La tabla periódica de los elementos es uno de los mayores logros alcanzados por la humanidad. La trascendencia científica de sus 118 componentes puede equipararse a las teorías de la Relatividad (Einstein) o de la Evolución (Darwin). Cuatro españoles (dos de ellos hermanos) han contribuido históricamente a definir con tres aportaciones ese mapa que permite explicar la composición de lo que nos rodea, desde los seres vivos hasta las galaxias. Andrés Manuel del Río descubrió hace 225 años uno de esos elementos, ahora denominado vanadio, pero una ajetreada existencia arrinconó injustamente su nombre en la historia de nuestra ciencia.
La vida y obra de Andrés Manuel del Río son una epopeya que no acaba de salir del silencio dos siglos después de su trascendental descubrimiento, hoy conocido como vanadio. España ha contribuido a construir la tabla periódica que utilizan los químicos de todo el planeta, un “mapa” fundamental para el avance del conocimiento. De los 118 elementos que constituyen la tabla, tres los descubrieron investigadores españoles. Ese trío de hitos científicos vio la luz en una etapa dorada de la ciencia, entre los siglos XVIII y comienzos del XIX, alentada por los poderes políticos del momento.
Cronológicamente, el primer descubrimiento español para esta tabla que inició en 1869 el químico ruso Mendeléyev fue el platino, el único elemento con nombre de raíz española. Fue en 1735 y la hazaña correspondió a un marino sevillano llamado Antonio de Ulloa, que además fue gobernador de Luisiana, cuando ese territorio representaba casi la mitad de Estados Unidos.
El segundo elemento incorporado a la tabla periódica por españoles fue el wolframio, en 1783, hallazgo de los hermanos Elhuyar (Juan José y Fausto), riojanos. Su gesta tuvo lugar en la ciudad de Bergara, en el País Vasco. El tercero y más reciente lo descubrió precisamente el madrileño Andrés Manuel del Río, el año 1801, científico que “nació español, vivió como nuevo hispano y murió como mexicano, de corazón”, en palabras de Gabriel Pinto Cañón, catedrático de química y divulgador del legado histórico y científico.
Puede parecer escasa la contribución española (tres elementos sobre los 118 de la tabla), pero esa cifra no está nada mal. España ocupa el séptimo lugar del ranking mundial entre los descubridores. Y es que añadir un nuevo elemento a la tabla es una proeza. Lo que logró del Río encierra además un interés especial, porque su hallazgo del vanadio constituye uno de los casos más llamativos de reconocimiento científico tardío. Durante un par de siglos, y hasta hoy mismo, la paternidad del descubrimiento español quedó eclipsada. La comunidad científica internacional se demoró mucho en reconocer la autoría de Andrés del Río, quien identificó el elemento tres décadas antes que otros investigadores europeos a quienes tradicionalmente se atribuyó el hallazgo.

Andrés Manuel del Río nació el 10 de noviembre de 1764, en un momento histórico marcado por el afán de conocimiento. La ilustración española vivía un período de esplendor y las ciencias experimentales ganaban importancia social, en gran medida por el interés de las monarquías europeas en formar especialistas que impulsaran el desarrollo económico. Destacó desde niño y brilló en los estudios. Ingresó a los nueve años como alumno en el madrileño San Isidro del Real (que en 2026 conmemora cuatro siglos desde su fundación), donde sobresalió en lenguas clásicas, griego y latín. Del Río procedía probablemente de una familia humilde, pero el ambiente favorable facilitó su acceso a la formación científica.
Amplió sus conocimientos en varios de los centros más prestigiosos de Europa, centrándose en química, mineralogía y metalurgia, en Francia y Alemania. Allí entró en contacto con algunas de las mentes más brillantes de finales del siglo XVIII. Explica Pinto que “en Alemania conoce al profesor Abraham Werner, del que se sentirá siempre discípulo. En la academia de Freiberg también se relaciona con otros dos personajes muy importantes en su vida, Alexander von Humboldt y Fausto de Elhuyar, ya famoso por Europa porque ha descubierto el wolframio”. La experiencia internacional fue decisiva. Europa vivía unos años de auténtica revolución científica. La química moderna se consolidaba gracias a los avances de Antoine Lavoisier, mientras que la mineralogía daba un salto de canguro por la necesidad de identificar y explotar nuevos recursos minerales, ese modelo económico que actualmente se denomina extractivismo.
La Corona deseaba mejorar el conocimiento de los recursos minerales en sus territorios americanos. Tal inclinación se concretó al abrirse el Real Seminario de Minería de México, una de las instituciones científicas más avanzadas del continente. Ese organismo se volcó en atraer a especialistas altamente cualificados y Andrés del Río dijo sí a la aventura mexicana cuando le llegó el ofrecimiento. El catedrático Pinto apunta la importancia de comprender hoy qué suponía un viaje de esas características en esos tiempos: “Cuando le encargan que vaya a México, el traslado incluía el transporte de instrumentos, reactivos químicos y demás. Sale de Madrid el 17 de enero de 1794 y llega finalmente a Ciudad de México el 18 de diciembre. Se desplaza desde Madrid a Almadén, donde recoge material, y toma rumbo a Cádiz. Allí debe esperar hasta que salga el barco, el San Pedro de Alcántara, y de ahí va a Veracruz. Luego va en diligencia a Ciudad de México. Por cierto, creo que aparte de los personajes emblemáticos hay que honrar también a quienes les apoyan. Él fue con un criado, ahora se diría más finamente asistente, de nombre Julián Fernández, con 13 años”.
En 1794, Andrés Manuel del Río llega a la entonces llamada Nueva España para ocupar la cátedra de Mineralogía. Era una oportunidad extraordinaria, ya que México era uno de los principales centros mineros del mundo, sobre todo por la riqueza de sus yacimientos de plata. El Real Seminario de Minería era un proyecto ambicioso. Su objetivo consistía en formar ingenieros capaces de mejorar las técnicas de extracción y procesamiento de minerales. Era el sitio ideal en el momento perfecto para impulsar investigaciones originales y aplicar los conocimientos adquiridos en Europa.
Del Río no se limitó a su intensa actividad investigadora, porque también fue sumamente relevante su trabajo para formar a generaciones de especialistas. Contribuyó a modernizar la enseñanza científica en América y abordó numerosos estudios geológicos y mineralógicos.
Pero su contribución más trascendente llegó en 1801. Mientras analizaba muestras minerales procedentes de las minas de Zimapán, en el actual estado mexicano de Hidalgo, observó propiedades químicas que no coincidían con las de ningún elemento conocido. Tras una serie de experimentos concluyó que se trataba de una sustancia inédita. Inicialmente denominó al nuevo elemento “pancromo”, nombre derivado del griego que significa “todos los colores”, ya que sus compuestos presentaban tonalidades muy variadas. Posteriormente cambió la denominación y optó por “eritronio”, también de raíz griega, debido a que algunas de sus sales adquirían un color rojizo al calentarse (erythrós significa rojo).
Este descubrimiento era de extraordinaria importancia. En aquellos años, la identificación de ignotos elementos químicos constituía uno de los grandes desafíos científicos. No obstante, el aislamiento y caracterización de un elemento requerían pruebas extremadamente rigurosas. A ese obstáculo se sumaba la lentitud y complejidad de las comunicaciones entre Europa y América. Del Río envió muestras y resultados a especialistas europeos para confirmar sus observaciones. Entre ellos figuraba el químico francés Hippolyte Victor Collet-Descotils, quien analizó parte del material y concluyó erróneamente que no era un elemento nuevo, sino simplemente una variedad de cromo ya conocida. Ante aquel dictamen, Del Río se resignó y aceptó la interpretación francesa, abandonando la defensa de su descubrimiento. El científico español había identificado correctamente un nuevo elemento, pero tiró la toalla por culpa de una verificación incorrecta.
El desacertado juicio sobre su descubrimiento se sumó, en las primeras décadas del siglo XIX, a la situación convulsa en España y sus territorios americanos: invasión napoleónica, guerra de independencia y cambios políticos profundos. Tras la independencia de México, alcanzada en 1821, muchos españoles residentes en el nuevo país afrontaron situaciones difíciles. Del Río permaneció durante un tiempo en México, donde gozaba de gran prestigio académico, pero decidió regresar como diputado representante de México durante el Trienio Liberal y en 1826 volvió a España. El retorno le permitió reencontrarse con el mundo donde había nacido casi sesenta años antes, pero el país ya era muy distinto al de su juventud.

Durante el periodo de Del Río en Europa, la historia de su descubrimiento dio un giro inesperado. En 1830, el químico sueco Nils Gabriel Sefström identificó un nuevo elemento al estudiar minerales de hierro procedentes de Suecia. Lo bautizó con el nombre de “vanadio”, una denominación cuyo origen era Vanadis, uno de los nombres de la diosa nórdica Freyja, asociada a la belleza. Poco después, otros científicos revisaron los trabajos publicados de Del Río muy anteriores al descubrimiento sueco y comprobaron que el elemento descubierto por Sefström era exactamente el mismo que el investigador madrileño había identificado en México en 1801. De forma lenta, se fue reconociendo la autoría científica de Del Río en el descubrimiento. Sin embargo, el nombre “vanadio” ya se había impuesto internacionalmente y no se aceptó el regreso al original “eritronio”, si bien la comunidad científica aceptó que el descubridor verdadero había sido el químico español.
El vanadio, de número atómico 23, es un metal de color gris plateado, relativamente duro y resistente a la corrosión. No existe en estado puro, porque se presenta combinado formando distintos minerales, pero desempeña un papel muy importante en la industria moderna. Una de sus aplicaciones más conocidas es la fabricación de aceros especiales, ya que la incorporación de vanadio aumenta notablemente la resistencia mecánica de las aleaciones, virtud muy útil para la fabricación de herramientas, maquinaria pesada, infraestructuras y componentes de vehículos. También se emplea en la industria aeroespacial, en baterías de almacenamiento energético y en procesos químicos industriales. Menos conocidas son otras propiedades del vanadio, que explica así el escritor de divulgación científica Sam Kean: “el vanadio es el mejor espermicida jamás concebido. La mayoría de los espermicidas disuelven la membrana lipídica que envuelve los espermatozoides, que de este modo revientan. Por desgracia, todas las células tienen membranas formadas por ácidos grasos, y por eso los espermicidas suelen irritar la epidermis de la vagina haciendo que las mujeres sean más susceptibles a infecciones por hongos (candidiasis). Poca broma. El vanadio, en cambio, se abstiene de disolver a la brava y sencillamente rompe el cigüeñal de la cola de los espermatozoides, a los que deja dando vueltas como botes con un solo remo”. Resulta irónico que el mérito de este elemento esencial para tantas tecnologías contemporáneas se lo hayan llevado los científicos nórdicos, dejando en la sombra los desvelos de un científico español.
El regreso a España de Andrés Manuel del Río no desdibujó el amor del químico madrileño con México y fue un viaje de ida y vuelta. No olvidó el apoyo del país americano para su carrera científica y regresó a la nación mexicana, donde continuó trabajando y enseñando. Allí era y sigue siendo considerado una figura de referencia: uno de los científicos más respetados del país.
Falleció en Ciudad de México el 23 de marzo de 1849, a los 84 años de edad. Había vivido en dos continentes, atravesado revoluciones políticas y contribuido al desarrollo de la ciencia moderna. Del Río simboliza los intensos intercambios científicos que existieron entre España y América durante la Edad Moderna y los comienzos de la época contemporánea. Formado en Europa, desarrolló su carrera en México y allí culminó un descubrimiento de relevancia mundial.
Hoy, más de dos siglos después de aquel hallazgo, del Río ocupa el lugar que le corresponde entre los grandes científicos. Concluye Pinto que “la obra de Andrés del Río no cayó en saco roto. Su trabajo está reconocido por muchas sociedades científicas. Por ejemplo, el premio más importante que se otorga a los químicos mexicanos desde 1964, bicentenario de su muerte, es la medalla de Andrés Manuel del Río. En las letras doradas del Real Seminario de Minería todavía luce a mucha honra su nombre”.
¿Y en España? “Está el Instituto de Química Andrés del Río, en la Universidad de Alcalá, y hay una plaza también en Alcalá de Henares. En la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid se inauguró con motivo del Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos un monumento a los tres elementos españoles con el nombre de los descubridores. Ahí está al menos la huella de Andrés del Río. Y en Madrid se aprobó el año 2000, por insistencia de varios químicos que hablamos con el ayuntamiento, una proposición para dar el nombre de Andrés del Rio a alguna institución. Pero como pasa siempre en política, la ciencia no es muy bien comprendida. Han pasado seis años y aquí nadie habla de Andrés del Río, no tiene ni una calle en Madrid”.
