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Eduardo Juárez Valero (*) – Tinín, pescadero en el Real Sitio

por Redacción
14 de julio de 2019
eduardo juarez
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Sé que esto de la jubilación es un escalón más en la vida. Un paso hacia otra cosa, que es lo que solía decir mi señor Padre. Ahora, comprenderán que me moleste no poder saludar ya a Tinín cuando pase por la pescadería de la Calle de los Infantes. Sí, podré verle por cualquier otro lugar. Gastar algún que otro vino y aguantar que se meta con un servidor a costa del último desastre conseguido por mi equipo de fútbol. Claro, que no será lo mismo. No tendrá un cuchillo largo y afilado en la mano derecha ni sujetará un gallo, ¿o era un lenguado?, en la mano izquierda. No me señalará el mero o el congrio de turno enguantado en metales para no cortarse ni me dedicará una sonrisa de medio lado, sacando algunos percebes del cajón de las delicias que guardaba bajo el mostrador.

Y no piensen que ha sido una isla en el océano. Que este Paraíso ha gustado de comer pescado con frecuencia. Ya fuera cociendo espinas y cabezas para la sopa de pescado de la Señora Conchi, triturando bacalao para las croquetas de la Antonia o guisando todo tipo de pez, los del Real Sitio hemos gozado de pescaderías desde que el tiempo empezó en el valle de San Ildefonso. Ya me dirán Vds. para qué, si no fue así, le dio al único rey consorte, D. Francisco de Asís, por constituir una piscifactoría en la ribera del Mar de los Jardines. Que en esa calle del Rey, llamada en el siglo XVIII calle de los Jardines, los comerciantes de Madrid habrían sucursales para vender todo tipo de productos. Frecuentes eran las tiendas llamadas de ultramarinos y comestibles, donde los bacalaos bien salados aguardaban algún antojadizo diente. Sin duda, Valentín María, Laureano Fernández, Pablo Gómez Gordero, Antonio Arenas, Antonio Sancho, Eduardo Pérez Nogales o Nicolás Villagrá, ofrecían toda esta gollería marina bien sequita a los paisanos de mi pasado no tan reciente. Y, si faltaba algo, los domingos había mercado en la plaza del Barrio Bajo, donde uno podría encontrar hasta cacharros de Talavera para hornear un besugo por San Ildefonso.

Por si fuera poco, por eso de acompañar, en la plaza llamada del mercado, detrás del Cuartel de Pabellones, se montaba todo tipo de tenderete para vender lo que fuera preciso; en la plazuela del Vidriado, casetones de carne y alguno que otro de mujeres enamoradas, que diría algún regidor de la Sevilla del Siglo de Oro que, como bien sabe Ricardo Fernández, pluma inquieta del Paraíso, duró, en realidad, doscientos años. Seguido a este, en la llamada Plaza de la Fruta, otro mercado repleto de ciruelas, peras, manzanas, grosellas, frambuesas y demás manjares, deleitaba a los vecinos.

Y, además de todo lo dicho, uno podía comer pescado fresco. Mucho antes de que Tinín los preparara ante la atenta mirada de Consuelo, Herminio Palacios enseñaba a su hijo Paquito el noble arte del pescadero con el eterno cigarrillo humeante cegándole el ojo derecho. Nunca supe si el fino bigotín se debía a ello o, ¿quién sabe?, al frío pasado combatiendo en Rusia vestido de azul. También podía uno pasarse por el economato de arriba, colmado para los trabajadores de Patrimonio Nacional, o por el economato de abajo, dedicado a los obreros de la Fábrica de Vidrio, y gustar de buenos pescados traídos con diligencia del puerto de Madrid, el más grande del mundo, si uno no cuenta el de Tokio que, para lo que importa aquí, como si no existiera.

Así, entre lenguadinas y cogote de congrio los viernes; pescadillas enroscadas y merluza de pincho; bacaladitas tostadas y ventresca de atún sazonada; mero a la plancha y boquerones en vinagre pisados para mi suegro; salmón grasiento y deliciosos bígaros para el restaurante la Golondrina; mejillones sin barbas y almejas retorcidas por el limón; besugos, lubinas y truchas del Paraíso; ha pasado mi vida con Tinín y Consuelo; Herminio y Paquito; Fernando y tantos otros pescaderos de este Real Sitio deseosos de hacerme feliz, aunque sólo fuera por un bocadito.

Y es que, llegados a este punto, uno no sabe si añora más el pasado por la edad que se pierde transformada en añoranza o porque nadie podrá disfrutar de aquello nunca más, centralizada esta sociedad en grandes superficies de abastecimiento. Dónde quedará el comercio pequeño, el de nombre, mote y sonrisa, no lo sé. Ahora, sí sé que, al menos, podré charlar de ello con Tinín y recordar aquellos tiempos en que uno no iba a la compra, sino a visitar a los amigos.

Lástima de máquina del tiempo, oigan.
——
(*)Cronista oficial del Real Sitio de San Ildefonso.

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