Buena pregunta, ¿verdad?
El pasado 23 de octubre, el académico, novelista y poeta Álvaro Pombo, felizmente lúcido a pesar de las limitaciones que le impone la edad, abrió el curso 2025-2026 de la RAE con una amena lección inaugural titulada «¿Ha dejado de ser emocionante leer y escribir?». Recomiendo a los que tengan tiempo e interés que googleen para disfrutar de sus palabras.
Según datos del Ministerio de Cultura, en España se publicaron casi 90.000 libros en 2024, las dos terceras partes en papel y el resto en formato electrónico. Súmense a estos los miles de artículos diarios obligados a salir de buena mañana en los cientos de cabeceras de la prensa escrita y digital. ¿Es posible que haya lectores suficientes para tan inmensa oferta de contenido? No hablo del aspecto comercial: si es que unos y otros siguen editándose, es que hay mercado de compradores. O de usuarios. Vale, pero, ¿y de lectores, de esos que leen de arriba abajo y no en diagonal? Dejémosles por el momento. Lo que me lleva a escribir estas líneas es intentar comprender qué lleva a tantos autores (literatos, periodistas, diletantes) a reincidir en una práctica a medio caballo entre el oficio —el que con ello gane—, el servicio a la sociedad y la autosatisfacción. ¿Para qué escriben todos esos tipos? ¿Para qué escribo yo?
Son legión los escritores, consagrados o no, que coinciden en un pronunciamiento desmesurado: «No podría vivir sin escribir». ¡Hala, báilala! Este aparente disparate, ¿es un postureo propio de culturetas? ¿O son corazones sinceros los que así hablan? Me gustaría inclinarme por lo segundo. Lo cierto es que, en sus distintas formulaciones, el parecer es recurrente y compartido por muchos.
Escribir, pues, ¿para qué? ¿Para qué hacerlo cuando cada vez se lee menos? Cuando las redes sociales han ocupado el lugar de la literatura —¡qué decir de la filosofía!—. Cuando el clic visceral ha arrollado al pensamiento crítico. Cuando, hasta en la más alta política, los ignorantes han desplazado a los ilustrados… Bueno, que me estoy liando. El siguiente, por favor.

Escribir, ¿para qué? ¿No será que escribir no es más que un ejercicio de egotismo, de confortarse con el placer ingenuo de ver tu nombre en una portada de cartón o tu foto en una esquina del periódico? ¿Escribir es una especie de terapia? ¿Una manera pueril de experimentar un poder que es irreal, un ensoñamiento urdido para tapar otras carencias? Vano poder ejerce el que no es capaz de domeñar la hybris que lo habita, vano juicio demuestra el que es incapaz de bajarse de un pedestal que no merece ocupar. Sí, ya me doy cuenta, empiezo a desbarrar. El siguiente.
Escribir, ¿para qué? ¿Para sobrevivirnos a nosotros mismos, creyendo salvarnos al procrear hijos de papel en un torpe afán de perduración? Los libros editados, los desvaríos en la prensa y los poemas íntimos ocultos al mundo, ¿son asideros a la eternidad o un modo de evadirse de una realidad opresiva que nos supera y no sabemos manejar? Vale, vale, hoy la he cogido tonta una mala tarde la tiene cualquiera. El siguiente y último, por favor.
Escribir, ¿para qué? Va, vengámonos arriba. Siguiendo a Pombo, igual que se lee, se escribe por emoción. ¡Por emoción! Eso dice. Y acaso, digo yo, por necesidad, por creatividad, por una honrada vocación de transformar el mundo en lo pequeño, de encontrase con los demás proponiéndoles jugar con las palabras, las quimeras y las provocaciones. Con los sueños, los anhelos de trascendencia y las locuras, que todo es parte de nosotros. Quien, con docenas de novelas publicadas; quien, en la soledad de unas cuartillas rasgadas en las noches de inspiración insomne. Las primeras, destinadas a cubrirse de polvo en estantes ajenos; las segundas, a amarillearse en los cajones de casa, de los que probablemente no saldrán jamás. Unas y otras ya no nos dicen lo que nos dijeron, ya cumplieron su misión si es que alguna vez la tuvieron. Pero conservan su esencia: ser la muestra del enamoramiento de quienes una vez fuimos por algo que alguna vez nos salió al encuentro. La emoción, entonces, sería el detonante que nos hace agarrar la pluma o el portátil para volcar lo que mora dentro de nosotros y no tiene otra forma de expresarse si no es con la palabra.
El primer lector de uno mismo es uno mismo, eso dicen los que saben. Y muchas veces el único, añado yo. Entonces, ¿para qué escribir? ¿Para consolarse? ¿Para engañarse pretendiendo destacar entre la mediocridad? ¿Para excitar la imaginación entre unos lectores que probablemente no existan?
Todos estos pensamientos desordenados me llevaban asaltando un tiempo. ¿Para qué escribo yo? ¿Para quién? Los cajones lo aguantan todo; las páginas del periódico también, pero esto no te hace salir de ti mismo. Pues hete aquí que, estando en estas razones, en una mañana de marzo de esas en que la primavera te salta a la cara, hallé la respuesta orilla de la Catedral cuando un hombre menudo al que no conocía me paró, me llamó por ni nombre (aparecer en El Adelantado obra maravillas) y me dio el broche perfecto para este artículo que, sin él, nunca hubiera visto la luz. Se llama Juan Manuel, se apellida Cano y, aunque se califica de hombre modesto, lo encontré sobradamente sabio, mucho más que el que esto firma. Me abrió los ojos y me dijo —a Segovia se lo dice— que lleva años recortando artículos que guarda en carpetas que conserva con mimo. Que recuerda muchos de ellos y que alguna vez les da una vuelta para volver a experimentar lo que en su momento le provocaron. Que él también escribe, sólo para sí, y que eso le da la vida. Y que se va a morir leyendo.
Escribir, ¿para qué? Ahora ya lo sé: para esto. Para hacer felices a quienes no conoces. Para que tus criaturas tengan nueva vida en una carpeta que no imaginaste que pudiera existir. Para dejarte sorprender por los sucesos cotidianos, para que los encuentros callejeros ni siquiera presentidos se conviertan en fuente de inspiración. Escribir para vivir. Y para emocionar, para emocionarse. Escribir, finalmente, para que las preguntas retóricas de Pombo tengan una respuesta nítida. ¿Escribir ha dejado de ser emocionante? No, de ningún modo.
Gracias, Juan Manuel. En cuanto El Adelantado publique esta nueva pieza para tu colección, seré yo el primero que te lleve el recorte a la plaza de la Merced.
