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¿Existen los gafes?

por El Adelantado de Segovia y Sergio Plaza Cerezo
12 de noviembre de 2022
SERGIO PLAZA CEREZO
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Me consta que algún lector se sintió identificado con mi artículo “Primos y más primos en Segovia”, llegando incluso a recortarlo para colección. Me siento halagado. La cosa no para, ya que, en país de “casado casa quiere”, los conflictos con la familia extensa son consustanciales a la condición humana. Así, escucho a la cajera de un supermercado local: “he visto a mi cuñada”. Su compañera contesta: “¿has saludado?”. La conversación concluye: “qué va, si hace años que no nos hablamos”. Los malos parientes conocen nuestras flaquezas; y, por ello, pueden resultar hirientes. La primada dolorosa aparece, cual viento malo de la sudestada.

Se cumple el segundo aniversario de mi última visita a un restaurante de comida española en Segovia y provincia. Fue una buena elección. Quise celebrar mi cumpleaños en La Postal, casa ubicada en Zamarramala, un cinco de diciembre; pero, aquel día, festivo, no había menú. En cierto tiempo, desde espíritu coleccionista, me dedicaba a marcar cruces de establecimientos visitados con reseña en la “Guía Campsa”. Dada la cercanía de nuestro apartamento en Biarritz, el conocimiento de esa meca gastronómica llamada San Sebastián fue exhaustivo en los años noventa. En cierta ocasión, José Mari Arzak se acercó a mi hermano; y le dijo: “no has salido contento”. De forma muy educada, Ernesto le manifestó su preferencia por la cocina vasca tradicional. Al terminar los postres, el mejor recuerdo, a la puerta del local: Miguel Induráin sobre la bicicleta, cual participante de la clásica ciclista, celebrada aquella jornada de agosto de 1994. Nos le volveríamos a encontrar, a pie, bastantes años después, ya retirado, por la calle Princesa de Madrid; y fue muy amable. Algo para recordar.

Ya estoy de vuelta de los restaurantes caros; y, además, la presión fiscal de Segovia atenaza mis finanzas. Por todo ello, preferimos conocer La Postal apenas unos días después: el 17 de diciembre; y el menú del día que, si no recuerdo mal, costaba 17 euros, fue almuerzo sabroso. Una magnífica relación calidad-precio, si bien no recuerdo la traza de la ingesta. Comedor burgués, confortable; un vagón de tren como objeto decorativo externo; y vistas panorámicas del casco histórico de la capital del alfoz. Por cierto, entre los pioneros llegados al Real Sitio de San Ildefonso en la primera mitad del siglo XVIII había algún antepasado mío de Zamarramala. Y un vizcaíno apellidado Gondra fue padrino de bautizo de alguno de aquellos ancestros.

Por aquel tiempo dichoso, yo no creía en los gafes; pero, ahora no sé qué pensar. Me parecía temática digna de comedia. Una de aquellas películas de Paco Martínez Soria, repetidas hasta la saciedad por TVE durante tantas sobremesas, fue rodada en Acapulco. Todo un lujo para el cine español de la época. En la cinta, aparecen escenas desternillantes, donde el personaje interpretado por el maño –quien siempre hacía de sí mismo- huía aterrorizado ante gafe supuesto: mexicano, con sombrero y rasgos indígenas. Recuerdo también cierto film argentino, “Jettatore” (1938), que significa gafe en italiano, protagonizado por dos actores excelsos, nacidos en España, Enrique Serrano y Tito Lusiardo. Esto es ficción; pero, ¿existen dichos tipos en la realidad? ¿Son de verdad o de mentira? Me comenta mi madre cómo, en Segovia, el muchacho de una tienda de tejidos de la calle Real tenía fama de ser gafe en toda regla.

En La Postal fue compañero de mesa un pariente de mi madre, quien siempre repetía que Margarita es la hermana que no tuvo. Llamémosle Primo. Un tipo tóxico, sin amigos, con carácter muy complicado. Siendo niño, me dejó avergonzado en cierto bar, donde, como mandaban los cánones castizos, había servilletas de papel y otras cosas tiradas por el suelo, junto a la barra. “Ay, qué suciedad. Esto no ocurre en Francia”, dijo, francófilo, poseedor de don de lenguas y repelente, al pobre camarero. Volvamos a La Postal, donde comentamos otra ventaja del restaurante: facilidad para estacionar el vehículo a la puerta –ante contertulio achacoso-; e idoneidad del bar entrante, con mesas disponibles para volver, cualquier día, a tomar café. No hubo oportunidad: “todas hieren, pero la última mata”, Pío Baroja dixit.

Hombre sin escrúpulos en los negocios, cierta trampa disgustó a mi padre –honrado al cuadrado-, quien le retiró el saludo; pero, veinte años después, finado mi progenitor, aceptamos la reconciliación anhelada por Primo. Solíamos quedar a comer cada cierto tiempo; pero no había restaurante que le gustase. Y siempre ponía pegas, sobre esto, aquello o lo otro. Gracias a Dios, La Postal no le disgustó. En los meses de plomo de la pandemia, telefoneaba día sí y día también a mi madre, titulada en pañería de lágrimas para primos quejosos. En 2020, tras inicio pandémico, el hombre preguntaba día tras día, cual día de la marmota: ¿no se ha muerto alguien de la familia extensa? Simulaba que “pasaba” de la misma; pero estaba muy interesado en los múltiples descendientes de mis bisabuelos, ambos primos segundos.

La cuestión recurrente, macabra, fue planteada en vivo y en directo aquel 17 de diciembre, fecha exacta del deceso de un primo común, buena gente, tras enfermedad fulminante. Mi madre le dijo esto mismo; pero el tipo, excéntrico, quería saber si se habían producido óbitos adicionales, porque la defunción del día no le valía. El aprendiz de brujo decía saber, desde antes del diagnóstico fatal, que los días de aquel finado próximo estaban contados.

Las conversaciones en torno a la microhistoria de España le fascinaban; y estaba obsesionado con la figura de Francisco de Asís, primo y esposo de Isabel II de España, personaje –la verdad sea dicha- poco interesante. Su compañero de vida estaba enfermo; y, aquella jornada, en las puertas del invierno, volvía a repetirnos lo mismo de siempre, año tras año: “a este muchacho no le quedan ni seis meses”; pero ahí seguía el zagal con su mala salud de hierro. En las últimas reuniones, le decía a mi pobre hermano: “este coche va a ser para ti, porque yo me voy a morir en tres o cuatro años”. Estos comentarios, desde algo más que humor negro, me desquiciaban.

El personaje tenía red social muy limitada; y su contacto con personas en rango de edad por encima de los cuarenta y menores de cincuenta años era exiguo. La viuda de otro primo nos recomendó el restaurante La Postal. Y, dicha señora, en un par de ocasiones, nos invitó a comer en el domicilio sus celebrados judiones, junto con Primo. El hijo de esta buena mujer falleció, de forma sorpresiva, mientras montaba a caballo.

El aspirante a gafe tenía un ahijado; y, el mismo, caminante, murió por caída absurda en plena calle. Aquel día 17 de diciembre, rotulado con inquietud en mi calendario emocional, el pariente acechante preguntaba, malévolo, sardónico, por la próxima víctima. Dio mala suerte. Sí, el siguiente fue mi hermano: aparentaba estar como una rosa; pero no le quedaba ni un mes de vida, ante deceso próximo y repentino. La presencia de Primo, con sus comentarios jocosos y fuera de lugar, agrian el recuerdo de la última visita familiar a un restaurante.

De forma probable, entre cuarentones, Primo solo conocía a las tres personas referidas. Todos ellos difuntos antes del medio siglo de existencia. Fenómenos estadísticos inquietantes, que atentan contra la estadística convencional, basada en la media aritmética. ¿Un cisne negro? El matemático libanés Nassim Taleb, autor de libros analíticos, adictivos, diría que sí.

Una buena voz y el dominio de los cambios de tonalidad eran patrimonio de este Jettatore, televidente entusiasta de la RAI italiana. Cuando nos reuníamos, le reiterábamos que podría haber sido un buen actor. Llegó a compartir escena, siendo adolescente, con uno de los mejores actores de España.

Apenas unos días después del trágico e inesperado fallecimiento de mi hermano, confusos, desorientados, visitamos al mal pariente. Mi madre le iba a entregar un encargo cursado antes de la desgracia. Nunca olvidaré aquella escena del hombre sentado en el jardín de su vivienda: esos lagrimones histriónicos. Nos habíamos equivocado; era un pésimo actor.
En ocasiones anteriores, Primo alardeaba de haber utilizado una única mascarilla en muchos meses de distopía pandémica; pero, aquel día, tenso, nos sugirió, asustado, enfundarnos el barbijo –algo que habríamos hecho sin necesidad de recordatorio-.

Algunos de ustedes pensarán que les estoy narrando un relato de Edgar Allan Poe. No es ficción. Moraleja: la ancianidad no es sinónimo de bonhomía. Sí; mi padre tenía razón. Las personas tóxicas no merecen una segunda oportunidad.

Coleccionábamos postales; y La Postal fue nuestro último restaurante. ¿Serendipia?

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