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Corregir la creación

por Javier López-Escobar
29 de marzo de 2026
JAVIER LOPEZ ESCOBAR
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San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia (I)

EL HUMOR DE GALYA

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Sea cual sea su idea sobre cómo empezó todo —y cuando digo todo me refiero al universo, a la materia, a la vida y a esta extravagancia llamada ser humano—, quizá podamos coincidir al menos en una cosa. Puede usted creer que un ser eterno, omnisciente y omnipotente creó de la nada cuanto existe, o pensar que la materia y la energía llevan ahí desde siempre y que, hace unos trece mil millones de años, una singularidad dio origen a este gigantesco despliegue de galaxias entre las que se encuentra la Vía Láctea y, perdida en su extrarradio, girando alrededor de una estrella bastante corriente a la que llamamos Sol, apareció nuestro pequeño planeta azul.
Sea cual sea la explicación que prefiera, convengamos en que ni los partidarios de la eugenesia decimonónica ni los más aguerridos soldados de cualquier fe pueden mostrar una sola prueba sólida que justifique la superioridad de un ser humano sobre otro por razón de sexo, raza, credo, tribu o longitud de la barba. Ni la ciencia, con toda su potencia, ha encontrado una ley que autorice el menosprecio del semejante, ni las tradiciones religiosas, bien leídas, deberían servir de coartada para defender tal cosa.
No hablo de las personas de buena fe sino de quienes mal usan la creencia o la ciencia como arma. No es el conocimiento, ni la fe, ni siquiera la ideología, sino la forma torpe, interesada o fanática de entenderlos y usarlos la que los mueve. La ciencia no dicta verdades eternas: formula hipótesis, las contrasta y las sustituye cuando dejan de servir; otra cosa es que algunos conviertan sus prejuicios en pseudociencia y sus apetitos de dominio en biología de saldo. Y las religiones, cuando son secuestradas por extremistas, acaban reducidas a frases arrancadas de contexto, fragmentos de textos antiguos seleccionados ad hoc, no para iluminar la conciencia, sino para blindar prejuicios, justificar odios o vestir de eternidad una mezquina voluntad de dominio.
Tú me caes mal, ambiciono lo tuyo, me molesta tu libertad, no soporto tu diferencia, codicio la mujer de mi prójimo…; ya encontraré una excusa noble para mi mezquindad.
No pasa nada: ya encontraré un versículo suelto, un argumento pseudocientífico, una consigna o una indignación sagrada con la que convocar a los míos y convertir mi aversión en cruzada.
Quienes dicen defender al Creador suelen olvidar que, si de verdad creen en Él, también creen que ese mismo Autor hizo cuanto existe. Hizo al hombre y a la mujer, hizo el cabello, hizo la inteligencia, hizo a los animales —puros e impuros—, a los peces —con escamas y sin ellas—, hizo la libertad humana y, por lo visto, también la posibilidad de disentir. Y, según la mayoría de los relatos sagrados, contempló su obra y vio que era buena. Entonces, ¿en qué momento empezó a cundir la idea de que Dios necesita brigadas de corrección?
¿De verdad hay quien imagina que el Altísimo dejó demasiadas cosas mal resueltas y tuvo que encargar a sus fieles que arreglaran el descuido: que las mujeres no aprendieran demasiado, que los hombres llevaran la barba reglamentaria, que ciertos alimentos resultaran ofensivos, que el pelo femenino se convirtiera en asunto de Estado o que el vecino fuera castigado por rezar distinto?
No parece una fe muy sólida la que atribuye a Dios una creación tan defectuosa que exige la vigilancia permanente del fanático. Ni parece una gran reverencia la del creyente que, para honrar al Sumo Hacedor, se dedica a maltratar a sus criaturas. Cuando se llega a ese punto, uno sospecha que ya no se está defendiendo a Dios, sino usando su nombre como coartada para disciplinar al prójimo o encerrar bajo un velo físico y mental a quien ha tenido la desgracia de nacer en el lugar equivocado con un cuerpo o una identidad que no encaja en el catecismo del sectario.
Puestas así las cosas, sea usted de la opinión que sea, profese la fe que profese, siga el mandato de su Dios o las teatralizadas homilías de Pedro Sánchez sobre el amor, tan generosas en televisión y tan escasas a la hora de acompañar a según qué muertos, quizá convenga releer las constituciones y las escrituras por la parte que habla de libertad, de convencer, de amar, de socorrer, de ayudar y de respetar. Tal vez debamos desconfiar de quienes aseguran servir al Creador mientras se afanan en corregir la creación.

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