En 1972, el genial Francis Ford Coppola nos pasaba en su monumental obra El Padrino (I Parte) unas imágenes retrospectivas de cómo había ido la reunión de las cinco familias mafiosas principales que se repartían el mundo del hampa de Nueva York. Allí estaban los Corleone, los Tattaglia, Barzini, Cuneo y Stracci. A pesar de las buenas intenciones, coyunturales e interesadas, el resultado final del encuentro estuvo muy alejado de lo aparentemente previsto.
Esta cita, evidentemente no histórica, no se dilató mucho en el tiempo respecto a la celebración de las cumbres de Yalta y Potsdam de febrero y julio de 1945, en que se repartió principalmente a Europa Central como tierra conquistada; cumbres que fueron prácticamente las últimas multitudinarias de interés geopolítico real (jefes de estado y de gobierno de EEUU, Unión Soviética y Reino Unido, los tres grandes hegemones vencedores de la Segunda Guerra Mundial), con excepción de las otánicas anuales. Por supuesto, puedo estar navegando en el error pero entiendo que a partir de ese momento los encuentros de tan alto fuste fueron siempre bilaterales.
Como el del presidente Nixon con Mao Zedong también en 1972, en lo que se llamó en su momento la “diplomacia del ping-pong”. Ahí comenzó el deshielo con la República Popular China que acabaría en 1979 con el establecimiento pleno de relaciones con EEUU, y la sustitución de Taiwán por aquella en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Como en el caso de la presencia del presidente Putin en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing de 4 de febrero de 2022, un auténtico encuentro bilateral cooperativo de las dos potencias más importantes del “Heartland” -la Tierra Corazón- en terminología del geopolítico de la primera mitad del siglo XX, Halford Mackinder. Este encuentro fue seguido en dos semanas por la invasión de Ucrania con una especie de silencio asertivo de China.
En el momento en que se escriben estas líneas, la Cumbre de Trump con XI Jinping está recién finiquitada. Ahora vendrán relatos con matices diferentes, por supuesto, sobre la importancia de lo acordado. China ha estado dispuesta a aumentar las importaciones desde EEUU referentes a IA, aviones Boeing, petróleo, etc, aparte de no suministrar material militar a Irán. Si quien esto escribe fuese el jefe del Pentágono, se pondría muy nervioso al respecto de la IA y la potenciación que en este terreno podría adquirir Beijing. Lo del petróleo, aparte de ayudar a la balanza de pagos de EEUU, puede significar que China no se ponga, a su vez, demasiado nerviosa con el tiempo que se tarde en abrir completamente el estrecho de Ormuz. Un poco de respiro para EEUU, en forma de libertad de acción, para ejecutar en su momento el golpe “definitivo” sobre Teherán. Ponemos comillas sobre definitivo porque, como ya dijimos en otra ocasión, lo de acabar con el régimen teocrático iraní, entre poco y nada.
Pero China ha pedido también que EEUU no cometa errores al respecto de Taiwán, so pena de que las flores de estos días se conviertan en lanzas para el futuro. Vuelvo a la imaginación: si yo fuese taiwanés, comenzaría a acumular tila en breve visto el historial de abandonos de Trump a sus coyunturales aliados -Afganistán, kurdos de Siria, Ucrania, Europa Occidental-. Aunque, para ser justos, esta última llevaba ya demasiado tiempo con los famosos “dividendos de defensa” a cuenta del Tío Sam. Para discutir matices de este aspecto en otro trabajo.
Demos una vuelta de tuerca geopolítica a lo de Taiwán. Es un denominador común perderse en disquisiciones de orden de Derecho Internacional, histórico, comercial, e incluso de carácter emocional. Lo de Taiwán es, en hipótesis, sólo un eslabón de la cadena. Piensen por un momento que, como Hong Kong en 1997, Taiwán llegue a integrarse en la soberanía de la China continental. ¿Cuándo? Recuerden que habíamos quedado en que en Afganistán los occidentales teníamos los relojes y el talibán el tiempo. Así resultó. Y recuerden también que en el Kremlin moscovita el reloj marca siempre la misma hora. ¿Qué es la prisa a orillas del Moscova? Adjuntemos en este momento que, en Teherán y en Beijing ni siquiera tienen relojes. Y en la India, tampoco, dicho sea de paso.
Lo de China y la soberanía sobre el mar circundante, y más lejano, viene de muy atrás. A principios del siglo XV, grandes embarcaciones y flotas chinas navegaban no sólo por el Pacífico frente a sus costas, sino por el Índico hasta África Oriental y el Estrecho de Ormuz. Pero en la década de los treinta de esa centuria, la dinastía Ming decidió sustraerse a las influencias externas, dejando de lado el poderío naval. Curiosamente la solución japonesa de aislamiento fue muy parecida hasta la segunda mitad del XIX. Volviendo a China, desde inicios del presente siglo XXI su fuerza naval ha pasado desde poco valor a más que estimable, al menos a nivel regional, y subiendo a temible.
Aparte de estas vicisitudes internas, China pasó por un trágico siglo XIX en que fue humillada por países occidentales con los famosos Tratados Desiguales que la convirtieron en un país paria. Para rematar, la invasión que sufre en 1937 por parte de Japón en una guerra que se solaparía con la Mundial de 1939-45. Creo que no es muy descabellado decir que, en el pensamiento chino, todos estos procesos históricos se dieron ayer. Y que sería bueno revertirlos. China debería ser potencia mundial indiscutible de primer orden.
Llegados aquí, y a voluntad claro está, les ruego que hagan un zoom adecuado en Google para comprobar cómo la isla de Yonaguni se encuentra sólo a unos 100 kms al este de Taiwán. Yonaguni es la isla más suroccidental del archipiélago japonés de Ryukyu. En tiempo claro se puede ver desde allí la silueta de Taiwán. De darse el escenario de la integración de Taiwán, tras un supuesto abandono por EEUU, guarden tila para Tokyo, que podría sentirse el próximo en serlo. Por ello, carrera de armamentos japonesa con recelo importante de Corea y mayúsculo de la misma China, sin olvidar a Rusia, que le arrebató las islas Kuriles – extremo norte nipón- tras la Segunda Guerra Mundial, en la que entró contra el país del sol naciente después de lanzada la bomba atómica de Hiroshima. ¿Creen ustedes que Japón estará dolido por ello?
Hay que terminar. La reivindicación china sobre el Mar de la China Meridional -el nombrecito se las trae-, con puntales como las islas Paracel y Spratley, amén de decenas de atolones naturales y artificiales, llega casi hasta los jardines del palacio presidencial de Manila, hasta los restaurantes costeros de Vietnam, y hasta los dominios de Sandokán y del palacio del sultán de Brunei. Por supuesto, cualquier dificultad que pudiera surgir en el Estrecho de Malaca, mucho más importante para el tráfico mundial que el de Ormuz, sería de importancia vital para China.
Así que ahora, el presidente Trump deberá mirar su reloj y los resultados diarios de Wall Street de manera casi compulsiva con vistas a la primera semana de noviembre próximo -elecciones parciales legislativas-. Por delante, necesidad casi perentoria de resultados tangibles para su opinión pública sobre Irán, Venezuela y Cuba. El tiempo aprieta, es el inconveniente de tener reloj, pero esperemos que podamos disfrutar, al menos, de un mundial de fútbol relativamente tranquilo. ¿Habrá tregua estadounidense por ello en sus variados escenarios?
Nervios y tila, aplicables a los países aquí referenciados, y al resto del planeta en mayor o menor medida por aquello de la globalización. Lo de que el choque armado entre China y EEUU pudiera ser inevitable lo dejo para usted, muy amable lector que ha tenido paciencia de soportar estos razonamientos hasta aquí. Hoy, simplemente y si me permite el consejo, abra el mapa y recapacite sobre lo que pueda venir en la zona del Pacífico occidental. Pero no por ello deje de disfrutar de la jornada, mucho más si, como quien esto firma, no dispone de reloj. Respecto a la referencia de Coppola, no entiendo muy bien la razón de su inclusión en el artículo.