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En Riofrío se encontraron el Rey, el burro y su arriero

por José María Martín Sánchez
28 de abril de 2022
JOSE MARIA MARTIN DEPORTES
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No me vayan a decir, lectores, que no saben que el Palacio de Riofrío (1751), mandado construir por Isabel de Farnesio –en consonancia y sintonía con los deseos de Fernando VI-, existía un coto real de caza donde reyes e invitados especiales pasaban el rato abatiendo animales de tierra/aire. Pues eso, que ya lo saben.

Y, ya que estamos metidos en el ‘ajo’ y conectando con lo escrito, les cuento una historia que tuvo dos protagonistas principales: un arriero, vendedor a pie, y en el otro extremo un rey, Carlos IV.

A lo que te voy. Aquel día, 28 de julio de 1789, domingo, el Coto de caza de Riofrío estaba muy animado. En el lugar, las trompas de caza se confundían con las voces de los ojeadores y el ladrido de las jaurías, en un monte plagado de ciervos y jabalíes. En ese contexto entretenía su afición el señor rey, al que acompañaban un grupo de escogidos cortesanos con la misma devoción/afición.

A primera hora de la mañana las perdices abatidas ya estaban colocadas ‘finamente’ sobre el césped. Cuando el sol despuntó el ‘jefe’ dio la orden de ¡alto! para la primera parte del ‘jolgorio’. Sobre el suelo también quedaron abatidos ciervos y paletos (gamo/gama). En total habían ‘matao’ dieciséis.

El Rey, tan satisfecho como cansado (tenía la ‘friolera’ de 41 años), se apartó del ‘mundanal ruido’ y acompañado de su perro ‘Tom’, un alano (perro de presa) de pura raza española, se marchó a dar un paseo por los encinares próximos al camino que atravesaba el monte.

Poco tiempo llevaba caminando cuando, entre los jarales, observó cómo un arriero castigaba a dando palos a su escuálido pollino que se resistía a moverse del lugar donde se había caído. Aquel increpaba al burro hasta agotar su vocabulario de improperios (vg. Palabra o expresión con la que se insulta a una persona… o un burro), también utilizando la patada (puntapié)… pero el burro, con el serón cargado, parecía estar tan ‘agustito’.

En estas estaba cuando el señor rey se acerca a ambos (pollino de abajo; burro de arriba), para preguntar:

-¿Qué es eso, buen hombre?

– Qué ha de ser, que este maldito burro no quiere andar y se ha propuesto que pasemos aquí todo el día; he venido desde Segovia con provisión de chorizos y me dirigía a los alrededores de palacio a ver si despachaba algunos que bien lo necesito, porque la miseria viene abrumándome ‘ha’ tiempo, hasta el punto de que mi haber consistía en ese derrengado animal y en lo que pueda sacar al día por vender en estos contornos.

Se quedó el señor rey mirando con sumo interés y valorando la franqueza con la que el arriero exponía su mísera situación. Ya muy cerca de ellos se escuchaban las voces de los que buscaban al ‘fugado’. El arriero no sabía quién era su interlocutor. Allí llegó en primer lugar el montero mayor, con magnates, cazadores, guardas… todos asustados por haber ‘perdido’ al ‘jefe’.

El rey, al ver el ´lío’ que habían armado, dijo señalando al arriero:

– Puesto que este pobre hombre venía con propósito de vender su mercancía compuesta por chorizos… guarda mayor, haz un poco de lumbre que voy a probar ahora mismo esos chorizos.

-¡Magnífico! Se apresuró a decir el arriero.

Este, que había quedado con boca abierta desde que había escuchado la palaba majestad a los que buscaban al Rey, sacó su producto de venta un tanto confundido, y comenzó la fiesta.

El señor Rey, ensartando en la baqueta el chorizo lo asó, comiéndoselo como si no lo hubiera hecho nunca (seguramente no). Tal placer resultó aquello, que el señor rey se comió hasta diez. Pidiendo únicamente agua para mejor digerir.

Saciado como estaba, mandó que se le dieran al arriero diez onzas de oro, diciéndole:

– En cuanto tenga el dinero procura jubilar a ese pobre jumento. Una onza más recibirás con la condición de que entregues el burro a mi guarda mayor, al que encargo que lo tenga dentro de este mi real coto a pasto y pienso hasta que sea llegada su última hora, que bien merece justicia y recompensa el animal, que sin quejarse nunca sufra año tras año el castigo iracundo y la ingratitud de los hombres.


(Publicado en El Adelantado. Agosto de 1898).

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