En política hay ideas que cambian la historia. Por ejemplo, la democracia parlamentaria, la separación de poderes o la libertad de prensa. Y luego están los extravagantes inventos que parecen diseñados por personas que carecen del sentido del ridículo, para llenar una comparecencia, generalmente sin preguntas, y para presumir de logotipo. A esta segunda categoría pertenece HODIO, la flamante, pero estrafalaria y pintoresca herramienta anunciada por Pedro Sánchez, destinada a medir el odio en las redes sociales.
Al principio pensé en aquella frase de Konrad Adenauer: “Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería”. Pero luego lo pensé mejor y me di cuenta de que no estamos ante una tontería ni un disparate, sino ante una censura como la copa de un pino. Y eso, en los momentos actuales más vale tomárselo a cachondeo, que es un excelente mecanismo de defensa ante tanto descrédito, tanto agravio y tanto desprestigio.
Por ello, empezaré por reconocer que el concepto es fascinante, porque revela una ambición intelectual notable que no es otra que medir el odio como quien mide la temperatura, la inflación o la humedad ambiental. Según el Gobierno, el sistema permitirá analizar la presencia, evolución y amplificación de los discursos de odio en las diversas plataformas. En otras palabras, España tendrá un termómetro oficial del enfado ciudadano, lo que es un sueño tecnocrático de gran belleza, porque se podría dotar nada menos que con un Ministerio de la Meteorología Moral. Un ejemplo: índice del odio hoy, 6,3 sobre 10; se recomienda indignarse moderadamente, evitar sarcasmos, y aumentar los mensajes positivos sobre la acción gubernamental.
España, en definitiva, entraría en una nueva era, la de la meteorología sentimental del Estado. Previsión del tiempo emocional para hoy: nubes de sarcasmo en el centro peninsular, chubascos de ironía en redes sociales y una borrasca de indignación acercándose a la política nacional.
Durante siglos, los gobiernos se han ocupado de tareas que a algunos les parecen aburridas, como las carreteras, la seguridad, los presupuestos, las fronteras, la sanidad, la educación, las pensiones. Pero en el siglo XXI la política ha evolucionado y ahora el Estado aspira a algo más ambicioso; aspira a regular el clima emocional de la sociedad. La idea es sencilla. Si el Gobierno puede medir el odio, entonces podrá gestionarlo; y si puede gestionarlo, podrá reducirlo; y si puede reducirlo, probablemente acabará administrándolo.
Pero hay un pequeño problema filosófico evidente. ¿Cómo se mide el odio? ¿Se pesan los adjetivos? ¿Se cuentan los signos de exclamación? ¿Se aplica un algoritmo sensible al sarcasmo español, que es probablemente la forma de ironía más sofisticada del planeta? Porque en España, si un español escribiese en redes que estamos ante una “magnífica gestión del Gobierno”, hay aproximadamente un 99% de probabilidades de que esté diciendo exactamente lo contrario. Detectar eso con inteligencia artificial es difícil, pero detectarlo con inteligencia política parece ser todavía más.
Y es que cuando el poder intenta vigilar demasiado las palabras, termina generando exactamente lo que quiere evitar. Se genera más sarcasmo, más desconfianza y más resentimiento, porque los ciudadanos toleran muchas cosas de sus gobernantes, pero pocas cosas irritan tanto como que les expliquen qué emociones son legítimas y cuáles no.
Imagino que la inteligencia artificial puede detectar insultos. Pero detectar la ironía política española exige algo más avanzado, y probablemente se necesitaría al menos un doctorado conseguido en los diferentes barrios de las ciudades. Aunque la paradoja más divertida de todo esto es otra, ya que este gobierno suele tolerar bastante bien el odio si es dirigido contra sus adversarios,… porque entonces es libertad de opinión. Pero cuando ese mismo sentimiento apunta hacia el poder, entonces se convierte en un grave problema democrático, y de repente aparece la preocupación por la convivencia, la salud pública emocional y la necesidad urgente de medir los sentimientos de los ciudadanos. Es un fenómeno curioso porque el odio siempre está en la oposición. El gobierno tiene bula.
El plan oficial es elaborar datos públicos que indiquen qué plataformas fomentan más el odio. Esto abre horizontes sumamente atractivos porque quizá dentro de unos años tengamos un índice de odio semanal, un ranking de indignación por comunidades autónomas y gráficos de polarización con curvas ascendentes antes de las elecciones. Y tal vez, en un futuro cercano, se funde una Agencia Tributaria emocional. Y esta Agencia podrá decirle a usted, por ejemplo, que si supera el límite anual de sarcasmo político, deberá compensarlo con tres comentarios positivos sobre la acción gubernamental.
Al final, la verdadera pregunta no es cuántos mensajes de odio hay en internet; la verdadera pregunta es por qué cada vez hay más ciudadanos enfadados con la política. Y esa pregunta, por desgracia para los ingenieros del algoritmo, no se resuelve con gráficos; se resuelve gobernando bien. Pero eso, claro, no produce un acrónimo tan antipático y falto de inteligencia como HODIO.
La realidad, como dice Román Cendoya en un excelente artículo al respecto, es que “Sánchez intenta convertir en positivo, democrático y progresista algo tan viejo, abominable y repugnante como la censura gubernamental”. Por eso, no quiero concluir sin recordar que Cristina Kirchner creó un engendro parecido llamado Nodio —exclusivamente para perseguir opositores—y ya sabemos como acabó la cosa: la Kirchner en arresto domiciliario y Milei en el gobierno.
