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¿Qué tienen en común el papa Francisco y Mafalda?

por Javier López-Escobar
17 de mayo de 2026
JAVIER LOPEZ ESCOBAR
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Si nos atenemos a los tópicos, podría decirse que comparten origen argentino, sensibilidad social, preocupación por la paz y una cierta vocación humanista. Ambos invitarían a pensar en el cuidado del prójimo, la injusticia y el futuro del planeta. ¿Está usted seguro? De lo primero, desde luego, no hay duda: ambos nacieron en la tierra del Río de la Plata. De lo demás, conviene matizar. Para empezar, Mafalda no fue una pensadora argentina, sino un personaje de papel y tinta al que Joaquín Lavado, Quino, dotó de voz, gesto e inteligencia. Y, sin embargo, tal ha sido el éxito de la criatura, que incluso años después de que Quino y Francisco se reunieran en el Cielo, no pasa día sin que alguien les atribuya nuevas sentencias.

No existe fuente solvente que avale que Francisco dijera: «No es necesario creer en Dios para ser una buena persona», ni «Coman lo que quieran en Semana Santa; el sacrificio no está en el estómago sino en el corazón», ni que «Las paredes de los hospitales han escuchado más oraciones honestas que muchas iglesias», por más que tales leyendas circulen en tipografías cuidadas sobre una fotografía del papa con las manos juntas y expresión beatífica.

Del mismo modo, Quino jamás puso en boca de Mafalda «¡Paren el mundo, que me quiero bajar!», ni «Qué ironía la tecnología: mientras nos acerca a las personas lejanas, nos aleja de las cercanas», ni «El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta».

El mecanismo es viejo y eficaz: dotar de autoridad a cualquier ocurrencia atribuyéndosela a una figura reconocible, real o ficticia, a la que casi nadie se atreve a discutir. A esta pareja podríamos sumar sin esfuerzo a media humanidad ilustre, viva o muerta, real o de papel: Einstein, el más prolífico de los sabios apócrifos, o nuestro viejo don Quijote, digno competidor involuntario en la carrera de las frases nunca dichas, que jamás advirtió a Sancho, mientras cabalgaban, sobre perros ladradores.

Es un hábito cómodo, barato y al alcance de cualquier perezoso intelectual: ya no hace falta argumentar, demostrar ni molestarse en pensar. Hay gente que no cree en los hechos, pero se arrodilla ante unas comillas bien presentadas. Es fácil caer en la trampa, sobre todo cuando la sentencia confirma lo que ya pensábamos o nos gustaría pensar. Nos la creemos con la tranquilidad que da un prestigio prestado, sin reparar en que esa figura reverenciada nunca pronunció –ni probablemente habría suscrito– semejante simpleza. Pero, qué demonios, ¿quién se va a poner a verificar una frase si le resulta reconfortante?

Una obviedad, antes de seguir: una frase atribuida no es una prueba. Si no hay fuente, texto, contexto y referencia comprobable, no hay cita. Y cuando una afirmación necesita disfrazarse de sentencia papal, de viñeta de Quino o de sabiduría cervantina, lo más probable es que sea defectuosa de origen. ¿De dónde sale tanta sabiduría huérfana de celebridad? Aunque no faltan investigadores empeñados en rastrear el origen de estas atribuciones apócrifas, el rastro casi siempre se pierde en la niebla de la conveniencia.

Las citas son un recurso fácil y resultón. La tentación de empezar cualquier escrito o discurso por una de ellas es muy fuerte y, si es auténtica, el efecto es inmediato; si no, lo que parecía cultura no pasa de ser bisutería intelectual. Hay que verificar dos veces si lo que ponemos en boca de otro salió de sus cuerdas vocales o de la leyenda urbana. No dejemos que las falsificaciones prosperen ni nos excusen de pensar. La próxima vez que tropiece con una de esas hermosas sentencias, conténgase un momento. Si es en la pantalla de su móvil, venza la tentación de regalar un «me gusta» y, por favor, ni se le ocurra compartirla. Recuerde que no circulan porque sean verdad, sino porque vienen envueltas en el brillante papel de celofán de una legitimidad falsificada, y a estas alturas todavía hay demasiada gente que sigue confundiendo el envoltorio con el contenido.

Permítame terminar este escrito citando a Dorothy L. Sayers, en su obra Have His Carcase (1932): «Siempre tengo una cita para todo: me ahorra pensar por mi cuenta». ¿Le apetece comprobar si realmente la escribió ella?

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