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La comisión de la “desinformación”

por Miguel Velasco
20 de noviembre de 2020
MIGUEL VELASCO 3
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ACCIÓN-REACCIÓN

DON QUIJOTE Y LA FELICIDAD

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Estos días el mundo de los medios de comunicación, los rigurosos y éticamente responsables (los otros lidian por libre en otros cosos) andan revueltos y preocupados debido a la creación por el Gobierno –como se sabe- de una Comisión de la desinformación “que controlará y valorará las campañas de desinformación y liberarnos al tiempo de las mentiras más peligrosas, al menos de las no oficiales”, aunque como ya han denunciado Asociaciones de la Prensa, Colegios Profesionales y periodistas libres y rigurosos, sibilinamente no viene seguramente a ser otra cosa que un intento del ejercicio de censura y de férreo control de los medios no intoxicados.

De siempre, el apasionante y arriesgado ejercicio de la profesión periodística, se ha visto halagado en unos casos (cuando el Poder político perseguía la sumisión) y amenazados en otros (cuando aquél no conseguía la sumisión torticera del medio o del profesional). Es evidente que en cualquiera de los casos el periodista tenía –y tiene- cada vez más profundamente asumido que por encima de cualquier vileza que pueda corromperle se sujeta a un Código Deontológico por el que éticamente debe regirse fundamentalmente su misión como nexo entre la sociedad (que casi nunca tiene otro resorte que los medios de comunicación para dejarse oír) y el Poder (si quiere escuchar –por encima de prepotencias- lo que se le quiere decir). Esa es –me parece- la grandeza del periodismo serio en un sendero democrático sin abrojos de sectarismos.

Pero ocurre que cuando al Poder político no le salen las cosas a su gusto, (es decir llegar a dominar la voluntad del que escribe y la información consecuentes) para obviar aquellas informaciones que le son incómodas, busca otras herramientas, otros medios para atajar aquella “ indisciplina” como las lisonjas o prebendas entre gente del mundo periodístico más frágiles o más ambiciosas, en muchos sentidos más perversa. No es la primera vez tampoco que se utiliza el instrumento de la censura para enmudecer el nivel de conciencia, el derecho de opinión y la libertad de expresión sustentadas en la verdad y la constatación rigurosa de la información en su más hermosa grandeza. Consecuentemente no son pocos los periodistas de reconocido prestigio y solvencia profesional que han sido apartados o han abandonado sus medios para no claudicar con semejantes imposiciones cautivadoras.

Tampoco es la primera vez –ni será la última al paso que van las cosas- que se intentará –por un lado- amedrantar al medio o conquistar la voluntad (por el medio que sea) de responsables desaprensivos, para que en el uso de un cierto poder de ciertos cargos relevantes en el medio (y aquí encajaría aquello de que la prepotencia es la tapadera de la mediocridad) influyan en determinados periodistas “díscolos” sobre la labor de independencia de que goza la verdad libre, atrayéndoles a los terrenos de la docilidad o apartándoles vilmente de su ejercicio profesional o sibilinamente haciéndole el vacío intentándolo hasta su aniquilación profesional.

Es evidente que prestarse a este tipo de consignas políticas fundamentalmente porque determinadas informaciones rigurosas o simplemente el trabajo honesto de quien adora su independencia no son del agrado del que manda, revelan una baja cualidad personal de quien lo impone y de quien se deja seducir; y, desde luego, supondría un concepto corrompido de la misión informativa que ejerce imponiendo esas directrices intoxicadas para eliminar al “incómodo” para el poder. Es evidente también que en casos de este tipo de intoxicación política, lo justo éticamente hablando sería en primer lugar denunciar el intento y, en segundo, debería servir en todo caso para fortalecer el músculo del medio, la voluntad del periodista cuestionado y reflexionar sobre lo que hubiera tenido de servilismo político y bajeza profesional de haber aceptado el encargo.

En cualquier caso están en plena vigencia los Jurados de Ética Profesional y los Tribunales de Justicia a los que nunca, nunca, debe suplir ninguna Comisión de Desinformación (por cierto difícilmente evaluable su labor) que intente amordazar la libertad de la comunicación. Menos mal que en este sentido ya se ha pronunciado la Comunidad Europea, atenta y vigilante a cualquier tropelía política en el campo de la libertad de esa comunicación.

El primigenio fin –y tal vez el más oculto- de la cuestionada Comisión, habremos de irle descubriendo con el tiempo y su ejecutoria. Sería impensable –aunque ya así ha sido denunciado- que no fuera más que un instrumento de censura y un férreo control de los medios libres. Está claro que eso sería un burdo retroceso de las libertades informativas serias, fundamentales en sociedades democráticas fuertes y ejemplares.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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