El 4 de junio de 1931 se hacía público en el número 155 de la Gaceta de Madrid un listado de 731 inmuebles que pasaban a convertirse en monumento histórico- artístico, formando parte del Tesoro Artístico Nacional. Esta declaración supuso un hito en la protección del patrimonio histórico en nuestro país, aumentando significativamente los monumentos que contaban con esta protección para su salvaguarda que hasta la fecha apenas llegaban a 300, siendo el primero de ellos la Catedral de León en 1844.
Hasta entonces la provincia de Segovia contaba con siete monumentos declarados —el Acueducto (1884), la torre de San Esteban (1896), la iglesia de la Vera Cruz (1919), el monasterio del Parral (1914), el convento de Santa María la Real de Nieva (1920), la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo (1924) y el palacio y jardines de la Granja de San Ildefonso (1925)— a los que se suman en ese momento otros 28 inmuebles, los cuales son en la capital el Alcázar, la Catedral, las iglesias de San Millán, San Martín y San Lorenzo, la puerta de San Andrés, los conventos de Santa Cruz y San Antonio el Real y la torre de Hércules; en Cuéllar su castillo y recinto amurallado, así como las iglesias de San Esteban y San Martín; en Coca el castillo, la muralla y la torre de San Nicolás; en Sepúlveda las iglesias del Salvador, San Justo y la Virgen de la Peña; los monasterios cistercienses de Sacramenia y Santa María de la Sierra; las ruinas de la iglesia de San Martín de Fuentidueña; las iglesias de San Pedro de Dueñas y de San Frutos; el palacio de Espinosa en Martín Muñoz de las Posadas; el castillo del Condado de Castilnovo y el castillo de Turégano.
En el caso del castillo de Turégano se inició un expediente para su declaración como monumento nacional en 1897 ante su preocupante estado de conservación, como lamentó la Infanta Isabel en su visita a la villa de Turégano en octubre de 1894 según recoge La correspondencia de España, acusado por el abandono que venía sufriendo desde tiempo atrás.
El edificio, propiedad de los obispos segovianos, tiene su origen en una monumental iglesia románica de la segunda mitad del siglo XII dedicada a San Miguel que inició de manera temprana un proceso de fortificación con la construcción de una muralla perimetral circundando el altozano y diferentes fases de encastillamiento sobre la iglesia, quedando confirmada la existencia del castillo con la cita sobre la celebración del sínodo convocado por Lope de Barrientos en 1440 “en la iglesia de san Miguel que está dentro del castillo”. Sin duda la gran trasformación llega a partir de 1469 con el obispo Juan Arias Dávila, que alega lo fácil que podría ser tomado por cualquier tirano para emprender una refortificación en la que se refuerza la primera muralla, construye una segunda cerca con foso delante y, al menos, construye los tres grandes torreones sobre la cabecera de la iglesia, continuando su sucesor Juan Arias del Villar (1498- 1501) el cierre perimetral de las naves de la iglesia que concluye Diego de Ribera en la zona norte ya entrado el siglo XVI. En época de Felipe II ciertos bienes eclesiásticos pasaron a realengo durante cierto periodo de tiempo, entre los que se encuentra este castillo que pasó a ser cárcel de Estado, donde destaca el presidio del secretario del rey Antonio Pérez acusado del asesinato de Juan Escobedo. Poco después, el castillo regreso a ser propiedad del obispo, quedando apenas sin uso como fortificación.

Eso sí, la iglesia de San Miguel continuó siendo parroquia de la localidad. A partir de ese momento, la liza, es decir, la zona entre la muralla y el edificio, se pone al servicio del templo y sus celebraciones litúrgicas, por lo que se eliminan elementos de la fortificación para poder desarrollar procesiones o usarse como espacio de enterramiento, que aprovecha los gruesos muros y las troneras de la muralla como nichos. En el año 1843 la iglesia de San Miguel quedó agregada a la parroquia de Santiago, lo cual fue repetidamente recurrido por su cura, Lucas Pérez, que alegaba el aumento de los ingresos de San Miguel en 1855 para justificar que volviera a ser de nuevo parroquia independiente, algo que finalmente no se consiguió. Aun así, aunque cada vez con menor frecuencia, continuaron celebrándose numerosos los actos litúrgicos en la iglesia y su entorno usándose como cementerio al menos hasta finales del siglo XIX, siendo motivada su definitiva clausura con ese intento de declaración como monumento nacional.
Desde principios del siglo XX, es frecuente ver cómo el castillo es objeto de interés para los viajeros que se acercan a Turégano, algunos alabando su grandiosidad y otros lamentando su estado de conservación, para lo que el consistorio tureganense estuvo años reclamando medidas que evitaran la ruina a la que se veía abocado. Así pues, la declaración como monumento es vistas como una medida de salvación del edificio y, en el mes de octubre del mismo 1931, al ver que no había una respuesta práctica con la declaración, dirigieron una comunicación para que se acometiera una pronta intervención, crearon una comisión para la gestión de las ayudas que atienda a las necesidades del inmueble y además exigieron al obispado y al párroco de Turégano, don Plácido González, que también atendieran a su reparación.

A pesar de las actuaciones de la comisión, no se llevaron a cabo medidas al respecto, de ahí que, en mayo de 1933, ante el deplorable estado del castillo, el Ayuntamiento se dirige al Director General de Bellas Artes, Ricardo de Orueta, reclamando la oportuna subvención de manera urgente al tratarse de un monumento artístico nacional. La concesión de dicha subvención se publica en el número 343 de la Gaceta de Madrid el 9 de diciembre de 1933, con un presupuesto de 5.000 pesetas para obras urgentes de consolidación que llevará a cabo el arquitecto conservador Emilio Moya Lledós.
Perteneciente a un linaje de arquitectos, Emilio Moya se encuadra dentro de la Generación del 25 en la línea del clasicismo racional que prioriza la composición ordenada y la jerarquía de las proporciones, con edificios como la Casa de Correos y Telégrafos de Lugo (1920) o el Banco Pastor de La Coruña (1921) junto a Antonio Tenreiro. Realmente destaca por su actividad entre 1929 y 1936 como arquitecto conservador de monumento de la cuarta zona, que comprendía las provincias de Ávila, Cáceres, Cuenca, Guadalajara, Madrid, Salamanca, Segovia, Toledo y Valladolid. Durante este periodo desarrolla una importante labor de rehabilitación de edificios históricos para acoger museos, como la adecuación del Colegio de San Gregorio de Valladolid como sede del Museo Nacional de Escultura, así como una ingente labor de conservación de diferentes monumentos, con escasa cuantía, dentro del empeño por tutelar el tesoro artístico del gobierno de la II República, cada vez más reconocido por las acciones legislativas que emprende. Cabe destacar dentro de esas acciones de Moya en la provincia de Segovia la intervención en la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo, en el Salvador de Sepúlveda y en San Millán de Segovia.

La llegada de Moya a Turégano se hizo esperar. En mayo de 1934 el Ayuntamiento reclamaba la necesidad del inicio de las obras que, según alega el director general de Bellas Artes, se ignoraba la causa de no haberse hecho efectivas en el momento oportuno, por lo que se piden explicaciones al arquitecto que las tenía que haber llevado a cabo. Como se recoge en las actas municipales, el 15 de junio ya se había personado el señor Moya en Turégano y había iniciado las obras de reparación del castillo. Es en este momento cuando se inician las gestiones para trasladar los restos humanos de los nichos adosados al muro de la fortaleza que aún conservaban sus lápidas. Fue una exhumación parcial, pues en posteriores restauraciones del conjunto también se han llevado a cabo.
Desafortunadamente no se han conservado los libros de actas de ayuntamiento a partir de la llegada de Moya, por lo que no se ha podido realizar un seguimiento detallado de sus obras en el castillo, así como asegurar que la concesión de 7.000 pesetas para la construcción de cubiertas y consolidación de muros y limpieza del interior del castillo, que se publica en el número 205 de la Gaceta de Madrid, fue una ampliación de crédito además de las 5.000 pesetas o éstas quedaron perdidas al no haberse efectuado en el momento oportuno según se entiende del punto tratado sobre la subvención por el pleno municipal del 18 de mayo de 1934.
La noticia del Adelantado de Segovia del 25 de junio anuncia el descubrimiento de elementos notables desde el inicio, elementos que ponen principalmente en valor el templo románico. La intervención se centró en los tejados de las naves de la iglesia, la retirada de la cal y pinturas en los muros interiores de las naves, así como el desmantelamiento de la tribuna alta que estaba ubicada a los pies, el descubrimiento de dos ventanas del ábside central, de la portada occidental y de uno de los vanos de la torre que daba al exterior. También se realizaron catas dentro del castillo para ubicar otros puntos de la torre campanario que en el siglo XV quedó embutida en su interior. Las obras a finales de 1934 se habían paralizado por falta de recursos, a la espera de una nueva subvención que llegó para la obra de las terrazas de los torreones con 5.000 pesetas, como publica el Boletín Oficial del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes del 5 de noviembre de 1935.
La evolución de estas obras quedó plasmada por la cámara fotográfica del arquitecto Fernando García Mercadal, fotografías conservadas en el servicio histórico del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid y que fueron publicadas en el libro dirigido por Miguel Ángel Chaves: “Fernando García Mercadal: arquitectura y fotografía. Una mirada al patrimonio arquitectónico de Segovia, 1929-1936”. En ellas se ve cómo el tejado de la iglesia, colmado de vegetación, fue desmontado para crear unos espacios aterrazados sobre las naves laterales, accesibles a día de hoy, además del antes y el después del vano descubierto de la torre campanario, las obras en las terrazas de las torres laterales y el interior del templo. Llaman especial atención las fotografías desde la tribuna alta, que permiten conocer la iglesia encalada y con pinturas en ciertos puntos como la corona de laurel sobre la capilla del Cristo del Amparo realizada en el blanqueo de la iglesia en 1778 por el cura de aquel entonces Francisco Martín Salceda. Gracias a esa imagen de García Mercadal, también se aprecia que la Cámara Secreta —unas cámaras generadas en la parte superior de las naves laterales a las que se accede desde el suelo del castillo que servían para controlar y defender el interior del templo— sobre la capilla del Cristo era mucho más grande de lo que es ahora, seguramente reducida por Moya para dejar a la vista los soberbios capiteles de la Anunciación y de las bestias devorando hombres del arco triunfal del ábside sur.

En definitiva, la obra de Moya busca la autenticidad del edificio, como bien marca la Ley del Patrimonio Histórico Español en cuanto a la restauración de bienes inmuebles, evitando historicismos y reconstrucciones, siempre buscando la esencia del edificio original. Un criterio que puede resultar cuestionable, pues el desmantelamiento de la tribuna alta deja a la vista las marcas de su presencia que provoca una sensación de que estuviera arruinado.
Aun así, la intervención de Moya es fundamental para la conservación y conocimiento de este castillo, al que se fueron sumando otras intervenciones. El 8 de enero de 1951 se publicó en el BOE la concesión de 42.767,60 pesetas para la reparación de la portada principal por el arquitecto Anselmo Arenillas, a lo que se sumarían 19.999, 98 pesetas en el mes de agosto para enlosar la nave de entrada a la iglesia con piedra caliza con bujarda. El 20 de octubre de 1952 se aprobó continuar con las obras de pavimentación con un presupuesto de 24.869,10 pesetas, pero esta vez a cargo del arquitecto Antonio Labrada Chércoles.
Todas estas obras se centran principalmente en el acondicionamiento de la iglesia, mientras que hay que esperar al año 2002 para la intervención en los torreones con el proyecto del arquitecto Ángel Egido y un presupuesto de más de 75 millones de pesetas, financiado por el Ministerio de Fomento (1% Cultural) y de la Junta de Castilla y León. Las intervenciones de los últimos años, con las ayudas del 1,5% Cultural y de la Junta de Castilla y León, han permitido mejorar la accesibilidad además de descubrir elementos notables que vuelven a poner en valor la excepcionalidad del castillo de Turégano, un majestuoso monumento que sigue despertando la admiración de investigadores y viajeros.
Por Silvia Olmos Arranz
