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El rapto de Helena. Faldas y otras excusas para morir

por Javier López-Escobar
23 de marzo de 2026
JAVIER LOPEZ ESCOBAR
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Reinas en el celuloide

Cuando el poder quiere medir los sentimientos

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Sabemos por Homero que Paris se fugó con Helena y que, de buenas a primeras, un vulgar asunto de faldas pasó de enredo de alcoba al incendio de un imperio. Bastó aquel flirteo para fletar mil barcos y reducir una civilización a cenizas.

Siglos más tarde, unos aristócratas protestantes tiraron a dos representantes del emperador católico por la ventana del Castillo de Praga y, antes de que los regentes aterrizaran en el estiércol, media Europa ya estaba desenvainando la espada. La diplomacia se resumió en una simple cuestión de física elemental: bastaron aquellos segundos de caída libre para desatar treinta años de carnicería; bastó una ventana abierta para convertir el continente en un osario.

En 1853, un vulgar juego de llaves en Belén —unos monjes disputándose una cerradura— terminó con el Imperio Ruso, Francia, el Reino Unido, el Imperio Otomano y Cerdeña en las trincheras. Medio continente arreglando sus cuitas a cañonazos en Crimea; un conflicto del que, paradójicamente, emergió algo bueno: la enfermería moderna de Florence Nightingale.

En 1914, un chófer se equivocó de calle en Sarajevo y, antes de que pudiera dar marcha atrás, diez millones de hombres ya habían sido invitados a morir en una zanja. Un giro mal dado fue el pretexto ideal para que las naciones decidieran que iba siendo hora de suicidarse en masa.

Más cerca de nuestro tiempo, un millón de vidas se tasaron al precio de una zanja de lodo. Bastó que dos señores no se pusieran de acuerdo sobre la propiedad de un canal de agua estancada en el Shatt al-Arab para que el desierto se anegara en sangre durante ocho años de absoluta inutilidad.

Por lo que se ve, desde que Adán fuera expulsado del Edén, al ser humano le basta cualquier pretexto para poner en marcha la máquina del exterminio.

El pasado 19 de febrero, en referencia a Irán, el presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, lanzó un ultimátum: «Tal vez vayamos a hacer un trato; lo sabrán en los próximos, probablemente, 10 días». No necesita usted que le cuente en qué lío ha metido a la humanidad después de este mensaje.

Detenerse en el exabrupto de Trump es la forma más sofisticada de ceguera; es confundir el envoltorio con el regalo. Nadie asume el riesgo de un incendio global por un simple mal humor, por mucho que lo repita quien tiene el dedo en el botón. Se bombardea la isla de Jark por el control del crudo, por la asfixia comercial de China y para marcar el perímetro frente a las ambiciones de Moscú.

Mientras por aquí el personal bienintencionado se desgañita con el «No a la guerra» —eslogan tan cómodo para la conciencia como inútil para la geopolítica—, el poder real liquida sus cuentas en el mercado de futuros. El pacifismo de pancarta es el somnífero perfecto: nos permite creer que protestamos mientras el sistema sigue su hoja de ruta con la precisión de un relojero. Es el último refugio de la pereza intelectual ante la aritmética del poder, donde el control de las rutas comerciales pesa más que cualquier vida.

Hace falta algo más que un compromiso ético de salón; no basta con escandalizarse en redes. Si queremos frenar esta espiral, hay que ser prácticos. Si vis pacem, para bellum: un pacifismo verdadero no está reñido con respetar a nuestros aliados, ni con un rearme defensivo, ni con una postura clara en el mundo. El problema nunca fue el rapto de Helena, sino nuestra inveterada costumbre de incendiar ciudades para no admitir nuestra propia codicia.

Cuando el horizonte empieza a oler a quemado, la neutralidad ambigua no es una postura ética: es negligencia. No se apaga un fuego con deseos piadosos ni con troleos oportunistas de temporada preelectoral, sino con la determinación de quien sabe que la paz no se mendiga, se garantiza.

No sé si el viejo orden mundial ha caído, pero tengamos un buen cuerpo de bomberos a mano por si acaso.

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