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Tomad y comed

Ochocientos años antes del nacimiento de Jesucristo, el pueblo de Israel pasaba por una nueva hambruna, cosa muy habitual en la antigüedad, ya fuera por motivos climatológicos o por el saqueo y la guerra. En aquel momento, un profeta llamado Isaías hizo una promesa que debió conmover a todos los que lo escucharon.

por Jesus Vidal Chamorro (*)
22 de junio de 2025
JESUS VIDAL CHAMORRO
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Texto íntegro del discurso pronunciado por el Papa León XIV en el Congreso de los Diputados

El Papa ¿poder o servicio?

Testigos de una escandalosa Desproporción

Ochocientos años antes del nacimiento de Jesucristo, el pueblo de Israel pasaba por una nueva hambruna, cosa muy habitual en la antigüedad, ya fuera por motivos climatológicos o por el saqueo y la guerra. En aquel momento, un profeta llamado Isaías hizo una promesa que debió conmover a todos los que lo escucharon. Anunció que Dios llegaría para traer alimento a todos. Y no un alimento escaso o a un coste altísimo. Proclamaba: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche» (Is 55,1). ¿Cuándo sucederá esto? ¿Podemos esperarlo de verdad?

En el evangelio encontramos un pasaje que también nos deja atónitos. Así lo hizo con los contemporáneos de Jesús que pudieron verlo y dejaron testimonio escrito de este sorprendente hecho. En una ocasión, Jesús estaba enseñando y le seguía mucha gente. Por otros pasajes del evangelio, sabemos que, a medida que la fama de Jesús crecía, muchísima gente acudía a escuchar sus enseñanzas y a pedirle que les curara de sus enfermedades. Al poco de comenzar su predicación, cerca de tres mil personas se habían reunido en el lago de Genesaret y, según el evangelio, unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, se encontraban en esta ocasión reunidos en torno a Jesús. Un inmensa multitud se extendía en el campo que estaba ante él. Pasaba el mediodía y entró preocupación a los discípulos acerca de como iba a comer toda aquella gente si no se marchaban ya a las aldeas cercanas. Sin duda era un problema logístico sin posible solución para ellos. Jesús, sin embargo, tomó unos pocos panes y un par de peces que tenía un chiquillo en su cesta, bendijo al Padre y comenzó a repartirlo entre todos a través de los discípulos. Y no sólo hubo para que todos se saciaran, sino que, con las sobras, se llenaron doce cestas más. La gente, como no podía ser de otra forma, se entusiasmó y querían hacerlo rey. Aquel hombre tenía poder para cumplir lo que había profetizado Isaías. Pero Jesús lo rechazó. Verdaderamente él tenía poder para hacer eso, pero esta no iba a ser la forma.

Al inicio de su última cena con un grupo de discípulos, entre los que se encontraban los apóstoles, Jesús tomó un pan, lo partió y les dijo: «tomad, comed, esto es mi cuerpo». Luego tomó un cáliz lleno de vino y les dijo: «tomad, bebed, esta es mi sangre». Luego, según un testimonio que recibió san Pablo, añadió: «Cada vez que comáis este pan y bebáis de este cáliz, daréis testimonio de mi muerte y mi resurrección». Esta es la forma en la que se cumple aquel sorprendente anuncio de Isaías. Hoy, cada día, y especialmente cada semana, el domingo, millones de personas acudimos gratis a comer este pan, a beber este vino. Y no es pan y vino lo que comemos, sino el mismísimo cuerpo y la mismísima sangre de Jesucristo.

Y esto no termina aquí. Para que el testimonio de la muerte y la resurrección de Jesús pueda llegar a todos, el Cuerpo de Cristo sale a la calle acompañado de este otro cuerpo, de este pueblo que es la Iglesia. «Tomad y comed», parece que nos dice Jesús desde la custodia. Nosotros no conocemos la vida de cada uno, pero él si la conoce, como conocía la de aquellos más de cinco mil a los que dio de comer en una de las laderas que rodean el lago de Genesaret. Y desea ardientemente que todos los que quieran puedan comer y beber gratis. Para eso solo es necesario sentarse a escucharle, abrir el corazón a la vida que él nos quiere dar; dejar de vivir encerrados en nosotros mismos, en nuestras posturas y en proyectos de vana felicidad que, verdaderamente, no nos llevan a ninguna parte más que al enfrentamiento. Seguir a Jesús, escucharle y obedecer, es lo único necesario para poder comer de este pan que se ofrece a todos.
——
* Obispo de Segovia.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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