En diciembre de 2021 falleció el periodista Riccardo Ehrman, cuyo nombre quizá no le diga nada al lector, pero cuya intervención en una rueda de prensa el 9 de noviembre de 1989 en Berlín Oriental le garantizó un pequeño hueco en la historia. Efectivamente, se trata de aquel corresponsal de la agencia italiana ANSA que estaba presente en la rueda de prensa que daba el portavoz del Gobierno de la extinta República Democrática Alemana para explicar las nuevas medidas que evitarían la huida de sus nacionales a Occidente a través de los corredores abiertos en Hungría y Checoslovaquia. Günter Schabowski, que así se llamaba el portavoz dijo que cualquiera podría salir del país si tenía el pasaporte en regla, que era como no decir nada pues es sabido que la población tenía prohibida la posesión de tan preciado salvoconducto. En ese momento el periodista de raza preguntó “¿Cuándo entra en vigor?” A lo que el portavoz, nervioso y sin saber bien lo que decir, respondió “según mi información, de inmediato”. Esto provocó que los ciudadanos de Berlín Oriental fueran a los puntos fronterizos sin que la policía de frontera -desconcertada y sin órdenes claras- se atreviera a dispararles. Lo demás es historia.
Y es que, a la altura de 1989, después de varios años de glasnost y perestroika, de meses en los que las fronteras de países limítrofes eran un coladero en dirección a Austria y la República Federal Alemana y en definitiva del colapso de un sistema fracasado, pocas personas -con conocimiento de causa- creían ya en las dictaduras comunistas, motivo por el cual, primero el Muro de Protección Antifascista (sic) y todo el sistema, se deshizo como un azucarillo en poco tiempo. Sin ir más lejos, en 1931 la monarquía de la Restauración cayó tras unas elecciones municipales al considerar Alfonso XIII que no tenía el apoyo de los españoles y que su permanencia podría ser más un problema que una solución.
Con esto quiero decir que los regímenes no caen únicamente por el efecto de una potencia extranjera o de una revolución -bien lo saben los franceses que van por cinco repúblicas- sino también por la falta de observancia de sus principios y valores. Esto precisamente es lo que cuentan los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en Cómo mueren las democracias, preocupados por la deriva de enfrentamiento civil que han observado como resultado de la subversión de los procesos democráticos a la que someten al sistema sus líderes. Según sus estudios las democracias se erosionan muy despacio, con medidas -legales- que no son percibidas en su momento como una amenaza pero que en su conjunto son un torpedo en su línea de flotación. Porque las dictaduras “a la antigua” prácticamente han desaparecido, ahora los golpistas son los propios presidentes elegidos democráticamente, y las quiebras las hemos visto en Venezuela, Turquía, Nicaragua, Filipinas, Perú, Túnez y Rusia entre otros países. La quiebra no se produce tras una “marcha sobre Roma”, “la toma del palacio de Invierno”, ni mucho menos un “alzamiento”, ni siquiera tras la suspensión de unos derechos fundamentales porque ninguna de las medidas por si solas conducen al concepto que tenemos de dictadura. En los casos citados, como decía Pío Baroja, los “conductores de hombres” han sido siempre “prometedores de paraísos”.
En Conquistadores. Una historia diferente, Fernando Cervantes nos recuerda que en el memorando escrito por el funcionario de la Nueva España, Gonzalo Gómez de Cervantes, a Felipe II se sugiere que “en todos sus reinos, la principal fuerza que Su Majestad tiene consiste en la virtud y nobleza de los caballeros” que sin embargo fueron ignorados frente a los “advenedizos” cuyo único afán fue “enriquecerse”, “gente sin méritos”, aduladores y serviles, “avaros funcionarios reales” que ocupaban puestos de gobierno.
Actualmente, el Tribunal Supremo juzga a una serie de advenedizos, hombres de confianza del presidente del Gobierno, en unas sesiones en las que hemos oído de todo menos la ejemplaridad que cabría esperar de ellos y, en algunos casos, también de los testigos. La correlación de debilidades (Vázquez Montalbán) propia de la oposición a la dictadura y de la falta de legitimidad del Gobierno durante los años setenta fue capaz de llevar a cabo un proceso de Transición virtuoso cuyo resultado es disfrutar de una democracia “plena” como es calificada desde hace años por diversos institutos internacionales que lo miden. Sin embargo, si aquel proceso fue virtuoso, la correlación de debilidades entre el Gobierno actual y los partidos que le apoyan es viciosa de origen. Félix Ovejero nos recuerda que Jordi Pujol sostenía gobiernos centrales solo a condición de obtener concesiones. No se contribuía entonces, ni se contribuye hoy, a la gobernación del país, sino simplemente al sostenimiento de gobiernos; algo muy distinto cuando, llegado el momento, esos mismos gobiernos permiten socavar el Estado y sus instituciones, tarea a la que el actual Ejecutivo parece entregarse con fruición. Nunca, desde 1978 un presidente del Gobierno o sus decisiones habían sido reprendidos, a la vez, por la Audiencia Nacional, el Tribunal Constitucional y el Consejo de Transparencia por sus excesos políticos y personales. Benedetto Croce decía que “cada presente elige su pasado”, y tanta dedicación a la “memoria histórica” nos enlaza con lo peor del nuestro.
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Pablo de Zavala Saro es director de la Fundación Transición Española
