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Adán arrepentido

por Javier López-Escobar
3 de mayo de 2026
JAVIER LOPEZ ESCOBAR
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La subversión desde arriba

LA FIESTA DE LA CRUZ

El Palacio de Quintanar y la ciudad abierta

En la plaza de la Cruz de Aguilafuente, entre las Casas del Obispo y el ayuntamiento, puede contemplarse una hermosa escultura realizada en mármol italiano, un estudio detallado de la anatomía humana que presenta a Adán en una actitud de pesadumbre tras el pecado. Es una de las obras que forman la colección permanente de Florentino Trapero, hijo de esa localidad, y que merece la pena visitar.

La figura del primer hombre recostado sobre una roca impresiona por el gesto: Adán arrepentido ocultando el rostro, incapaz de sostener su propia falta. Pero según narra el Génesis en su capítulo 3, Adán no reconoce su falta, se excusa y responde a Dios culpando a la mujer y, de modo indirecto, al propio Creador: «La mujer que me diste…». Este es, al parecer, el símbolo universal de la condición humana: buscar culpables, huir de la propia responsabilidad.

Desde aquel jardín, el ser humano aprendió a escurrir el bulto: culpar a la mujer, insinuar culpa en Dios y presentarse a sí mismo como mero producto de las circunstancias. La política contemporánea no ha inventado nada; solo ha profesionalizado esa vieja costumbre. Vive de una versión sofisticada de la excusa de Adán: todos señalan, pocos responden. Lo corriente hoy es mentir y negarse a asumir la propia falta. La democracia se degrada cuando la responsabilidad se sustituye por victimismo, narrativa oficial y transferencia de culpa.

Conviene recordarlo ahora que el tiempo transcurrido nos permite volver la mirada hacia Adamuz, localidad cordobesa marcada por el terrible accidente ferroviario. En aquella vía del tren hemos visto de nuevo la vieja escena del jardín. Tras el descarrilamiento y choque entre los dos trenes, Óscar Puente, ministro de Transportes, desplegó una actividad frenética: comparecencias, ruedas de prensa, entrevistas, cronologías detalladas, un inventario exhaustivo del «despliegue de medios humanos y técnicos» y una promesa solemne de «máxima transparencia» y «empatía». En apenas una semana, según el propio balance oficial del ministerio, se sucedieron más de quince entrevistas y tres ruedas de prensa. Más de ocho horas de presencia tan intensa que, en otras circunstancias, podría interpretarse como diligencia; aquí, por su acumulación, revela otra cosa.

Esa hiperactividad no es solo un estilo, es un modo sofisticado de gestionar la culpa. Mientras se pide «evitar cualquier tipo de especulación» y se refugia la discusión en la complejidad técnica («no ha sido ni por falta de mantenimiento ni de controles», «la rotura de la vía es una hipótesis innegable pero aún no confirmada»), la pregunta esencial queda en suspenso. ¿Qué responsabilidad política tiene quien dirige el sistema cuando este falla de forma tan dramática? La respuesta se posterga a los informes periciales, a las comisiones y al futuro, mientras las investigaciones judiciales y técnicas siguen abiertas indefinidamente.

Hay un incesante hablar, una cronología minuciosa, un despliegue de datos y de cámaras, una web pagada por todos para desmentir a los medios, un vano intento de desviar la atención, pero todavía no hay un «he pecado», sino un «es más complejo» o un «no tenemos aún todas las respuestas». Lo que Adán hacía con una frase –«la mujer que tú me diste»– lo hace hoy el poder con ruedas de prensa, argumentarios y entrevistas en cascada: proteger la propia inocencia en tanto que la realidad y los muertos reclaman algo más que palabras.

Mientras, las víctimas siguen esperando. Buscan una explicación entre la maraña de declaraciones e interpretaciones con las que quienes no supieron –o no quisieron– prevenir la desgracia intentan diluir la responsabilidad.

No nos olvidemos de Adamuz, ni de Valencia, ni de los miles de conciudadanos que se llevó la pandemia sin que nadie asumiera nunca del todo el coste político. En su recuerdo, y para que no se repita, haríamos bien en cuidar mucho en qué manos dejamos el cuidado de lo común. Mejor en manos de quienes asumen sus responsabilidades que en las de un Adán que, incluso después de la catástrofe, sigue señalando a la mujer, a la serpiente, al carril, a la soldadura… a todo menos a sí mismo. Porque sí existe otra forma de estar en política, también fuera del jardín del Edén.

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