De repente, el wasap suelta una bofetada: “Uti ha muerto”. Uno se queda estupefacto, sin saber cómo reaccionar al golpe. La hermana Eutilia Sáez ha fallecido, en Madrid. Y deja un poco huérfana a una generación del segoviano barrio de El Salvador, para la que ella siempre fue una luz, un referente, por su compromiso radical con los más pobres. Posiblemente, “radical” sea la palabra que mejor defina a Uti. Ella nunca fue una mujer de medios términos. Iba con la verdad por delante, doliese a quien doliese.
Conocí a Uti siendo yo un tierno adolescente. Y desde el inicio me impactó, por su forma de pensar y de actuar, unidas indisolublemente. En coherencia con ellas, decidió marcharse, junto con Inés de Mercado, de misionera, a República Dominicana. Las dos jóvenes carmelitas impulsaron allí algo muy hermoso, ‘Futuro Vivo’, un programa comunitario que ha cambiado la vida a miles de niños de la comarca de Guerra, incluyendo a pobladores de los míseros bateyes haitianos.

Allí viví yo, acompañando a Uti, algunas de las experiencias más fuertes de mi existencia. Uti llevaba el Evangelio a todos los lugares, con una valentía que asustaba. Podría contar aquí varios episodios en los que ella se jugó, literalmente, el tipo, sin inmutarse un ápice. Ir con Uti a algún sitio era, sin duda, una aventura, en la que invariablemente acababas cuestionándote tu propia existencia, con las incongruencias propias de quien se dice “cristiano” pero le cuesta obrar como tal. Uti tenía la capacidad de sacarte de eso que hoy se llama “la zona de confort”, para llevarte a tu límite.
Diversas circunstancias colocaron a Uti en Guatemala. Pero su proceder siguió siendo idéntico al que tenía en República Dominicana. La grave enfermedad que arrastraba desde hacía décadas no la hizo cejar en su misión. Únicamente volvía a España cuando estaba muy malita y era urgente una recuperación. Al poco, volvía a cruzar el charco, a luchar por lo que creía. “Hasta que el Señor quiera”, decía.
Nunca pensé yo que fuera a fallecer por su enfermedad. “Uti, el día menos pensado te van a pegar dos tiros”, la advertí en más de una ocasión. Mi aviso siempre caía en saco roto. No tenía miedo. Ella seguía amando “hasta el extremo” (Juan 13, 1-15). Y así ha terminado sus días. Aunque en los tiempos que corren pueda parecer extemporáneo decir que alguien es santo o santa, no tengo la más mínima duda de que Uti lo es. Ella ha vivido consagrada totalmente a Dios y ha sido una mujer de especial virtud y ejemplo. Sit tibi terra levis. Que la tierra te sea leve.