Paseando por un pueblo madrileño alguien leyó en voz alta el nombre de una calle. El pueblo era San Agustín del Guadalix y la calle JULIÁN BERRENDERO. Del pequeño grupo familiar que por allí transitaba surgieron diversos comentarios. Y en todos ellos se manifestaba el desconocimiento del personaje que daba nombre a la calle.
Pero yo sí le conocía. Y lo hice saber. Se trataba de un ciclista famoso del que, cuando un servidor era niño, tenía un tapón corona o chapa con su retrato. Se trataba, nada menos, que de mi chapa favorita y tal es así, que solo me acuerdo de ella y no de las otras que formaban parte de mi colección.
Por aquella época (1) los chicos recortábamos cromos con las caras de ciclistas y futbolistas del momento. Los poníamos en la chapa de una botella de cerveza cuidadosamente seleccionada que protegíamos con un cristal. Este cristal lo tomábamos de un trozo grande que cogíamos de la basura al que había que dar la forma redonda de la chapa.
Le redondeábamos, en mi caso, en las verjas de la catedral que dan a la plaza mayor de Segovia.
Todo ello se completaba con una tira de cera que lo sujetaba al borde. Había que calcular también el peso porque, luego, debería competir en disputadas carreras en pistas fabricadas con nuestras manos en la arena o pintadas con tiza en el suelo. (2)
Julian Berrendero, nació en San Agustín del Guadalix el 8 de marzo de 1912. Obtuvo 79 victorias entre los años de 1935 y 1949. Llegó a ser un icono del ciclismo español y es lógico que a los niños nos tuviera encandilados.
En la postguerra la información era la que era. Evidentemente mucho más escasa que la que podemos tener hoy en día. Me refiero a la información en general y no a determinadas noticias que pudieran tener un carácter restrictivo. Sin embargo, yo conocía con mis pocos años al ciclista Berrendero a pesar de mi corta edad.
Manolete, torero español mito de la postguerra, no tenía por qué ser conocido por mí. Ni por los niños de entonces. Y sin embargo recuerdo a una nena corretear por la plaza mayor cantando con toda su inocencia: -Manolete, Manolete, si no sabes torear pa qué te metes -. Supongo que hacía referencia a la grave cogida que tuvo el gran torero en la plaza de Linares el 29 de agosto de 1947.
Quiero pensar que entonces los sucesos tenían una repercusión más limitada. Se producían en un determinado ámbito y se conocían también en un determinado ámbito. Y su recuerdo duraba no eternamente pero casi, casi.
Ahora, el ámbito es mucho mayor, por lo que hay más sucesos conocidos. Y estos se diluyen, incluso de un día para otro, solapándose con los nuevos. Y a veces, son olvidados enseguida aun siendo importantes.
Tal vez habría que buscar en los entresijos de la memoria el misterio de algunos recuerdos y olvidos que aparecen y desaparecen sin saber ni cómo ni por qué. Así, por ejemplo, no siendo futbolero e incapaz de diferenciar un penalti de un corner, soy capaz de recitar, de carrerilla, varios nombres de la plantilla del Madrid de los años 40: Bañón, Querejeta, Corona, Moleiro, Ipiña, Huete, Lázaro, Galdeano, Alsúa, Barinaga…
Por el contrario, tal vez si se me preguntara por lo que cené anoche, no supiera responder con certeza.
Aunque suele la memoria/ morir a manos del tiempo,/ también suele revivir/ a vista de los objetos… Frase debida a Calderón de la Barca. Y por lo que a mí respecta, se me ocurre pensar que la memoria es fiel aliada de la información sin la cual ésta solo sería un conocimiento instantáneo.
Cuando tengo ya preparado este texto para enviarlo a EL ADELANTADO DE SEGOVIA leo en EL CONFIDENCIAL digital que el juego de las chapas está de moda en Alcalá de Henares, Móstoles, Alcorcón e incluso Madrid.
El artículo en cuestión es bastante extenso y ofrece abundantes datos al respecto, aunque relativos a fechas más recientes de las que aludo.
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(*) Académico Honorario de San Quirce”
(1) En épocas posteriores también jugaron los niños con estas o parecidas chapas.
(2) También se construían las carreteras con las manos en épocas posteriores y se pintaba en en el suelo con tiza.
