalitarias y controladoras para recuperar lo aniquilado previamente.

Esta modernidad tiene como principal objetivo nublar las mentes de las personas para que no se les ocurra pensar que existe una alternativa al modo de vida propuesto, condenando aquello que no se acopla a sus postulados.

En este contexto, a nivel político, se superan las monarquías de la edad media y se trata de instaurar la democracia. Un modelo existente en antiguas civilizaciones que se asientan definitivamente más tarde en la Grecia clásica. El caso es que la importación de aquel concepto a este mundo moderno se realiza en unas condiciones totalmente diferentes.

La democracia actual se construye en medio de este tinte de modernidad que pudre el momento presente en todos sus aspectos. A partir del siglo XVIII nacen los partidos políticos, que van a constituir los cimientos de esa supuesta democracia. El ciudadano se limita a votar a uno de esos partidos cada cuatro años y piensa que ese acto de acudir a las urnas convierte al sistema en democrático. Nada en absoluto han evolucionado estas oligarquías desde su nacimiento.

Robert Michels, a principios del siglo XX, ya formuló la “Ley de hierro de la oligarquía”, basada sobre el sinsentido de que las principales instituciones de la democracia, los partidos políticos, son organizaciones totalmente anti democráticas.

Simone Weil, allá por los años treinta del siglo pasado, ya los tildaba como el “cáncer de la sociedad actual que estaba sometida a su tiranía”.

En este sistema de partidos se debe ser, obligatoriamente, de derechas o de izquierdas. Se dedican a hacer un ruido mediático que vela las mentes de las personas llevándolos a la falsa idea de que la solución al problema consiste en cambiar a Sánchez por Feijóo. Y, todo aquel que no se decante por uno o por otro, es considerado un rojo o un facha. El verdadero problema de esta alternancia “¿democrática?” no se encuentra en estos títeres, sino en la anormalidad del sistema que representan y al que sirven.

Otra característica de este régimen oligárquico, además de dividir y velar el discernimiento, consiste en controlar la voluntad de los gobernados para poder seguir perteneciendo a la élite de los gobernantes. Para ello, inventan las ideologías. Utilizan la modernidad que lleva a que los individuos pongan la atención en el exterior y se olviden de sí mismos. Instauran en sus súbditos la falsa creencia de que la felicidad se encuentra en el disfrute de los objetos externos. Los entretienen con ideas absurdas, como la necesidad de tener que trabajar todo el año para poder irse de vacaciones quince días. Esclavizan a la población para que pueda comprar una casa, alimentarse, tener un coche, etc. El caso es que, entre todo este ruido mediático, a nadie se lo ocurre parar a pensar que el setenta por ciento de su sueldo o ganancia se lo lleva el sostenimiento de este sistema sin sentido cuya única finalidad es construir un mundo de pobres para sostener a una élite de ricos. Manipulan los objetos de disfrute, ya que ello resulta mucho más sencillo que manejar mentes y todavía más fácil si esas mentes se han convertido en autómatas a las que se les da todo hecho para que no piensen.

Por el camino, se destruyen principios sagrados, eternos, como el contacto físico, el asentamiento del individuo en una familia, en una comunidad, en un sistema de  autosuficiencia y auto producción. Ello provoca seres dependientes del Estado que, siendo totalmente antidemocrático, les ha convencido de todo lo contrario.

El Estado se erige en el dador de la felicidad y, actuando siempre en base a la falsa idea del bien común, obliga a la ciudadanía a someterse a determinados comportamientos. El caso es que la inmensa mayoría de la gente acaba creyéndose estos eslóganes y aplaude su pérdida de libertad porque terminan pensando que lo ceden en aras al bien de todos.

El colmo de lo absurdo es que obligan a las empresas y a los profesionales a cumplir con una ley de protección de datos para salvaguardar la intimidad de las personas y, su vez, los datos, gustos, ideas y movimientos de todos, dejan de ser íntimos y personales para ellos, y pasan a formar parte de sus archivos, utilizándolos para manipular a la población.

Se podría pensar que este mundo moderno no tiene solución. La salida es sencilla. Se encuentra en ese interior de cada cual, al que ya no se mira, en  la recuperación de lo robado, en la divinización de un mundo sagrado convertido en producto, en la recuperación de nuestros valores y el sustento de nuestra forma de vida en sintonía con un orden siempre existente que nada tiene que ver con el desorden y el caos en el que nos han sumido bajo el estandarte de la modernidad.

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