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Camineros (I)

por Mario Antón Lobo
17 de agosto de 2024
MARIO ANTON LOBO
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El paso por la ciudad de Gómez de la Serna y Puig

ACCIÓN-REACCIÓN

DON QUIJOTE Y LA FELICIDAD

Arranca, le dice el capataz a Felipe. Solo faltaba Hilario, que ahora guarda la moto. Felipe pone en marcha el motor del camión amarillo de Obras Públicas, espera a que suba el señor Hilario, luego el capataz y arranca.

Si se lo dice el capataz Felipe no se altera. Si se lo decimos alguno de los demás puede que siga la broma o puede que empiece la pelotera. Porque Felipe es nieto del tío Arranca y se malicia que se lo decimos con retintín.

En la cabina del camión cabemos perfectamente. Felipe, el conductor, el señor Felipe, el capataz, de copiloto. Detrás el señor Hilario, el Señor Daniel, Cucú para los amigos, el señor Herminio y el señor Flores. Los camineros. Yo soy la mierda del chico. Echo el verano de pinche para que mi madre no me aporree con lo de estar en casa sin hacer nada. Voy en sitio preferente, a falta de conducir el camión, como a mí me gustaría: sobre el capó, entre las dos plazas delanteras.

El tránsito al tajo puede ocuparse con una conversación o dormitando. Al bajar todo el mundo dispone los utensilios en silencio: cambio de ropa, carretillas, palas, cepillos, carrito del bidón, el caldero con escoba de tomillo, para echar el betún. Yo he colocado los indicadores, el de obras, el de limitación de velocidad, reservándonos el trecho donde nos creemos impunes a los peligros de la circulación. Al poco de llegar ya estamos apañando baches y orillas: barrer, regar (con betún), gravillón o gravilla, apisonar si fuera muy hondo, más líquido, gravillín, carretilla de lo uno, carretilla de lo otro, cambio de bidón.

Uno de los mejores ratos de la jornada laboral es el bocadillo. Mi madre ha preparado una tortilla francesa gigantesca; mi padre trae el vino en una botella de anís arropada con un saco que moja y cuida de que no se seque. Para mí es la lección de la mañana: un día con otro me voy enterando de la vida y obras de cada caminero, de conceptos básicos de supervivencia, en la guerra, en la paz, en el campo, en el trabajo. El único moscardón que nos ronda es el capataz, que no hace más que mirar el reloj y dar órdenes para interrumpir la tertulia, para volver al trabajo.

Cuando el sol empieza a apretar es la hora de comer. Volvemos al ritual del orden, de la ropa más limpia. Ahora Felipe nos conduce al pueblo más cercano. El dueño del bar nos permite sacar nuestras meriendas a cambio de consumir vino y café. Devoro la merienda. El señor Flores tiene por costumbre ofrecerme un “ideales” mientras echan la partida. Como yo no sé liar cigarrillos, me lo fumo entero, en vez de repartirlo en dos, como hace él, librillo mediante.

La vuelta al trabajo es cruel. El sol nos aplasta contra el asfalto y acudimos a la sombra, de los árboles cuando empela, de la lona del toldo, a beber, a fumar, a comernos la sandía que tomamos prestada de la tierra de al lado. De nuevo el capataz nos invita a abandonar el refugio y a seguir con la tortura del calor.

Podríamos decir que cuando más a gusto trabajábamos se acaba la jornada. Corre el aire. No tenemos prisa de subir al camión. Otro cigarro, otra chanza. Otra vez el capataz metiendo prisa.

En el pueblo, disgregados entre las casas, entre la gente, perdemos nuestro carácter singular. No se nos nota que somos camineros, ya sin camión, ni por las herramientas, ni por lo trajes. Cada uno a lo suyo: a hierba para los conejos, a los papeles para la administración, quien de visita por los bares, a mariposear por si salieron al fresco las chicas tan guapas. Atropello la merienda y me esfuerzo en borrar de mi cabeza el madrugón de mañana porque las noches de verano son dulces, largas, sabrosas.

Desde que tengo uso de razón los camineros solitarios han salido de sus casillas, a pie, en burro, en bici, en moto. Mantenían el trozo según su pericia y fidelidad al jefe. Después vivieron como personas entre vecinos de pueblos. Si acaso con el privilegio de dejar comer a sus corderos, a sus yeguas en las cunetas. A lo último fueron reunidos en parques de maquinaria con viviendas exclusivas. Por fin desapareció el Cuerpo de Camineros del Estado y Santo Domingo de la Calzada se quedó de patrón con los ingenieros de caminos, canales y puertos y pudo atender también a administradores de fincas y gerontología.

Los últimos troncos apilados, de los olmos abatidos por grafiosis, miran con piedad la memoria rendida de los camineros. Aquellos árboles en su apogeo tampoco imaginaban que iban a terminar cantando con Amancio Prada, con Rosalía de Castro, “Adios ríos, adios fontes./ Adios regatos pequenos./ Adios vista dos meus ollos/ non sei cando nos veremos”.

Lo hemos sabido después nosotros: Nunca. Aquí me ando, desenterrador de memorias, entre escribir y redactar. Por ver de levantar, aunque solo sea durante una página, durante un minuto, el recuerdo de estas personas humildes que trabajaban solidariamente para el beneficio de los demás. No. No eran héroes ni personas perfectas. Simplemente eran personas. Personas queribles, queridas, que, mientras yo viva, no se borrarán del todo.

Felipe pasó de obrero a caminero, y de caminero a caminero conductor. Dominaba la vida social del pueblo y nos mantenía informados. Era servicial y se dejaba tomar el pelo, aunque gruñía solo para que no abusáramos. Asistió a la desaparición del Cuerpo de Camineros y se jubiló de vigilante. Ya me gustaría, como único superviviente, que se relamiera con estos párrafos.

Hilario tenía un pecho en el que cabía un avión. Era el mayor. El tío más limpio que he conocido. Que ya es decir, entre el polvo de la gravilla y el alquitrán. Venía como un pincel, se iba como un pincel. Lento, por parsimonioso y ceremonioso. Amante de las cosas bien hechas. Tenía una voz profunda y una carcajada hueca que estallaba como un trueno. Venía del pueblo de al lado y allí volvía en una moto pequeña e impoluta llena de detalles para su comodidad: el parabrisas, las manoplas, las defensas.

Cucú era la alegría de la huerta. En cuanto le dejaba el calendario se iba a ayudar a su hijo con las vacas. Tenía una garrafilla forrada de fieltro a la que llamaba Gregorina. La tapaba con un corcho de dos pajas. La descolgaba de la sombra, la levantaba en brazos, dejaba caer el vino sobre el bigote. Al tiempo que el chorro regaba los pelos camino del gaznate salmodiaba: “Gregorina mía, cuánto te quiero, qué feliz me haces, qué gusto me das, qué rica me sabes en el paladar” y terminaba el ritual con una risa, carcajada que parecía que había que beber para ser feliz. Si su gregorina se quedaba seca cogía la bota de Hilario, con quien mejor se llevaba, y le decía lo mismo, sin que nunca se constataran celos por parte de ninguno de los recipientes. Cucú era el recordatorio de los derechos del obrero: “En todos los trabajos se fuma”. Como éramos vecinos, alguna noche, de vuelta a casa de su chato y de mi revolera, todavía nos cantábamos una, él a las cucharas, yo a la guitarra.

Herminio había sido pastor y se conocía todos los secretos del campo, del tiempo. Segaba mielgas para los marranos en los intermedios y hacía los trabajos más forzados sin rechistar. Apenas cambiaba su vestuario del frío al calor. El diente que asomaba en la oquedad de su boca hacía buena pareja con el cigarro que casi siempre tenía entre los labios.

Flores tenía brazos de hierro y fuerza hercúlea. Yo le vi echarse un pino desramado al hombro. Cómo no le iba a creer que en tiempos de hambre trepara hasta el muérdago para comer. Me gustaba competir con él en los esfuerzos. Se reconocía en su humildad. Era mi mejor amigo. En el tajo y fuera de él coincidíamos admirando la naturaleza.

Casi ninguno iba vestido con todas las prendas de la uniformidad. En verano todos coincidíamos con sombrero y botas. En lo demás alguno había dejado la camisa, otro el peto, otro el mandil. Cuando el señor Flores se calaba la gorra y se ajustaba el tabardo parecía un general. La gorra azul marino, impermeable, como la de plato pero sin visera, prendida una escarapela con los colores de la bandera de España y, en dorado, las letras OP con el pico y el mazo cruzados por debajo. El tabardo gris daba más frío que calor. Olía a goma. Resguardaba perfectamente de la lluvia

El capataz, el señor Felipe, era mi padre. Unas cuantas lágrimas que no pueda reprimir corresponderán a la altura de su bondad, de su ecuanimidad, de su falta de prosodia.

Dos títulos, más que motes, que yo sepa, me han acompañado en la vida. “La mierda del chico” que me puso el señor Herminio como una provocación contra el capataz, mi padre. Ni mi padre ni yo rechistamos. Yo me sentía feliz en esa academia. Sólo llegó a molestarme el frío de la noche, que se quedaba en los mangos de la carretilla al ponerla a rodar en las mañanas del declinar de agosto. El otro título, mejor aún, “El chico de la Ele caminera”. Con este me encuentro cómodo, totalmente definido. Porque mi madre se casó con Felipe, el caminero.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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