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Eduardo Juárez Valero – El intendente espía

por Redacción
6 de octubre de 2019
eduardo juarez
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Hace ya algunos años hube de vérmelas con el difícil encargo de establecer la fecha exacta de la instalación del primer Ayuntamiento del Real Sitio de San Ildefonso. Dado que el primer volumen de la serie de actas de plenos municipales se hallaba y halla desaparecido, cuando menos, o, sustraído, cuando más, el desafío era ciertamente complejo. Afortunadamente, el Archivo Histórico Municipal del Real Sitio me regaló una joya en forma de certificado del acta de constitución del Ayuntamiento primigenio, por lo que pude concluir, tras la correspondiente investigación, que había sido constituido el 22 de mayo de 1810, contando a día de hoy doscientos nueve años y unos pocos meses de antigüedad.

Sea como fuere, lo interesante del caso es que aquel primer ayuntamiento fue concebido como tal en el marco jurídico que establecía el estatuto de Bayona, remedo de constitución que conjugó Napoleón para dotar a este santo país ocupado por los gabachos de un marco jurídico que permitiera desarrollar un estado liberal. Y, para experimentar, nada como el Real Sitio o Segovia, dos de las seis poblaciones que recibieron Ayuntamiento en aquellas condiciones legales y a los que un servidor decidió llamar Josefinos, ya saben, por José I, hermano del emperador francés y rey francés de España.

En tales circunstancias, el Real Sitio y Segovia recibieron jefes políticos que habían de gobernar la municipalidad y que sirvieron de modelo institucional a lo que años después establecería la Constitución de Cádiz, está sí española y liberal desde su nacimiento. En lo que se refiere a los nombrados por José I, he de reconocer que Segovia, en esta ocasión, se llevó el premio gordo por cuanto el Real Sitio hubo de soportar al infame Pier Marie, capitán del ejército josefino y represor de la reacción serrana a la ocupación, y Segovia disfrutó de Domingo Badía.

Personaje novelesco donde los haya, Domingo, hijo de contador y contador profesional, decidió que su vida no seguiría el burocrático camino de su padre. Conocedor del mundo norteafricano gracias al destino en Vera de la familia, dirigió su camino hacia la aventura y el conocimiento; la exploración y el peligro; la leyenda y, por qué no decirlo, la historia. Después de sonados fracasos intentando construir globos aerostáticos en Córdoba que le llevaron a la ruina, pergeñó un proyecto de exploración del continente africano que conllevaba mimetizarse entre el común de allí. Subvencionado por Godoy y Carlos IV, marchó a Francia e Inglaterra para dotarse de equipamiento y conocimiento arabista, volviendo al poco hasta Almería transformado ya en Ali Bey y en camino hacia Marruecos. Allí, por mandato de Manuel Godoy, se esforzó por soliviantar a todo quisque contra Muley Suleiman, sultán turco que había tenido la ocurrencia de abortar el rico comercio español con el Magreb. Para desgracia de Ali Bey, digo Domingo Badía, a pesar de haber logrado la confianza del sultán y organizar una revuelta de manual, Carlos IV vio con malos ojos eso de traicionar la confianza dada y, sobre todo, provocar la revuelta contra un monarca, aunque fuera musulmán y turco.

Poniendo pies en polvorosa, Domingo, ya sin barbas ni turbante, hubo de escapar hacia Francia donde, al servicio de Napoleón, fue testigo de las abdicaciones de Bayona, siendo destinado a cumplir labores administrativas primero en Segovia y, más tarde, en Córdoba. Posicionado junto a los franceses, el final de la Guerra de la Independencia lo sacó de España para no volver. Siempre al servicio del país vecino, acabó su vida envenenado por un agente inglés, en las cercanías de Damasco, en cumplida venganza por haber evitado la deposición del bajá de Egipto unos años atrás.

Lo curioso de todo ello es que, pasado el tiempo, convertido en historia el pasado inmemorial, nadie recuerda ya a Domingo Badía, ni en Segovia, ni en Córdoba, ni en Vera, ni en su Barcelona natal, dejando una vez más en el barbecho de la historia patria a un paisano de tamaño descomunal. Que sirvan estas líneas, queridos lectores, para recordarle y para hacer reflexionar a cuantos nos dedicamos a esto acerca de la idoneidad de bucear en nuestro pasado y dar actualidad a quienes, gigantes en el pasado, duermen el presente olvido de la ignorancia. Quién sabe si algún día una de nuestras segovianas calles ostentará esa memoria, devolviendo un poco de arrojo y locura al bueno de Domingo, al barbudo Alí, al espía borbónico y napoleónico, al inmenso español que un lejano día tuvo la suerte de regir la capital de Castilla.

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